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CincoSentidos

El sueño de un hidalgo

En el año de los proyectos de ampliación de los tres grandes museos de Madrid, el Prado, el Reina Sofía y el Thyssen-Bornemisza, la ciudad recupera mañana un espacio artístico, el museo Lázaro Galdiano (Serrano, 122), que ha permanecido cerrado durante tres años por obras de rehabilitación.

El museo está formado por las más de 12.000 piezas que Lázaro Galdiano atesoró durante más de medio siglo de vida y que legó al Estado a su muerte. El legado incluía el magnífico edificio que fue su residencia, bautizado como palacete Parque Florido, en honor de la esposa del coleccionista, Paula Florido y Toledo. En 1948, se creó la Fundación Lázaro Galdiano y el 27 de enero de 1951 se inauguró el museo tras haber sido inventariados sus fondos y adecuado el edificio y sus instalaciones por Fernando Chueca Goitia. Cincuenta años después, el museo cerró sus puertas para acometer las obras de rehabilitación y reorganización museológica y museográfica, financiadas por la Fundación Lázaro Galdiano y el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

José Lázaro Galdiano nació en Beire (Navarra) el 30 de enero de 1862 en el seno de una familia hidalga. Su pasión por el coleccionismo se despertó desde muy joven. Cuando en 1899, el poeta Rubén Darío lo visita en su domicilio madrileño de la Cuesta de Santo Domingo, lo define como un hombre joven y muy rico que vive en una casa que tilda de museo. Lázaro Galdiano era un hombre de gran poder económico, pero tras su matrimonio en 1903 con la viuda argentina Paula Florido su fortuna se incrementó, decidiendo entonces iniciar la construcción de una residencia palaciega que albergara las cada vez más numerosas piezas de sus colecciones.

A finales de 1888 se instala en Madrid y funda la editorial La España Moderna, en la que colaboran los intelectuales y escritores más destacados

El poeta Rubén Darío definió en 1899 a Lázaro Galdiano, tras visitar su domicilio madrileño, como un hombre joven y muy rico que vive en una casa que tilda de museo

El mecenas encarga el proyecto a José Urioste en 1903, siendo reformado por los arquitectos Joaquín Kramer y Francisco Borrás, siguiendo las indicaciones del propietario. De acuerdo con la moda preponderante, Lázaro Galdiano elige el estilo neorrenacentista e incorpora al mismo elementos clasicistas tomados de Ventura Rodríguez.

La decoración pictórica de sus techos fue encomendada a Eugenio Lucas Villamil que llevó a cabo un amplio programa lleno de alusiones mitológicas, literarias y artísticas, constituyendo un verdadero retrato intelectual del promotor. El palacio fue inaugurado en 1909 y en él tuvieron lugar tertulias literarias y artísticas.

Lázaro Galdiano fue un notable bibliófilo, porque, además de cantidad, su colección se distingue por contener ejemplares raros, bellos e interesantes, por su estado de conservación y por permanecer unida, el logro más deseable para el buen bibliófilo.

En 1888, durante la Exposición Universal de Barcelona había conocido a Emilia Pardo Bazán, quien le facilitaría más adelante la entrada en los círculos de la intelectualidad madrileña (la condesa le dedicó su novela Insolación). A finales del año 1888 se instala en Madrid y comienza una de sus actividades culturales más interesantes y emprendedoras, La España Moderna (1889-1914), editorial que publica una revista literaria con el mismo nombre, en la que colaboraron firmas como Unamuno, Clarín, Zorrilla, Pérez Galdós o Menéndez y Pelayo y en la que se publicaron obras de escritores europeos menos conocidos en España como Dostoievsky, Tolstoi, Balzac, Daudet, Zola.

De todas las colecciones del museo, la sección con más peso es la de pintura, compuesta por más de 750 obras. De carácter fundamentalmente europeo (siglo XV al XIX), en la colección destaca una representativa muestra de la escuela española en la que Goya brilla con especial intensidad. Cuadros de El Greco, Sánchez Coello, Zurbarán, Velázquez, Murillo, Carreño, Paret, Goya, Vicente López, Madrazo, los Lucas, o Sittow, Benson, Isenbrandt, El Bosco, Cranach, Teniers, Cavallino, Constable, Reynolds y otros importantes autores de las principales escuelas europeas, sin olvidar el enigmático rostro de adolescente, conocido como El Salvador adolescente, en el que uno de los discípulos milaneses más próximos a Leonardo da Vinci tradujo en pintura un perdido diseño del maestro.

La muerte de dos de sus hijastros y la enfermedad y posterior muerte de su esposa en 1932 quebraron la felicidad de Lázaro Galdiano, quien se refugió en el coleccionismo. Durante la República se exilió a París y después a Nueva York. Allí formó dos nuevas colecciones que se trajo a España en 1945, finalizada la contienda mundial. Moriría en Madrid dos años después.

Colecciones paralelas en el tiempo

Financiero, editor, bibliófilo y, por encima de todo, entusiasta coleccionista. José Lázaro Galdiano aplicó su fortuna a adquirir obras de arte con un objetivo: recuperar el patrimonio español que había salido en épocas pasadas -era un enemigo declarado del expolio- y traer a nuestro país piezas que dieran a conocer las distintas manifestaciones del arte europeo.La colección Lázaro Galdiano se formó prácticamente a la vez que la de otro ilustre coleccionista, Archer M. Huntington (1870-1955), un apasionado hispanófilo y fundador de la Hispanic Society of America en 1904.Huntington, heredero de una de las fortunas más grandes de los EE UU, generada en los ferrocarriles y los astilleros, decidió viajar por España para estudiar su cultura y sus costumbres. Y adquirir las obras que se exponen actualmente en el museo que fundó en Nueva York.Cuadros de El Greco, Velázquez, Zurbarán, José Ribera, Alonso Cano, Murillo, Goya, de artistas del siglo XIX y XX, como Mariano Fortuny, Ramón Casas, Rusiñol, Isidro Nonell e Ignacio Zuloaga. Además, la Hispanic Society conserva una colección excepcional de las obras del artista español más célebre de principios del siglo XX, Joaquín Sorolla y Bastida, con el que Huntington llegó a mantener una relación de amistad.Coincidiendo con el centenario de su creación, la Hispanic Society presentaba el pasado martes un libro que recoge la obra más importante de Sorolla que se conserva en la institución. La edición reproduce 231 obras, entre óleos, gouaches, acuarelas y dibujos, incluidas las que hoy se consideran las pinturas más célebres del artista valenciano, como Después del baño, Playa de Valencia a la luz de la mañana y Sol de la tarde.

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