Los peligros del déficit cero
Las virtudes del equilibrio presupuestario y, en particular del déficit cero, han sido ensalzadas repetidamente por las autoridades económicas. Sus benéficos efectos han coadyuvado, sin duda, al proceso de crecimiento de España en los últimos años, constituyendo un requisito indispensable para la buena marcha de la economía. La contracción del déficit, primero, y su reducción a cero más tarde redundaron en un abaratamiento de los costes financieros que ha favorecido el aumento de la inversión privada.
Por otra parte, la carga de la deuda pública se ha reducido por la caída de los tipos. Desde 1996, el Estado ha ahorrado 14.500 millones de euros por los menores gastos financieros, al tiempo que el equilibrio de las cuentas fiscales ha recortado la carga de la deuda sobre el PIB. Actualmente, esta ratio es del 43%, es decir, 15 puntos porcentuales menos que en 1996.
A la vista de estos resultados, el Gobierno puede afirmar que no sólo ha cumplido con éxito las condiciones impuestas por el Pacto de Estabilidad de la UE para ingresar a la UEM, sino que ha ido más allá al lograr el equilibrio técnico de las cuentas presupuestarias.
Sin embargo, hay tres aspectos, entre otros, que deben ser muy bien calibrados a la hora de la elaboración de la política fiscal española. En primer lugar, la coyuntura económica europea e internacional. La fase de desaceleración abierta en 2000 ha desatado fuertes debates sobre la intervención del Estado para reanimar la economía. En este momento, las presiones deflacionarias en Alemania se suman a la parálisis económica en Europa, desatando crecientes reclamaciones en favor de una revisión de las condiciones del Pacto de Estabilización. De aquí, lógicamente, surge la segunda cuestión. ¿Puede España, cuyas infraestructuras, gastos en I+D, ayudas sociales y Estado del bienestar, están muy por debajo de la media europea, mantener el déficit cero a rajatabla? ¿Hay razones económicas para insistir en una política fiscal que va en contra de la actual fase del ciclo?
Desde la oposición y también desde el sector privado han comenzado a alzarse voces favorables a una flexibilización del déficit cero. Y los hechos parecen darles la razón. La calidad del servicio sanitario está aún muy lejos de la media de la Unión Europea. Las vías y carreteras y su mantenimiento se resienten ya de la falta de inversiones adecuadas. La ciencia sufre el rigor presupuestario y el consenso entre las empresas de tecnologías de la información advierte que, sin intervención estatal, España tardará 12 años en alcanzar a Europa. De hecho, la formación bruta de capital del sector público ha caído del 4,1% del PIB entre 1986 y 1995 a un 3,3% entre 1996 y 2002.
El cambio negativo en la economía europea y mundial y la desaceleración en España sugieren la adopción de una política fiscal más flexible. Máxime si se tiene en cuenta que en 2007 finalizan las ayudas europeas y que habrá que aguzar el ingenio para afrontar su carencia.