EDITORIAL

Bush pierde la batalla del acero

El presidente de EE UU, George Bush, comunicó ayer que ha decidido levantar las tarifas impuestas a las importaciones de acero 'porque ya han cumplido su función' y han dejado de ser necesarias. Bush olvidó mencionar que en su decisión también deben haber pesado elementos algo más convincentes, como el dictamen de la Organización Mundial del Comercio en contra de Washington, la amenaza de sanciones millonarias por parte de importantes socios comerciales (entre ellos Europa, Japón y Corea del Sur), el fuerte lobby de todo tipo de industrias que se sentían damnificadas por estas tarifas (desde los fabricantes de coches de Detroit hasta las constructoras, pasando por los fabricantes de bienes de equipo) y el apoyo del sindicato de trabajadores del acero al candidato demócrata para la presidencia Dick Gephart. De poco sirvieron, pues, los 850.000 dólares para la campaña de Bush recaudados el martes en una cena organizada en Pittsburg, la capital del acero, y que tuvo como anfitrión al presidente de la US Steel Corporation.

Aunque sería difícil precisar si finalmente pesaron más las presiones exteriores o las internas, lo cierto es que esta derrota en la batalla del acero pone en evidencia que el unilateralismo impuesto por la Administración Bush en toda su política exterior (sobre todo tras los atentados del 11-S) no es imbatible. Al menos, en lo que se refiere a la política comercial.

Pese a ello, no hay razones para lanzar las campanas al vuelo. La vocación proteccionista del Gobierno de Bush puede agravarse de cara a las presidenciales del año próximo y el reciente anuncio de restricciones a las importaciones de textil procedentes de China lanza una señal clara en este sentido.