COLUMNA

Imbatible Bush (segunda parte)

Hace un mes, cuando tras el primer debate entre Bush y Kerry una parte de la opinión pública europea empezaba a considerar que el triunfo del candidato demócrata era posible, el autor de estas líneas se alineó con aquellos (norteamericanos) que afirmaban que los indicadores con los que tradicionalmente se venía pronosticando el resultado de las presidenciales de EE UU no permitían dudar de la inevitable victoria republicana.

La diferencia de votos entre los candidatos y el elevado número de votos recibidos por Bush no solamente han venido a confirmar la robustez de los indicadores utilizados, lo que no es más que una cuestión técnica de interés para pocos, sino que ha tenido la virtud de sorprender y educar a los europeos. æpermil;stos han aprendido que una mayoría del pueblo norteamericano aprueba y comparte las maneras en que Bush entiende la política y emplea el poder, y que esas maneras están muy lejos de lo que es políticamente correcto en el Viejo Continente.

A partir de aquí, ¿qué es lo que cabe esperar? Algunos comentaristas, deseosos de transmitir la ilusión de un futuro mejor, han desempolvado, posiblemente sin saberlo, una vieja máxima de la política norteamericana que viene a decir que a los presidentes en su primer mandato les preocupa cómo salir reelegidos, y en el segundo cómo les recordará la historia. Y de ahí poco menos que concluyen que seguramente Bush quiere que se le recuerde como un presidente chapado a la europea. Es poco probable.

Si Bush no nos ha engañado en su campaña electoral, lo que cabe esperar que sea su política en los próximos cuatro años es la extensión de los valores evangelistas en la vida civil, el desinterés por la conservación del medio ambiente, el belicismo aislacionista en las relaciones exteriores y el poco respeto por la ortodoxia económica.

Por si esto fuera poco, si el lector se alinea con aquellos que piensan que Bush ha gobernado EE UU alterando sus prácticas democráticas, la victoria republicana vendría a significar que el electorado ha aceptado de buen grado el repliegue de la libertad y la democracia. Ello no dejaría de ser preocupante, ya que el dominio republicano de las cámaras parlamentarias y el anunciado refuerzo conservador de los órganos judiciales previsiblemente anularán los contrapesos imprescindibles para la vida política en democracia.

En otro orden de cosas, el panorama económico que tiene ante sí EE UU no resulta halagüeño. El crecimiento económico se desacelera mientras el mercado de la vivienda se enfría y los consumidores siguen sin poner coto a su gasto y endeudamiento.

La inflación está creciendo un poco alimentada por la subida del precio del petróleo, los costes al alza de la sanidad y el aumento de los precios en muchas empresas. El crecimiento del empleo se muestra debilitado y el de los salarios es plano. Algunos comienzan a pronunciar una palabra desconocida para las últimas generaciones de economistas: estanflación (estancamiento con inflación).

Por otra parte, no parece que la política económica republicana tenga como objetivo prioritario el control del déficit público. Los recortes impositivos y los mayores compromisos militares y de seguridad de la patria alejarán al Gobierno de la ortodoxia financiera y sólo el recorte de servicios sociales puede aliviar en alguna medida las tensiones presupuestarias.

Un panorama inflacionista no será fácilmente manejable por la Fed. Aparte de lo pintoresco de sus referencias al tipo de interés natural, lo que cabe preguntarse es el margen que realmente va a tener para subir el tipo de interés en una economía tan endeudada como la norteamericana sin provocar el empobrecimiento de las familias y la insolvencia de las empresas.

Hay economistas norteamericanos que piensan que el déficit presupuestario, el alto endeudamiento de las familias y las empresas y el déficit exterior están empobreciendo a EE UU, y los países pobres pierden capacidad para liderar el mundo. Otro tanto sucede con aquellos otros países que han dilapidado la confianza que otros pusieron en ellos y en los valores que decían defender.

Tras el derrumbamiento de la Unión Soviética, EE UU finalizó el siglo XX con una enorme riqueza económica, un colosal poderío militar y una gran autoridad moral. Tras la primera mitad de la presidencia Bush, EE UU ha pasado del superávit presupuestario al déficit, de exhibir un ejército formidable a tener problemas para patrullar el territorio conquistado y de liderar moralmente al mundo a provocar la sospecha, cuando no el rechazo, entre parte de sus aliados.

Ese es el país más poderoso de la tierra y con el que habrá que lidiar esta peculiar situación en que se encuentra el mundo.