EDITORIAL

El gigantesco déficit comercial

Los dos desequilibrios macroeconómicos tradicionales de la economía española durante el siglo XX han sido la inflación y el saldo comercial negativo. Dos variables íntimamente emparentadas que estaban condenadas a desaparecer con el ingreso de España en la Unión Monetaria Europea. Sin embargo, una vez estrenado el siglo XXI han vuelto a aflorar, y su solución no es ahora tan sencilla como en el pasado.

Hasta la entrada en la Unión Monetaria, España manejaba la política cambiaria a su antojo y con ella corregía los desequilibrios. El déficit comercial no era sino el resultado de una acumulación de inflación año a año, que cada cierto número de ejercicios era absorbida con una devaluación de la divisa que empobrecía relativamente a los españoles, pero colocaba la economía en una alegre posición de competencia exterior. Si no se devaluaba, las autoridades económicas (no siempre las monetarias, que carecían de autonomía) elevaban artificialmente los tipos de interés para atraer el capital necesario para financiar el desequilibrio de capitales.

Ahora no hay devaluación que valga, ni política monetaria discrecional al alcance de la mano, y los desequilibrios los corrige el mercado. El déficit corriente no encuentra grandes problemas en una zona monetaria única y con una divisa fuerte. Pero el déficit comercial, que es el reflejo de la corrección de un desequilibrio (la inflación diferencial constante), puede terminar teniendo un elevado coste en pérdida de empleo si las empresas quieren corregir su posición comercial.

Mejorar la posición competitiva de la economía española es tarea de todos. Y no se trata sólo de buscar remedios a largo plazo, como la necesaria mejora de la productividad y la calidad. En muchos casos la competencia exigirá sacrificios del margen, tanto del capital como del trabajo, para retomar la cuota de mercado perdida en los últimos años.