TRIBUNA

¿Cuántos somos demasiados?

Mil millones de personas están subalimentadas en el mundo, el mismo número de personas que están sobrealimentadas. Este desequilibrio podría solventarse, según el autor, ayudando a los países en vías de desarrollo a aprovechar sus recursos alimentarios

Una creencia generalizada en una buena parte de la opinión pública de los países desarrollados considera que los recursos alimenticios en el mundo son escasos en relación con la población mundial, hecho que explicaría la situación de subalimentación o hambre que padece una parte de su población.

Y en efecto, los mil millones de personas subalimentadas -exactamente el mismo número que el de sobrealimentados- o los millones de personas que cada año mueren de hambre, podrían hacernos suponer que tal limitación existe, y que el hambre no es sino la consecuencia de la superpoblación del planeta, el resultado del desajuste entre la población y los recursos, la consecuencia lógica de la incapacidad sustentadora de la Tierra.

Sin embargo, la realidad es que el desorden alimentario en el mundo no es sino la otra cara del orden económico liberal, de la desorganización comercial, de la consideración por parte de los países desarrollados del hambre como un negocio, que convierte a las ayudas al Tercer Mundo en un regalo envenenado, haciendo pertinente el adagio chino de 'dar el pez o dar la caña y enseñar a pescar'.

Pues bien, aprovechando el aforismo citado, el pez que se da a los países del Tercer Mundo sirve más para aliviar las colmadas y desbordadas despensas del Norte que para ayudar a estos países a salir de su atraso crónico, de su pobreza, de su dependencia, de la carrera armamentística, en suma, de lo el político socialdemócrata alemán Willy Brandt definió hace casi 25 años como la locura organizada en un libro precisamente así titulado, plenamente vigente hoy -al menos en su fondo-.

Como acertadamente apunta M. Roig Novell para entender el problema del hambre en el mundo se hace necesario analizar tanto los factores internos como los factores externos que la explican. Entre los primeros, destaca el nivel de pobreza de cada país, la distribución de la riqueza en el mismo, los factores demográficos (crecimiento vegetativo, migraciones…), la capacidad para la producción de alimentos, el desarrollo de las infraestructuras y sobre todo de los transportes, las guerras civiles y los sistemas de gobierno. No menos importantes según esta autora son los factores externos, cuales son la inadecuación de las ayudas exteriores y los estructurados mercados internacionales.

La Tierra tiene capacidad para alimentar suficientemente a sus actuales 6.551 millones de habitantes y, según afirman los teóricos más optimistas (por ejemplo: Colin Clark en su libro El aumento de la población), incluso a un volumen de población tres veces superior al actual, esto es, a 18.000 millones de personas. Aunque sólo fuere la mitad: 9.000 millones, parece evidente que a la Humanidad le queda un amplio margen de maniobra en relación a sus recursos alimenticios.

Los argumentos de los teóricos optimistas -o tecnoptimistas como algunos los categorizan- son de muy variado carácter. Los agrónomos de la FAO apuntan los siguientes: podrían recuperarse para la agricultura tierras hoy sometidas a procesos de desertización, con una adecuada política para detener ésta; solamente se trabaja en el mundo el 11% de las tierras cultivables, quedando en la mayor parte de los países del Tercer Mundo un amplio margen a la productividad y al rendimiento por hectárea cultivada; estudios de este organismo internacional sobre 93 países del Tercer Mundo han constatado cómo, a partir de sus actuales condiciones climáticas y de fertilidad, las tierras de labor podrían casi triplicarse y transformarse en cultivos otros 2.100 millones de hectáreas más; podría incrementarse en muchas regiones del sur el número de cosechas; el nivel de consumo, actualmente podría aumentarse, reduciendo y disminuyendo las pérdidas por almacenaje y distribución; si la dieta fuera eminentemente vegetariana, el incremento de la población no sería mayor obstáculo: la dieta de un americano medio basta para producir ocho dietas de subsistencia; con una dieta como la japonesa, fundamentalmente vegetariana y más saludable a juzgar por el índice de esperanza de vida de Japón, sería posible alimentar tres veces más población, que con la dieta americana.

En cualquier caso, lo que sí está constatado es que la producción de alimentos en los países del Tercer Mundo -excepto en algunas regiones africanas- crece a un ritmo superior al de su población, lo que hace tan injustificable como inaceptable, tan escandalosa como denunciable, la situación por la que atraviesa un tercio de la humanidad y, especialmente, una región como el África subsahariana, muchos de cuyos países podrían albergar hasta tres veces más población que la actual, contando con los recursos de que disponen y con las características de su medio.

Pedro Reques Velasco. Geógrafo, director del departamento de Geografía, Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Universidad de Cantabria