TRIBUNA

El papel de los economistas

En estos días se están analizando cuáles pueden ser las consecuencias del resultado de las elecciones americanas y, aparte de las reflexiones políticas sobre los programas, la ideología de los votantes estadounidenses y las repercusiones sobre otras zonas geográficas, nos encontramos numerosos comentarios sobre política económica. En las circunstancias actuales se pone de manifiesto lo que es evidente: de economía todo el mundo habla, opina y ejerce, así que parece que queda poco margen diferencial para los economistas de profesión.

Mi sobrino quiere estudiar Ciencias Económicas y a veces me resulta difícil hacerle entender para qué sirve esta profesión. Pueden ofrecerse muchas explicaciones. Una de ellas es que 'la economía es lo que hacen los economistas' (que se debe a Jacob Viner) y otra puede ser que 'la economía es el estudio del dinero y de la razón por la cual éste es bueno', que se debe a Woody Allen y que evidencia lo afirmado al principio. Estas y otras definiciones han sido recordadas recientemente por Nikklaus Blattner, subgobernador del banco central suizo, tratando de alabar a estudiantes de economía por su buena elección.

Hay economistas que trabajan en el ámbito microeconómico, de una empresa concreta, tomando decisiones de estrategia, de producción o de financiación, o proporcionando la base empírica para esas decisiones. En las organizaciones privadas últimamente se tiende a reducir la importancia de los economistas que participan en los gabinetes de asesoramiento general y se les vincula más a unidades concretas de producción. Con esta tendencia parece que los economistas generalistas, o macro, son poco valorados. Puede que se considere que su capacidad de análisis o de predicción no ha sido útil para la empresa.

El elevado número de chistes sobre economistas indica que existe sospecha sobre sus conocimientos ('un economista es el que ofrece explicaciones complicadas de lo obvio'), o sobre la incapacidad de convencer de los mismos ('un economista es alguien que no sabe de lo que habla y te hace pensar que tu no lo entiendes').

Como en todas las profesiones, el conocimiento y la calidad profesional de los economistas se distribuye de forma normal: unos pocos saben mucho o nada y una mayoría tiene conocimientos medios. Puede que los conocimientos medios hayan deteriorado su calidad en comparación con otras épocas o en comparación con las necesidades actuales, y ello debería llevar a las universidades a reflexionar sobre sus planes de estudios y calidad de la enseñanza.

Trabaje en una organización privada o se dedique al ámbito público, el economista debe caracterizarse por aplicar sus conocimientos a la resolución de problemas reales, concretos. En qué campo o área se sitúan esos problemas es secundario porque lo importante es el modo de razonar, que es lo que subyace en la definición de Jacob Viner. Se puede buscar cómo maximizar el bienestar social o la eficiencia, aplicado a cualquier campo, desde la organización de un sistema sanitario, la decisión de los programas de educación hasta el diseño impositivo, pasando por la regulación financiera. En este proceso hay un requisito de comprensión del funcionamiento de la sociedad y hay una voluntad de obtener resultados.

Las decisiones las toman personas con responsabilidad (política o directiva), pero los economistas les deben presentar las alternativas que existen y razonar las formas de conseguirlas, incluyendo sus costes ('usos alternativos de factores escasos'). El problema es que la identificación de alternativas y costes a veces no es fácil, lo que lleva a obtener distintos menús de actuación, según el economista que los haya elaborado. La economía no es una ciencia exacta como tampoco lo es la medicina: los diagnósticos pueden diferir entre especialistas y los tratamientos varían con el tiempo. También, como en la medicina, es importante tener un buen ojo clínico, para poder intuir la mejor forma de plantear los problemas, y la capacidad de presentar explicaciones claras, sencillas y atractivas. Así, algunas veces se ha planteado la economía como 'arte', además de cómo 'ciencia'.

La receta para ser un buen economista contiene curiosidad por comprender las acciones humanas, capacidad para abstraer principios y rigor de análisis. Esta es la economía positiva que es capaz de llegar a anticipar consecuencias de distintas actuaciones. Un paso más allá vendría de la mano de la economía normativa, que busca aplicar esos métodos de análisis para conseguir cambios en la realidad.

Todo ello señala que si la calidad del economista es buena seguramente saldrá un buen caldo, y este puede tener muchos usos.