TRIBUNA

Guerra, paz y nuevo orden

Antonio Garrigues Walker afirma que, si quiere ser un líder justo y eficaz, EE UU debe cambiar concepciones en cuanto a legitimidad y legalidad internacional y, en concreto, renunciar a la venganza directa y a la ley del más fuerte

La invasión de Irak -que pudo ser evitada- ha abierto muchas y peligrosas cajas de Pandora. Hay algunas muy claras y muy visibles: el liderazgo de EE UU; la credibilidad de las Naciones Unidas y en general de las instituciones multilaterales, el funcionamiento de la OTAN, la relación atlántica, la unidad europea, la crisis económica, la radicalización del conflicto del Oriente Próximo, el enfrentamiento con el mundo islámico y el incremento del terrorismo.

Otras cajas de Pandora no son tan evidentes, pero podemos dar por seguro que las habrá de todos los órdenes. Se va a producir -ya es el tiempo- una reestructuración a escala global de instituciones y también de sistemas de pensamiento y modelos culturales, políticos y económicos que permita ordenar y dirigir esta era de la globalización.

El papel de EE UU en esta nueva época es, sin duda, el tema más profundo, el más decisivo. Un país con fuertes tendencias al aislamiento y al unilateralismo ha decidido, por fin, redefinir su papel en el mundo. Esa decisión -si llega finalmente a consolidarse- es positiva en sí misma (porque hasta ahora se sentían líderes, pero no querían asumir el liderazgo), pero encierra también peligros serios.

Suele decirse de EE UU que llega a las soluciones correctas después de haber intentado antes todas las equivocadas. Hay algo de cierto en ello

Suele decirse de ese país que acaba llegando a encontrar las soluciones correctas después de haber intentado antes todas las equivocadas. Hay algo de cierto en ello. EE UU no tiene todavía la finura, la sofisticación y la experiencia diplomática de muchos países europeos, ni se han atrevido a definir una política exterior firme y coherente, entre otras razones porque nunca han puesto un énfasis excesivo en conocer a fondo al resto del mundo. Este ejercicio, era, para muchos líderes americanos, un ejercicio innecesario o estéril. A pesar de sus múltiples relaciones internacionales, vivían de sí mismos y para sí mismos, gozando de la eficacia de su sistema y de su superioridad absoluta, en casi todos los terrenos.

Dicho esto, hay que añadir que no se trata de una incompetencia permanente para la diplomacia o la política exterior y aún menos de una incapacidad básica en estos oficios. Lo que sucede, en términos simples, es que no se habían puesto a ello y lo que debe suceder -y está empezando a ocurrir- es que lo hagan pronto y bien.

Tienen gente e instituciones especialmente competentes y capaces para diseñar un plan de acción que pueda permitir al mundo conocer su voluntad y sus objetivos básicos, que no pueden ser otros que la defensa de la libertad política y económica y la lucha contra la desigualdad y la pobreza, pero que habrá que concretar en cuanto a medios y plazos y, sobre todo, en cuanto a las vías de acción adecuadas.

Ya no tienen otro remedio que dar la cara. El líder debe colocarse al frente de esta manifestación por un nuevo orden mundial y buscar con paciencia, con inteligencia y con astucia el máximo consenso posible. El mundo lo está reclamando a voz en grito.

En el ejercicio de ese liderazgo, EE UU tendrá que aclarar cuál será el papel de las organizaciones multilaterales existentes y cuál el de las nuevas que hayan de establecerse. Se acaba de presentar en España el buen libro de Joseph Nye, Paradojas del poder norteamericano, en el que este profesor de Harvard, que fue secretario adjunto de Defensa, explica los límites y peligros del unilateralismo y las ventajas de la colaboración internacional, y llega a la conclusión de que el poder militar y económico por sí solo no sirve y en ocasiones puede debilitar en vez de potenciar objetivos concretos.

Nye no está solo dentro de esta línea. Hay muchos americanos que ya están convencidos de la necesidad de actuar en el mundo con otra imagen, con otra forma, con otras maneras. Si quiere ser un líder justo y eficaz, América tendrá que cambiar muchas de sus concepciones en cuanto a legitimidad y legalidad internacional y en concreto tendrá que renunciar a la venganza directa y a la ley del más fuerte.

Una primera prueba de fuego la vamos a encontrar en el proceso de transición que se iniciará en Irak una vez concluida la guerra. La primera reacción americana ha sido la de reclamar plena autoridad y plenos poderes para conducir ese proceso, lo cual ya ha generado un rechazo frontal de la oposición iraquí y de la comunidad internacional. El problema está en que Kofi Annan, después de la experiencia sufrida, también tiene serias reservas en cuanto a una involucración plena de las Naciones Unidas.

Habrá que moderar ambas posiciones y en esa tarea España y Gran Bretaña tendrán que ejercer sus buenos oficios como árbitros o intermediadores. El International Crisis Group (ICG), una organización en la que todavía no figura un miembro español, acaba de emitir un informe en el que propone que 'tan pronto como hayan cesado las hostilidades deberá establecerse una autoridad civil transitoria, apoyada por las Naciones Unidas, a la que el Consejo de Seguridad concederá plenos poderes legislativos y ejecutivos, cuyo objetivo esencial será la creación de condiciones favorables para el establecimiento de un Gobierno representativo elegido democráticamente'.

Para afrontar los temas de seguridad, el informe propone la creación de 'una fuerza multinacional, dirigida por EE UU y, si es posible, apoyada por el Consejo de Seguridad'. Ambas propuestas merecen atención y estudio. Abramos desde ahora el debate sobre las mismas. La posguerra en Irak es una ocasión histórica para intentar reducir los efectos perversos de la guerra y, asimismo, para reafirmar los principios básicos de una convivencia internacional civilizada, que hoy por hoy está en grave peligro.