COLUMNA

La esperanza de vivir 100 años

Declaraciones como las realizadas la pasada semana por la Comisión Europea, alertando sobre el riesgo de quiebra del sistema de pensiones a mediados del presente siglo, reabren el tema de las proyecciones demográficas, que ponen de manifiesto el problema de que los mayores de 65 años, generaciones muy numerosas por efecto del baby boom, no puedan verse atendidos por los activos de generaciones que han visto reducidos sus efectivos por la caída de la fecundidad y sin que la inmigración pueda hacer otra cosa que aliviar el problema.

Pero lo que verdaderamente puede agravar este problema del envejecimiento es el aumento del número de años que va a vivir cada generación, lo que se conoce como esperanza de vida.

El uso de este concepto se ha generalizado aunque no siempre se aplica correctamente, como por ejemplo ocurre en ese best seller de Eduardo Punset titulado El viaje a la felicidad. Señala Punset que, como hace poco más de un siglo la esperanza de vida en Europa era de 30 años, no cabía 'la posibilidad de plantearse un objetivo tan insospechado como el de ser felices. Era una cuestión que se aparcaba para después de la muerte y dependía de los dioses'.

Con esta interpretación, reiterada en otras ocasiones en el mismo libro, el autor ignora que ese valor tan bajo de hace un siglo obedecía a que la esperanza de vida, como valor medio, se veía afectada por la elevada mortalidad infantil que había en aquel tiempo (en España sólo llegaban a los cinco años el 63% de los nacidos) pero que, también en nuestro país, los que habían llegado a cumplir los 30 años que él señala tenían una esperanza de vida de otros 30 años, tiempo más que suficiente para plantearse la posibilidad de ser felices.

En efecto, la esperanza de vida es el número medio de años que va a vivir una generación, sea ésta la que acaba de nacer o la de cualquier otra edad, como los 30 años del ejemplo. Para calcular esa media se suman los años vividos en la hipótesis de que, conforme esa generación va cumpliendo años, se verá sometida a las mismas tasas de mortalidad por edades que son conocidas en el momento de hacer la previsión. Sin embargo, la hipótesis de que en el futuro se seguirá falleciendo a cada edad del mismo modo que en la actualidad es excesivamente conservadora. Por ejemplo, en fecha tan próxima como 1975, la esperanza de vida al nacer así calculada estaba en los 73,3 años, previsión que quedará muy corta porque, transcurridos sólo tres decenios, ya sobreviven más del 75% de las personas de esa edad y la esperanza de vida al nacer se ha situado próxima a los 80 años.

Es lógico que queden cortas estas previsiones de vida hechas con la hipótesis de mantenimiento de tasas de mortalidad a cada edad puesto que no tienen en cuenta los avances de la medicina, la higiene, la alimentación y de otros factores que favorecen la salud, si bien es preciso reconocer que tampoco consideran otros efectos negativos sobre la salud como consecuencia de la contaminación o del cambio climático, por no hablar de guerras o catástrofes de toda índole. Y esto es precisamente lo que hace que la esperanza de vida tradicional sirva de poco como elemento de predicción.

Este inconveniente lo corrige la esperanza de vida longitudinal, que mantiene la hipótesis de que la mortalidad que se irá registrando a cada edad, en lugar de ser la observada en un momento dado, seguirá variando del modo que indican las tendencias que ha mantenido a lo largo del tiempo.

No obstante, son pocos los trabajos realizados en este sentido longitudinal y, por ejemplo, las actuales proyecciones demográficas oficiales se limitan a aplicar a la esperanza de vida un tímido crecimiento anual hasta 2031 para mantenerla constante desde ese año hasta el 2050.

Es arriesgado establecer hipótesis sobre la evolución de los factores positivos y negativos que afectan a la salud pero merece la pena realizar estimaciones matemáticas siguiendo diversas hipótesis aunque sólo sea por alertar sobre las consecuencias que pueden tener aumentos en la esperanza de vida que podrían llevar, en poco más de dos décadas, a sobrevivir a más del 50% de quienes cumplan 90 años y que, en un futuro previsible, podría situar la esperanza de vida al nacer en los 100 años, edad considerada imposible según el refrán que transmitía el triste consuelo de que no habría mal que durara tanto tiempo.

José Aranda. Economista y estadístico