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Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Los tipos de interés mueven el mercado

La verdadera incertidumbre que ensombrece la economía mundial y los mercados financieros no es ya la crisis de confianza y la escasez de liquidez y de crédito. Los analistas están mucho más preocupados por la posibilidad de que EE UU entre en recesión y arrastre a la economía mundial, que no sería ajena a un ajuste en el 40% del PIB mundial, por mucho protagonismo que hayan adquirido los emergentes asiáticos, latinos y del este europeo. La economía no estuvo nunca tan globalizada y cualquier maremoto tiene réplicas en todo el globo.

La determinación de la Reserva Federal de EE UU para limitar las posibilidades de una crisis, con otra bajada de los tipos, ha expandido de nuevo el optimismo en las Bolsas, que activan la confianza que la economía financiera había perdido. Si el precio de la materia prima determinante en los mercados financieros, el dinero, baja, se diluyen los temores a un encarecimiento excesivo del crédito y a la merma indefinida de liquidez. Pero la reacción de los mercados asignando precio a los diferentes activos no está siendo todo lo ortodoxa que debería, a juzgar por el comportamiento tradicional. La doctrina ha dado por bueno durante todo el siglo XX que, cuando la divisa central y refugio bajaba, lo hacían la Bolsa y el precio del resto de los activos: inmuebles, materias primas, metales preciosos. Pero el XXI ha retocado buena parte de los paradigmas económicos y financieros del pasado, el más llamativo precisamente una caída del dólar que produce un alza significativa de los precios de las acciones en todo el mundo, del oro, de las materias primas, y, por supuesto, de las divisas alternativas.

Pese a defender un dólar fuerte, los administradores de la economía estadounidense se han convencido ya de que no tienen otra cura para sus insostenibles déficits gemelos (comercial y por cuenta corriente) que una relajación de su divisa, aunque su industria comercializable haya cedido terreno en los últimos años, y que los inversores extranjeros busquen la rentabilidad en los activos de EE UU no tanto en el tipo de cambio como en el crecimiento económico.

La cuestión está en saber a qué precio del billete verde considerarán los acaparadores bancos centrales y comerciales asiáticos que hay que dejar de sostenerlo y apostar por activos en otras divisas. Desde luego, la compra indiscriminada de dólares en Asia no es un ejercicio de altruismo financiero. Todo lo contrario: es un empeño calculado por mantener baratas las divisas de sus países para inundar Occidente de manufacturas.

El petróleo -a 90 dólares ya- y el resto de materias primas suben al mismo ritmo que se deprecia el dólar para no perder cuota de mercado en la tarta financiera, cebando el germen de la inflación, de la que muchos parecen haberse olvidado, pero que no ha desaparecido. Y el oro suma máximos como si sus acumuladores descontasen una crisis en el medio plazo.

Europa paga su dependencia del crudo más barato, pero contrae peligrosamente sus márgenes comerciales en el exterior con un divisa que se antoja excesivamente apreciada para los fundamentales de su economía. Buenas noticias, por tanto, para la política monetaria y sus afectados agentes endeudados, dado que no será posible retomar la subida de tipos en Europa.

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