COLUMNA

Aliados y adversarios de la productividad

En ocasiones se alega que aumentos notables del empleo provocan necesariamente disminuciones del crecimiento de la productividad. Este planteamiento no se ajusta plenamente a la realidad. Hasta la reciente contracción económica, EE UU ha podido combinar unos buenos resultados de empleo con una aceleración de la productividad laboral.

Crecimientos basados en mayor utilización de la mano de obra pueden generar coyunturalmente un aumento de la productividad inferior a su potencial a largo plazo, pero esto no tiene que ser considerado como una renuncia irreversible a alcanzar mayor productividad en el entorno del largo plazo si se están implementando las políticas necesarias tanto por la Administración como por las empresas.

Existe un amplio consenso de cuáles son esas políticas: a) mantener un buen nivel educativo mediante un compromiso permanente con la inversión en capital humano; b) difundir las tecnologías de la información y las comunicaciones e invertir en investigación y desarrollo, y c) orientar una especialización productiva que prime los sectores en los que con mayor certeza se pueden obtener ganancias en productividad.

Los mecanismos de generación de beneficio económico a corto plazo han jugado negativamente

En España, en los últimos años (1995-2003), el comportamiento de la productividad ha sido muy poco brillante, manteniéndose en todo momento a la zaga de la mayoría de los países europeos. Se ha querido justificar este comportamiento con el efecto depresivo que sobre el aumento de la productividad pueda haber tenido el rápido aumento del empleo en un ciclo expansivo como el que ha vivido la economía. Pero la verdad es que el comportamiento de los aumentos de productividad en estos años ha sido peor que en ciclos anteriores: tanto respecto al ciclo depresivo (anterior a 1995) como al ciclo alcista (anterior a 1990). Ello lleva a pensar que el aumento del empleo, aunque es parte de la explicación, no es del todo satisfactoria. Existen otras áreas -a veces olvidadas por los economistas- donde convendría mirar.

Pensemos por ejemplo en el impacto que haya podido tener el fraude fiscal. Este necesita de activos opacos en los que materializarse. El aparente aumento del fraude fiscal en los últimos años (293 sentencias por delito fiscal en 1997, 38 en 2002) ha jugado como un demandante permanente de activos opacos. La sustitución de la peseta por el euro hizo necesario que importantes bolsas de dinero negro materializadas en billetes del Banco de España tuvieran que buscar un refugio distinto de los nuevos billetes europeos. En ambos casos, el beneficiario resultó ser el sector de la construcción, que vio aumentar espectacularmente la demanda de viviendas. Ello se vio potenciado a su vez por los bajos tipos de interés que provocó aumento de la demanda solvente de vivienda y aumento de los precios del metro cuadrado construido. Desgraciadamente, la vivienda es un sector en el que no existen ganancias de productividad.

Los bajos tipos de interés y el acceso al mercado de capitales europeo sin riesgo de tipo de cambio han sido también responsables del protagonismo de las inversiones financieras en detrimento de las reales. Han sido años de inversión bursátil, adquisiciones y fusiones de empresas y concentración económica. No han sido años de apertura de fábricas ni de inversión en novedades tecnológicas. Sin aumento de capital por persona empleada ni inversión en tecnología no hay aumento de productividad.

La regulación del mercado de trabajo ha llevado a las empresas a basar su ventaja competitiva en términos laborales en la exclusión de los trabajadores de más edad y más coste y en la vinculación de corta duración del trabajador con la empresa. Ambos elementos de competitividad a corto plazo han jugado en contra del aumento de la productividad. Con la primera, las empresas han prescindido de los trabajadores más experimentados; la segunda, por su parte, ha desincentivado a la empresa -y en buena medida al trabajador- a invertir en capital humano. Y lo que es peor, el deseo de sacar ventaja del modelo de mercado de trabajo imperante ha favorecido la inversión en sectores de actividad intensivos en mano de obra, intensificando una especialización productiva de baja productividad.

Finalmente, no ha existido desde el Estado un apoyo real a la introducción de las TIC. Planes no han faltado, pero desgraciadamente su implementación se ha quedado lejos de lo prometido cuando fueron anunciados.

En definitiva, da la impresión de que los mecanismos de generación de beneficio económico a corto plazo han jugado negativamente sobre la productividad y podrían estar deteriorando la competitividad de la economía a largo plazo.