COLUMNA

Las cinco plumas de Brown

Raimundo Ortega sostiene que el mismísimo John Maynard Keynes se hubiera carcajeado ante la seriedad con que el canciller británico, Gordon Brown, estableció los cinco criterios de convergencia del Reino Unido con la zona euro

El ministro de Hacienda británico anunció el lunes que la economía de su país sigue sin cumplir los cinco criterios de convergencia que permitirían la desaparición de la libra en favor del euro. Según el informe del señor Brown ante los Comunes, sólo se cumple una de esas condiciones: los beneficios que el euro reportaría al sector de servicios financieros -tan importante para la economía británica-.

A pesar de los progresos, no se han alcanzado las cuatro restantes: a saber, los beneficios para la inversión y el empleo, la sostenibilidad de la convergencia entre la economía de la zona euro y la británica y la suficiencia de la flexibilidad de ambas.

Por lo tanto, lo mejor es esperar y tomar las medidas para facilitar ese ingreso aun cuando no está muy claro si el posible referéndum podrá celebrarse antes de las próximas elecciones generales, previstas para el año 2005.

Los británicos siguen sin comprender que el verdadero problema no es si su economía se va a integrar en la zona euro, sino cuándo

Pues bien, este artículo sostiene que todas esas explicaciones económicas son una pura cortina de humo para disimular las auténticas razones, que son fundamentalmente políticas. Es sencillamente absurdo afirmar que el euro perjudicaría las exportaciones británicas, haría menos atractivo el país para las inversiones extranjeras o su sistema financiero, reduciendo su competitividad. Lo cierto es que el comercio exterior con la zona euro crece día a día -lo cual acrecienta las ventajas de tener una única moneda-, y en la medida en que los nexos comerciales con el continente aumentan también crece la correlación entre los ciclos económicos de la zona euro y Gran Bretaña, cargando de sentido la existencia de una única política monetaria.

Lord Keynes se hubiera carcajeado ante la seriedad con que el canciller Brown y su equipo establecieron, y presumiblemente han seguido periódicamente, los cinco criterios de convergencia, ya que el único sensato, y hasta cierto punto comprobable, era -y es- la evolución de la libra con relación al euro, y éste, precisamente, apunta a que el tipo de cambio de las últimas semanas permitía la incorporación de la economía británica en la zona euro sin merma apreciable de su competitividad.

¿Cuáles son, pues, las razones políticas? La primera y fundamental es que la opinión pública inglesa sigue siendo eminentemente insular, por calificar amablemente su actitud, en ese punto, y considera una tragedia histórica la desaparición de la libra, tragedia tanto más profunda por cuanto supondría que una buena parte de su soberanía e independencia política quedarían irremediablemente transferidas al centralismo de Bruselas -ha de reconocerse que la publicación del proyecto de Constitución europea elaborado por una Convención presidida por el egregio señor Giscard y que tiene más de 200 páginas no es el acicate más eficaz en una país que desde hace cientos de años funciona democráticamente sin necesidad de una constitución escrita-.

La segunda razón política es de índole personal y se refiere a la pugna entre el primer ministro, señor Blair, y su responsable económico, el señor Brown. El primero, europeísta convencido, se encuentra en estos momentos erosionado por su decidida intervención en el conflicto iraquí y acaso haya juzgado arriesgado forzar el reto, a la vez, de un canciller contrario a la entrada y de una opinión pública mayoritariamente escéptica respecto a las ventajas de tal decisión. Por el contrario, el señor Brown, que busca a toda costa ser el próximo inquilino del 10 de Downing Street, juega sus cartas calculando que lo que conviene a sus aspiraciones es esperar y contemplar cómo se desgasta su actual jefe político. La historia se repite y los británicos no aprenden las lecciones del pasado. Entraron mal y tarde en el Mercado Común -después llamado Comunidad Europea- y ahora están cometiendo el mismo error. Si quieren influir en los cambios que en la Unión Europea se avecinan, la de decir 'sí en principio, pero vamos a esperar' es una pésima estrategia que únicamente va a aislarles cada vez más.

Al final, esos cinco famosos criterios van a ser como aquellas plumas de la novela, que pasaron de ser acusaciones de supuesta cobardía a irrevocable muestra de altanera incompetencia. Y es que, cada vez más, a los países de la zona euro y a sus economías -por no mencionar sus opiniones públicas- les importa muy poco lo que digan los ridículos cinco criterios del canciller Brown.