COLUMNA

La salud de la OMC empeora

Desde su creación, la Organización Mundial del Comercio (OMC) se ha dedicado a organizar rondas de negociaciones multilaterales en las que no se alcanzan acuerdos y de las que unos participantes salen haciendo declaraciones furibundas contra los otros, asegura el autor, que sostiene que la especialidad de este organismo es el fracaso

En 1994 y después de siete años de negociaciones, 120 países firmaron el acta de fundación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Marrakesh. La creación de la OMC buscaba conformar un nuevo marco legal sustituto del GATT para asegurar que las normas comerciales se mantuvieran acordes con la evolución de la economía mundial y su sistema multilateral de comercio.

La OMC se define como un organismo democrático que busca mejorar el bienestar de las poblaciones de sus Estados miembros mediante la liberalización del comercio. Sin embargo, una parte de la opinión pública y un número creciente de Gobiernos de los países en desarrollo la consideran una organización sin transparencia que deja fuera de sus negociaciones los intereses de los países menos desarrollados para favorecer los de los países ricos.

La especialidad de esta organización es el fracaso. Desde sus comienzos se ha dedicado a organizar rondas de negociaciones multilaterales en las que no se alcanzan los acuerdos para las que fueron convocadas y de las que sus participantes salen haciendo declaraciones furibundas contra los otros participantes a los que acusan de ser los culpables del fracaso.

La liberalización del comercio mundial no es parte de la arquitectura económica global, sino de la política interna de los países y del peso de sus grupos de interés

El último, por ahora, de sus fracasos tuvo lugar el 24 de julio cuando Pascal Lamy, su director General, suspendió las negociaciones de la llamada Ronda de Doha ante la incapacidad de las grandes potencias para ponerse de acuerdo en la reducción de aranceles para productos agrícolas e industriales. EE UU y la UE se han acusado mutuamente de inflexibilidad para lograr un acuerdo. La Ronda de Doha, iniciada en noviembre de 2001 debía haberse concluido a finales de 2004 y su propósito era alcanzar acuerdos para la liberalización del comercio agrícola, industrial y de servicios.

Peter Mandelson, negociador en jefe de la UE, hizo de EE UU el único culpable del colapso de la ronda. Para Mandelson la postura de George Bush es decir al resto del mundo: 'nosotros estamos en lo cierto y ustedes están aislados'. La oferta de la UE se basaba en reducir aranceles agrícolas con la condición de que los países en desarrollo abrieran sus sectores manufactureros y de servicios, algo que el comisario europeo entendía equitativo. Sin embargo la postura de EE UU era, a su juicio, la de ofrecer muy poco y esperar mucho. Lo que en palabras de Mandelson no es su idea de liderazgo.

Por ejemplo, un acuerdo que facilite la entrada en la India de productos agrícolas estadounidenses subsidiados con cargo al presupuesto de EE UU necesariamente contará con el rechazo de aquel país, como así ha sido. Lo contrario supondría arruinar a los agricultores indios.

La postura europea de intercambiar liberalización de comercio agrícola por servicios y manufacturas es olvidar que la Política Agrícola Común (PAC) está condenada a desaparecer antes o después, y no es una moneda de cambio con gran poder adquisitivo. Las concesiones que se hagan hoy sobre esta materia en la mesa de negociaciones no pueden ir más allá que lo que permita el programa de reforma agrícola de 2003, con independencia de lo que estén dispuestos a ofrecer a cambio los países en desarrollo.

EE UU, por su parte, no van a poner en peligro los asientos de sus congresistas bromeando con el apoyo a sus agricultores. Y para que no quepa duda de sus intenciones, al no haber concluido las negociaciones antes del final de 2006, han renunciado de hecho a tramitar los acuerdos comerciales por la vía de urgencia (fast track), que autoriza al presidente a negociarlos y al congreso norteamericano a aprobarlos o rechazarlos, pero no a enmendarlos.

Una vez más se ha puesto en evidencia que los negociadores de las principales potencias no lideran la transformación del sistema internacional de comercio, no son los gestores de la globalización (la aldea global, y todo eso), más bien se presentan como los servidores de los grupos de interés nacionales a los que deben su lealtad. La consecuencia inmediata de este fracaso es el fortalecimiento de la tendencia a la expansión de los acuerdos comerciales preferenciales, cuyo número se ha duplicado en los últimos 10 años. Estos acuerdos no son los que más benefician a los países pobres, sino todo lo contrario.

Otra consecuencia importante será que no existirá una reforma sustancial del sistema de comercio de productos agrícolas, y por tanto, no existirá una presión externa para la reforma del proteccionismo agrícola estadounidense y europeo en las agendas de los Gobiernos. De hecho, cada vez parece más evidente que la liberalización del comercio mundial no es una parte de la arquitectura económica global, sino parte de la política interna de los países y del peso relativo de sus grupos de interés internos. Es en las negociaciones y acuerdos entre ellos donde se deciden los aranceles, como siempre ha sido.