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Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Clientes y proveedor

La historia de la humanidad no terminó con la caída del muro de Berlín, como anunció Francis Fukuyama. Más bien, el derrumbe del bloque soviético, seguido de cerca por el proceso de globalización, desencadenó un movimiento de placas tectónicas cuyas mayores sacudidas se empiezan a sentir en la actualidad. Y la reverberación de algunas de ellas, como la dependencia energética y la inmigración, hizo temblar la cumbre europea del viernes en Lahti.

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, logró una vez más que un problema aparentemente periférico, como la avalancha de inmigrantes africanos que intentan cruzar el Mediterráneo, formase parte de la agenda comunitaria más urgente. Zapatero sembró en Lahti, como hace un año en la cumbre de Hampton Court (a las afueras de Londres) una simiente de la que brotará una política comunitaria de inmigración. La opinión pública y el devenir de la historia así lo exigen.

Pero fue la conflictiva relación de vecindad con Rusia lo que marcó el encuentro de un club que asiste alarmado a la creciente voluntad de Moscú de utilizar sus ingentes recursos energéticos como arma diplomática.

Los 25 invitaron a Lahti a Vladimir Putin, la versión rediviva del nuevo zarismo ruso, con la esperanza de conciliar los intereses del principal productor de gas y petróleo del mundo con los de sus mejores clientes. Pero el cordón umbilical en forma de gasoducto que une a los dos gigantes, la UE y Rusia, nunca ha estado tan tenso como en estos momentos.

Bruselas exige que Moscú se comprometa a garantizar, con un acuerdo legalmente vinculante, la seguridad de suministro de la Unión Europea. Pero el presidente ruso quiere hacer valer la nueva situación económica y política de su país, para arrancar a cambio concesiones empresariales a sus ingentes conglomerados paraestatales.

Putin sabe que ningún proveedor, a corto plazo, puede reemplazar a Rusia. Y la diversificación de fuentes propias de energía en Europa no tiene ninguna credibilidad sino incluye la impopular apertura de nuevas centrales nucleares. Para colmo, los mayores focos de inestabilidad mundial (Irak, Irán, Cáucaso) se encuentran en puntos clave para el suministro energético de la UE.

Por eso, en un triunfo de la real politik, las grandes potencias europeas -Francia a la cabeza, secundada por Alemania- posaron melifluos junto a un dirigente ruso de cuyos credenciales democráticos duda una buena parte de la opinión pública europea. Sólo los pequeños países bálticos y el presidente del Parlamento europeo, Josep Borrell, osaron reprocharle a Putin su dudoso respeto por los derechos humanos.

El resto se resignó a lo inevitable: Moscú tiene en sus manos el control exclusivo del grifo de un gas natural que permite hacer habitables los lugares de Europa donde en invierno se alcanzan los 30 grados bajos cero de temperatura. Una gélida cifra que conocen bien, entre otros muchos, los 100.000 habitantes de Lathi.

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