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La tierra mítica de Rulfo

Al sur de Jalisco se abren las sierras, llanos y volcanes que alimentaron la imaginación de Juan Rulfo. Tres pueblos mágicos donde descubrir al autor de 'Pedro Páramo', tras 50 años de su primera edición.

Jalisco. Más que la tierra del tequila y los mariachis. Hacia el sur del estado que alberga la segunda ciudad más poblada de México, Guadalajara, se abre una región dominada por cerros y llanos, donde la bruma en la estación de lluvias, que corresponde con el verano, se cuela entre las barrancas. Los volcanes se asemejan a fábricas de nubes espesas y violentas. Es la llamada Zona Montaña. Es la tierra de Juan Rulfo.

Esta zona rural es destino de fin de semana y vacaciones de los tapatíos naturales de Guadalajara más urbanitas y también la región que vio nacer y crecer al escritor del que se considera el libro más importante en México después de la Biblia, Pedro Páramo. Mítica y mágica. Se puede trazar un triángulo imaginario entre tres de los pueblos con más encanto y que pelean entre sí para adjudicarse las calles y parajes que sirvieron de inspiración al escritor: San Gabriel, Sayula y Tapalpa.

'Soy de un pueblo que lo perdió todo, hasta el nombre', decía Rulfo del pueblo donde vivió sus primeros años, San Gabriel, que durante décadas fue llamado Venustiano Carranza en contra de la voluntad de sus habitantes. En algunos mapas aún aparece así. Pero para muchos es Comala, la villa habitada de los espíritus de Pedro Páramo.

El 'pueblo sin ruidos'

La Refresquería Sesteo de las aves, situada en la plaza central de San Gabriel frente al Templo Mayor de estilo colonial, es una galería de la historia del pueblo y el punto de información turística oficioso para los que anden tras la Comala de Rulfo. Decenas de fotos del escritor de El Llano en Llamas, de su familia o del pueblo en la época previa a la revolución mexicana de 1910, decoran el local donde, junto a las tortas de José Villalvazo, se venden librillos de la ruta rulfiana y se conserva uno de los 2.000 ejemplares de la primera edición de Pedro Páramo, editados por el Fondo de Cultura Económica en 1955. Medio siglo después, las calles de San Gabriel son a mediodía 'el pueblo sin ruidos' a donde llega Juan Preciado al inicio del libro.

De allí se puede arrancar, con el estómago lleno, una ruta que pase por la casa de la calle Hidalgo donde vivió el niño Juan Rulfo, a la casa de Eduviges Dyada, donde llega Juan Preciado al inicio de la novela, al templo de La sangre de Cristo, desde cuyas campanas se anuncia la muerte de Susana San Juan, o el portal del Señor âscar Villa, en la plaza del Templo Mayor, a donde los domingos bajaban desde Apango los indios 'con sus rosarios de manzanillas, su romero, sus manojos de tomillo'.

Unos 8.000 habitantes, más las ánimas que salieron de la imaginación de Rulfo, habitan este espacio rural a 1.600 metros de altitud, salpicado por el río Salsipuedes y rodeado por el volcán Nevado de Comala, que sigue rugiendo ocasionalmente. Jijilpan, Apango o Apulco, pequeños pueblos que el autor llevó a sus páginas, quedan a un paso de San Gabriel y a otro de la megalomanía rulfiana. Muy cerca, cubierto de agave -la planta para hacer tequila- está el llano que ardió en el libro de cuentos de 1953, 'ese duro pellejo de vaca que se llama el Llano', escribió Rulfo en Nos han dado la tierra. Y aquí empieza la disputa. Sayula, donde también se dice que Rulfo nació, reivindica el Llano para sí. La laguna de Sayula, ese espectacular llano inmenso y árido, que con las lluvias se convierte en un gran lago, querría también ser el paraje inhóspito que inspiró a Rulfo. En la época de sequía, 'el polvo amarillo se levanta, lo cubre todo, y el viento lo lleva hasta Guadalajara', según cuentan los de Sayula. De 35.000 habitantes, este pueblo terroso al pie de las montañas y precedido por la laguna es una de las poblaciones más populosas de la zona, junto a otras como Ciudad Guzmán. La ciudad de moscas, según su nombre indígena originario, reporta una pincelada más de la huella colonial, con sus portales, su iglesia del siglo XVII y su plaza con quiosco, y cuenta también con su casa cultural Juan Rulfo. La agitación comercial del centro, donde comprar cajeta -dulce de leche-, se aleja del silencio de San Gabriel.

Tapalpa es, para muchos, la joya del sur de Jalisco. Mimado y conocido como el pueblo mágico de las montañas, fue en otra época localidad minera para ser hoy uno de los destinos turísticos predilectos de la zona. Las calles empedradas y las casas de techos rojos, muros blancos y balcones de madera, encaramadas a una ladera de la sierra del mismo nombre, le otorgan el encanto más certero de los pueblos de la sierra sur tapatía. Una extraña armonía envuelve Tapalpa.

Para su dignidad rulfiana, el pueblo se adjudica la Media Luna, la hacienda desde donde gobernaba Pedro Páramo la Comala imaginaria. Tal vez demasiado lejos de las calles que alimentaron la imaginación de Rulfo, lo cierto es que esta pretensión sirve de excusa para que el ortodoxo rulfiano camine por sus calles angostas y deguste el popular cabrito al pastor o los tamales de acelgas.