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Columna
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La convergencia en renta per cápita, un largo camino

El crecimiento del PIB real en España supera con claridad la media del de la UE-15 desde 1995. El diferencial promedio en el periodo 1995-2001 fue de 1,2 puntos, con un crecimiento positivo continuado tanto en España (media de 3,8%) como en la UE-15 (media de 2,6%). En los años comprendidos entre 2002 y 2005, ambos inclusive, el diferencial fue de 1,55 puntos, con un crecimiento medio del 3,05% en España y del 1,5% en la UE-15. En ningún año se dio un crecimiento negativo y en ninguno el ritmo de crecimiento español estuvo debajo del europeo.

Sin embargo, la renta per cápita -expresada en equivalente de poder de compra y siendo 100 la media de renta de los 15- creció en España desde el 78,8% en 2002 hasta el 90,7% en 2005, según cifras de la Comisión Europea de primavera 2006. Esta diferencia, así como un crecimiento del empleo español claramente más vigoroso (media del 2,86% anual en el periodo 2000-2005) que el comunitario (0,74% en el mismo periodo) parecen propios de una aproximación mayor que la conseguida. Sin embargo, las cifras están bien tratadas y puede darse razón de una trayectoria positiva aunque podría ser más rápida.

La reducción del diferencial de renta per cápita fue menor que la del diferencial de crecimiento del PIB (11,9 puntos porcentuales en la renta frente a 13,4 en el PIB). La explicación es meramente aritmética y radica en que el 100 de la UE es un referente móvil y cada vez mayor porque hay un crecimiento continuado. Si el aumento porcentual fuera el mismo la proporción se mantendría y la diferencia absoluta crecería.

Para reducir la distancia relativa se necesita un crecimiento más alto como se aprecia si se toma el ejemplo del año 2004, con una proporción de renta española del 89,8% y un crecimiento del 3,1% se llegaría al 92,58%. Pero como el valor de 100 asignado al conjunto de países se incrementó en un 2,3% llegando a 102,3%, el porcentaje que representa el 92,58 respecto a 102,3 se queda en 90,5%.

La aportación del nuevo empleo a la generación de renta habría sido más alta si la productividad promedio de los nuevos ocupados fuera superior a la media del empleo preexistente o, mejor aún, más alta. Este no es el caso. En líneas generales, el empleo nuevo es un empleo marginal que hace una aportación menor a la media. Las personas que dejan su ocupación porque encuentran una oportunidad de hacer valer sus conocimientos y experiencia en otro lugar no aumentan la cifra de ocupados, sino tan sólo la de nuevos contratos (el contrato en el nuevo puesto y el de la persona que les sustituye en el puesto anterior). Una buena parte del nuevo empleo ocupa a inmigrantes con una cualificación que les permite optar a empleos de baja productividad y, por tanto poca retribución relativa y aportación al PIB.

Un proceso de creación rápida de empleo puede reducir la tasa de crecimiento de la productividad media. Esta productividad se estima como cociente entre el valor a precios de mercado de la producción de bienes y servicios finales y el número de trabajadores, equivalentes a tiempo completo, que la generan. Si el denominador crece a un ritmo superior al del numerador en cuantía suficiente, incluso podría ser posible que la productividad por persona bajara. El fenómeno opuesto se aprecia en las fases de bajo crecimiento; por ejemplo, los años 1991-1994, en que crecía un promedio del 2,2% anual, a pesar de perder un cuarto de millón de empleos en 1992 y el doble en 1993. La razón estriba en que los empleos que desaparecen son los de menor productividad, de modo que la aportación media de los que subsisten parece haber subido. Por el contrario, con crecimiento alto y elevada creación de empleo, como en 1986-1990, la productividad sólo subía un 0,9% de media anual, porque los nuevos empleos, al menos en el momento de su creación, tenían una contribución al PIB total más pequeña.

La comparación de las rentas per cápita expresadas en equivalente de poder de compra, aunque adolece de algunas limitaciones por la dificultad de comparar cifras que tienen componentes heterogéneos, es un indicador del progreso de cada país. Un país como Irlanda, que pasa de un nivel de 69,2% de la media comunitaria en 1985, año en que España estaba en mejor posición con un 72,2%, a alcanzar la cifra de 127,9% en 2005. En los mismos años, el Reino Unido pasó del 94,5% al 107,2% y Suecia descendió desde el 115% al 109,5%.

Estas trayectorias evidencian que, a veces, se puede perder una buena posición relativa y que también hay la posibilidad de dar un vuelco a una situación mejorable en el plazo de una sola generación. Más aún, incluso quienes están muy por encima de la media, como EE UU pueden mantener cifras relativas superiores a 130 frente a la UE. La dificultad está en conseguir, a la vez, un rápido aumento de la ocupación y en elevar la productividad por persona. Incluso una inmigración de cerebros puede ser insuficiente para eso.

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