La opinión del experto

El paso del tiempo daña a las empresas

Antonio Cancelo asegura que la mayoría de los altos ejecutivos están al borde de la jubilación. Por ello, es necesario que inyecten a sus equipos entusiasmo para que las compañías no envejezcan también.

El paso del tiempo provoca efectos de desgaste evidentes que tienden a deteriorar el cumplimiento de la función para la que fueron creadas, si se trata de cosas, modificando también negativamente la respuesta en el caso de los seres vivos. El envejecimiento es una realidad que nos envuelve, es parte esencial de la vida, pero no provoca demasiadas reflexiones, antes al contrario, la actitud habitual consiste en relegarla al olvido, como si con ello pudiéramos eliminar su presencia. La conciencia del transcurso del tiempo está más presente en el mundo empresarial, ya que cualquiera percibe sin excesivos análisis el envejecimiento cada vez más rápido de máquinas, tecnologías, productos, edificios, enfoques, conocimientos y personas.

En la mayoría de los elementos citados, la corrección de los efectos del envejecimiento no plantea excesivas dificultades, al menos en lo que concierne a su medición y al conocimiento de las medidas correctoras que deben aplicarse para restituirlos al estado de eficiencia deseada. Algo bien diferente ocurre con las personas, respecto a las cuales la apreciación del deterioro también es claramente perceptible, pero cuya corrección plantea dificultades sin fin, pudiendo resultar hasta imposible si desde el comienzo, es decir, cuando aún no existe el problema, no se establecen actuaciones capaces de minimizar los efectos indeseados de un futuro cierto. Las empresas envejecen porque lo hacen sus personas y, con especial incidencia, sus directivos, lo que además ocurre en un tiempo excesivamente corto, entre 30 y 40 años. A esa edad una empresa debería encontrarse entre la juventud y el inicio de la madurez, pero la actitud de sus directivos puede convertirla en una ruina llena de achaques.

De las derivaciones que tiene el envejecimiento se han percibido con nitidez las relativas a los productos, las tecnologías, los conocimientos, y se han planteado objetivos y establecido programas que persiguen, mediante la renovación, mantener a la empresa en un estado de permanente juventud. Hoy todos aceptan que una titulación, por brillantes que hayan sido las calificaciones, no garantiza unos conocimientos válidos a menos que se actualicen permanentemente, por lo que se admite que todos, pero especialmente los directivos, tienen que aprender a lo largo de toda la vida. Pero esa preocupación razonable por la actualización de los conocimientos servirá de poco, si es que sirve de algo, en el caso de que no se plantee, por lo menos con el mismo grado de exigencia, la necesidad de evitar el envejecimiento de las actitudes, ya que de poco vale.

Conozco directivos que, superados los años de la jubilación, mantienen intactas sus facultades

El paso del tiempo suele jugar una mala pasada sobre el dinamismo, la pasión, la iniciativa, la ilusión, el compromiso, el deseo de emprender, y, en cambio, acentúa la glorificación del pasado, lo que encierra el peligro de enfocar la acción sobre la falsa base de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Si se toma la nostalgia por bandera, se termina por condenar a la empresa al ostracismo o a la desaparición. Mantener el espíritu joven no se logra sólo mediante el crecimiento deseable de la plantilla, ratio que sí se maneja, evidenciando una edad media que parece presuponer un vigor actitudinal que no siempre es constatable en la práctica. Dado que la juventud es la única enfermedad que se cura con el tiempo, más vale actuar positivamente para que el transcurso de los años no deteriore los valores que se atribuyen a esa etapa de la vida. Más intensa debe ser la actuación con los directivos porque su papel dentro de la empresa es decisiva.

Preservar la vitalidad, la frescura de ideas, es posible a cualquier edad, siempre que exista una voluntad férrea que se oriente al objetivo de desacompasar el paso del calendario con la pretendida pérdida de componentes del ánimo, que algunos pretenden ligar inexorablemente, pero que la realidad muestra que no están inevitablemente concatenados. Conozco directivos que, bien superados los años de la frontera convencional de la jubilación, mantienen intactas las facultades que desde siempre les han distinguido, y emprenden proyectos ambiciosos, cuya maduración seguramente no podrán contemplar.

De qué forma se aprende a mantener el tono vital, a seguir una trayectoria sin decaimiento, a fortalecer la visión dinámica y comprometida de una historia personal, a pesar de todas las evidencias del calendario, no lo sé muy bien, pero creo que la escuela de negocios que sea capaz de crear herramientas que contribuyan a tal objetivo, no sólo alcanzará un gran éxito, sino que contribuirá a mejorar el comportamiento de las empresas. El estudio de la personalidad de quienes han mantenido el vigor anímico e intelectual a lo largo del tiempo y de variadas vicisitudes sería una buena base de partida. Me niego a aceptar que todo se explique por la vía de la genética, en cuyo caso quedaría poco campo para la acción, y estoy seguro de que en este terreno hay muchos comportamientos que se pueden aprender, a partir del refuerzo de la voluntad de mantenerse vivo y rechazar la decadencia.

Las empresas viven más que las personas, o eso se pretende, y la mayoría de los directivos del máximo nivel están bastante cerca de la jubilación, por lo que los que hayan cometido el error de no cultivar en sus colaboradores las facultades del espíritu, dejarán a quienes les sustituyan la difícil tarea de rejuvenecer a una empresa envejecida.

Antonio Cancelo. Ex presidente de Mondragón Corporación Cooperativa