Tribuna

Los países árabes y la larga sombra de la 'sharia'

El informe sobre competitividad en el mundo árabe que el World Economic Forum (WEF) presentó recientemente en Ginebra ponía de manifiesto el estancamiento económico -o, en buena parte de ellos, la marcada recesión- que caracteriza al conjunto de los países árabes en las últimas dos décadas. Esta recesión económica se ha visto acelerada a raíz del 11-S y corre el peligro de agravarse a corto plazo.

En el presente artículo pretendemos ofrecer un análisis demográfico de síntesis de esta área del mundo, justificado por dos razones: la primera porque conforma en la actualidad una de las zonas de mayor crecimiento poblacional y, por ende, de más creciente peso demográfico, tanto absoluto como relativo del mundo. La segunda razón está ligada al gran interés mediático que esta área sigue ofreciendo y ofrecerá en el futuro.

Los países árabes conforman un vasto territorio que se extiende desde las costas atlánticas africanas hasta el Asia Central. Suman 322 millones de habitantes, considerando los 154 millones de África del Norte y los 168 millones de Oriente Próximo y Lejano Oriente.

El desajuste entre una economía en estancamiento y un crecimiento demográfico de los más altos del planeta es un reto al que se enfrentan los países árabes

Este amplio espacio geopolítico se presenta muy heterogéneo, tanto desde el punto de vista demográfico como económico y social. En él quedan integrados países que se cuentan entre los más pobres del planeta (Yemen, Mauritania...) y otros que están entre los más ricos, si la riqueza se mide por renta per cápita (Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí...). Países que presentan un marcado perfil emigratorio (Jordania, Egipto, Marruecos…), junto a los que configuran los mayores focos de inmigración del mundo (Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Omán...).

Algunos de ellos presentan niveles de modernización demográfica relativamente altos (Líbano, Túnez…), otros (de nuevo Yemen, Mauritania…) aún se hallan saliendo de la primera fase de la transición demográfica. Mientras unos muestran las tasas de mortalidad infantil más altas y la esperanza de vida más baja del mundo, otros, por el contrario, exhiben, en relación a estos dos indicadores, niveles equiparables a los de los países desarrollados, cual es el caso de los países de la península Arábiga.

Pues bien, este contrastado conjunto de países aparece, sin embargo, uniformizado bajo el manto cultural de la lengua árabe y sociopolítico y religioso del islam. El espíritu de la sharia hace que sociedad y religión, vida civil y vida religiosa, se confundan y entremezclen, en un sistema social patriarcal que perdura secularmente y que les dota de una, al menos aparente, estabilidad política y social.

El primer rasgo demográfico que comparten es la marcada inferioridad y la relegación de la mujer y los corolarios sociodemográficos que de esta situación de subordinación se derivan: altas tasas de analfabetismo femenino, altos índices de mortalidad materno-infantil, supeditación de la mujer al hombre, todo lo cual hace que las políticas demográficas tengan escasa o nula incidencia y que, por tanto, las tasas de fecundidad se encuentren entre las más altas del mundo.

El segundo rasgo común hace referencia al fuerte crecimiento vegetativo (3% versus -0,1 % en Europa), como consecuencia de unas tasas brutas de mortalidad que han descendido hasta umbrales inferiores a los de los países desarrollados, debido a la extraordinaria juventud de su población.

La tercera característica, derivada de los anteriores, es una estructura demográfica muy rejuvenecida (casi el 50% de su población tiene menos de 15 años, el 18% en Europa), que sólo en la última década parece mostrar signos de cambio, al reflejar en sus bases la reciente caída de la fecundidad -moderada aún- en la mayor parte de estos Estados.

La causa de que en el mundo árabe el crecimiento demográfico y la fecundidad se resistan al incipiente desarrollo económico y social tiene, sin duda, un componente cultural: el peso del islam, de la sharia o ley islámica, que explica la escasa secularización de la población. Tradiciones como la dote, la endogamia del patrilinaje, la condena del celibato (tanto masculino como femenino), el matrimonio precoz, el reforzamiento del papel de la familia sobre el individuo, la importancia que se le da a la familia numerosa, fuente de todo poder económico y social, propician y favorecen la fecundidad y explican las altas tasas de rejuvenecimiento y crecimiento de la población.

¿Cuáles son los retos futuros a los que los países islámicos se enfrentan en las próximas décadas? Entre los más importantes podemos citar:

El desajuste progresivo entre una economía en estancamiento -cuando no en marcada regresión- y un crecimiento demográfico que es de los más altos del planeta, así como las consecuencias que sobre la educación, la sanidad y el mercado laboral arrastra esta contradicción.

La lucha o, al menos, la abierta competencia por el agua, un bien tan preciado para su propia existencia como los hidrocarburos, y las tensiones políticas internas que de la misma se puedan derivar en el futuro. El mejor ejemplo es el de Turquía versus Siria e Irak.

La urbanización galopante. En los países islámicos se está produciendo un proceso de crecimiento urbano que no va acompañado de cambio económico ni social que lo justifique: los efectos push de huida del mundo rural explican más que los efectos pull de atracción de las ciudades.

Las fuertes tensiones sociales, políticas y migratorias derivadas de sus marcadas desigualdades internas, que podrían alimentar -ya lo están haciendo- extremismos religiosos que se canalizan hacia dentro de estos países (sus propios regímenes) y hacia afuera (Occidente).

La escasa educación formal de su población y las altas tasas de analfabetismo femenino, tan ligadas a las, también, altas tasas de fecundidad.

Las desiguales posibilidades que unos y otros países presentan, en función de su desigual desarrollo cultural -en general, muy bajo- y económico, frente a los retos de una globalización, identificada en muchos sectores con occidentalización y dependencia.

En suma, la componente poblacional jugará un papel estratégico cada vez más determinante. Europa ha de seguir, pues, muy de cerca los cambios poblacionales que en los países islámicos se vayan produciendo.

Este conjunto de países está llamado a representar -a corto y medio plazo- uno de los papeles más decisivos y determinantes en el tablero geoestratégico del mundo; un mundo en el que el Mediterráneo, más que de puente cultural y espacio de relación y de intercambio económico, que es el que históricamente ha jugado, constituye un foso demográfico y de bienestar social y corre el peligro de convertirse en un abismo político.