COLUMNA

La especulación inversa, el peor pecado

La ciencia de la economía a veces olvida las motivaciones humanas que subyacen bajo las grandes tendencias macro. Craso error. La humanidad tiene un alma especulativa: ante una perspectiva de beneficio cierto, siente una pulsión irresistible por entrar en el juego. Eso ocurre desde la más remota antigüedad y continuará ocurriendo mientras nuestra genética permanezca inmutable. Si creemos que algo va a subir y lo consideramos barato, nos apresuraremos a comprarlo con la esperanza de obtener plusvalía. Si estamos convencidos de que el precio del bien ascenderá con rapidez, siempre nos parecerá barato al precio que lo adquirimos.

El precio es algo relativo que se ajusta a la expectativa de lo que otros estén dispuestos a pagar por él. Esta poderosa ley del comportamiento humano es la base de la especulación. La expectativa de un beneficio rápido y fácil resulta una tentación demasiado poderosa para la inmensa mayoría de los mortales. Cuando el juego de la especulación se desborda, la burbuja de precios se infla e infla hasta que explota. Ya hemos conocido varias y, a buen seguro, aún nos quedarán otras muchas por experimentar. La humanidad no puede luchar contra su propia alma especuladora, que, hasta un punto, puede resultar positiva. Ese afán natural por obtener beneficio al vender más caro lo que compramos más barato es uno de los motores más poderosos de la economía.

Ahora se critica mucho la especulación pasada, acusándola -con razón- de ser responsable en gran medida del tortazo que nos hemos pegado. Pero, sin que parezca que nadie se dé cuenta, ahora estamos siendo víctimas de una especulación aún más cruel, la especulación inversa.

¿Especulación inversa?, se preguntarán. ¿Y eso qué es? Pues explicarlo es bien sencillo. Es como la otra, pero al revés. Como creemos que las cosas van a bajar -por ejemplo los pisos-, pues no compramos hoy por muy barato que nos lo ofrezcan porque pensamos que mañana aún compraremos mejor. Le especulación inversa responde a una pulsión humana tan intensa como la especulación normal. Cuesta muchísimo desentenderse de esa ley.

Al igual que en fase ascendente todo nos parece barato cuando compramos, cualquier oferta que nos hacen mientras los precios están bajando -por interesante que pudiera ser- la vemos cara. Y, claro, así no hay forma de que se mueva una escoba. Ya nos advertían los entendidos en esto de las cosas de la economía -si es que realmente existen- de que la deflación era el peor de los escenarios. No sabemos si debemos llamar deflación al proceso de ajuste de precios e inflación negativa que sufrimos, pero, a buen seguro, se trata de algo muy parecido.

Podemos centrarnos en la vivienda. Además de los consabidos problemas de las restricciones financieras, de la pérdida de renta y del incremento del desempleo, ¿cómo van a romper a comprar aquellos que tienen dinero -que son más de los que nos figuramos- si a cada momento se les dice que todavía van a bajar durante dos años más, y al menos un 30%? Con esas expectativas se ceba el motor de la especulación inversa antes definido. Nadie comprará mientras piense que los precios todavía pueden bajar más.

Por eso, un buen conocedor de la economía, el ex presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, ahora tan criticado como antes idolatrado, escribió aquello de que en economía sólo existen dos estados posibles, el de euforia y el de pánico y que se pasaba de uno a otro sin solución de continuidad. O estamos inmersos en un proceso especulativo ascendente o en otro inverso, sin que sepamos a ciencia cierta cuál de los dos es peor.

El viejo gurú se atrevía a afirmar que el deber de las instituciones es atemperar las cimas y los valles de los compulsivos ciclos económicos. Congelando un poco los ánimos antes de que lleguemos a la estratosfera, y animando algo el patio cuando nos estemos precipitando a los profundos infiernos. Parece que las Administraciones saben hacer mejor lo segundo que lo primero.

Que estamos enfermos ahora es fácil de diagnosticar, pero, ¿quién se atrevía a ser el aguafiestas de los días de rosas y vino? Las burbujas ascendentes finalizan al explotar. Pero, ¿cómo se invierten los procesos de especulación inversa? ¿Quién se anima a romper a comprar? Estemos atentos, es posible que en los próximos meses seamos testigos de un suave cambio de tendencia. Ojalá.