TRIBUNA

Elecciones en el Reino Unido

José Borrell Fontelles analiza la evolución económica del Reino Unido, y considera que la probable victoria de Tony Blair se deberá en parte a su intento de recuperar elementos de cohesión social destruidos por anteriores Gobiernos.

Cuando estas líneas se publiquen en Cinco Días, los británicos estarán votando. Y todo parece indicar que Blair obtendrá una clara victoria apoyado por propios y extraños. Hasta The Economist ha tomado partido por él, calificándole como el "mejor candidato conservador" posible.

La previsible victoria de Blair se deberá en parte a los buenos resultados económicos del Reino Unido, que fue el año pasado el segundo país del mundo receptor de inversiones directas extranjeras.

En efecto, contra todo pronóstico, los ocho años transcurridos desde la debacle monetaria de septiembre de 1992, cuando la libra esterlina salió del sistema monetario europeo (SME), han sido los más prósperos de la economía británica desde el final de la guerra mundial. No todo el mérito es de Blair, puesto que no ha gobernado durante todo ese periodo, pero es él quien recogerá los frutos.

Recuerdo cómo los expertos y responsables de la política económica en Europa, y muy en particular en España, acogieron con escepticismo la decisión de Major de que la libra, que había perdido en pocos días el 20% de su valor, saliera del SME el miércoles negro del 12 de septiembre de 1992. Los defensores de la ortodoxia monetaria auguraban que fuera del anclaje del SME, a los ingleses les comerían los déficit y la inflación. Probablemente Major no tenía otra solución, pero, en todo caso, esas agoreras predicciones han quedado totalmente desmentidas por los hechos.

En el plano monetario, la libra había recuperado todo lo perdido antes de la primera victoria de Blair. Seguía al dólar en su carrera alcista y alcanzaba a finales del año 2000 un tipo de cambio con el marco (3,3 M/L) superior al que había entrado 10 años antes en el SME (2,95 M/L).

La economía real entró desde principios de 1993 en una fase de expansión ininterrumpida hasta la fecha a un ritmo medio cercano al 3% anual. Los países de la zona euro solamente alcanzaron esos ritmos de crecimiento después de 1997.

Gracias a ese crecimiento sostenido y prolongado, la tasa de paro se sitúa hoy en el entorno del 5%, el nivel más bajo desde 1975. Aunque habría mucho que hablar, a efectos de comparaciones internacionales, sobre las esta-dísticas laborales británicas, lo cierto es que cuando la libra salió del SME, el Reino Unido contaba con tres millones de parados y ahora tiene un millón.

Como suele ocurrir, el crecimiento económico propició un profundo saneamiento de las cuentas públicas. El déficit público, que había alcanzado el 8% en 1993 como consecuencia de la recesión del bienio 1991-92, se había transformado en un superávit del 3,6% del PIB en el año 2000. Recorrer en siete años casi 12 puntos del PIB, del déficit al superávit, en el balance presupuestario es todo un récord, muy por encima de lo conseguido por los países del euro, que sólo alcanzaron el equilibrio presupuestario el año 2000, a pesar (¿o como consecuencia?) de todas las restricciones impuestas por la convergencia de Maastricht. Por si fuera poco, la deuda pública británica es hoy de sólo el 35% del PIB, mientras que en la virtuosa zona euro sigue estando por encima del 50%.

Cierto es que las cuentas públicas del Reino Unido se han beneficiado, antes que otros países europeos, de la venta de licencias para la tercera generación de teléfonos móviles, ese milagroso e inesperado maná que en forma de activos virtuales ha permitido financiar rebajas fiscales... y hecho explotar la burbuja especulativa de las telecos.

La inflación también ha permanecido controlada, ligeramente inferior a la de la zona euro. Y, a pesar de la sobreevaluación de la libra, el déficit de la balanza comercial se ha mantenido en un razonable 1,5%, bien lejos aún de los excesos del amigo americano y del abismo del 4,5% con el que la libra ingresó en el euro.

De manera que ni el déficit ni la inflación han devorado a los ingleses. Más bien, liberados del corsé monetario en el que el orgullo nacional mal entendido había convertido al SME, han obtenido resultados económicos superiores en casi todo a los de la zona euro.

Pero, aunque haya reencontrado el camino del crecimiento antes que los demás países europeos, el Reino Unido no ha recuperado su retraso en términos de productividad, que compensa incorporando mayores cantidades de trabajo al sistema productivo. Ello es consecuencia de un mercado de trabajo desregulado, de un muy bajo nivel de inversión, sobre todo pública, y de las deficiencias del sistema educativo, excelente en la preparación de sus elites, pero peor que el francés o el alemán en los niveles intermedios de formación.

Desde esta perspectiva, el Reino Unido de Blair paga todavía los platos rotos de la baja inversión pública de las décadas precedentes. Desde el 5% del PIB a principios de los setenta cayó al 2% en los ochenta y era inferior al 1% en 1995. Por ello el relanzamiento de la inversión pública ha sido, junto con el euro, uno de los campos de batalla del debate electoral.

Blair puede permitirse, desde su buena situación macroeconómica y sus superávit presupuestario, combinar rebajas fiscales con un incremento de la inversión pública que permita absorber las debilidades estructurales de la economía británica. Curiosamente, o quizá no tan sorprendentemente dada la orientación ideológica de los medios y los creadores de opinión en España, la imagen y la política de Blair se asocian con las rebajas impositivas. Pero poco o nada se dice del aumento de las pensiones ni de las grandes inversiones programadas en infraestructuras, educación y salud pública, heredadas en estado agonizante del thatcherismo, o del incremento del salario mínimo en un 10% este año y el próximo.

Ese esfuerzo inversor aumentará el gasto público y reducirá el superávit pre-supuestario en un punto del PIB este año y producirá un déficit del 1% en 2004. Los conservadores denuncian el carácter electoral de esta política, pero esa circunstancia apenas trasciende fuera del Reino Unido, y mucho menos en España. Interesa más presentar a Blair como alguien que debe su victoria a la bajada de impuestos y a la continuidad de la política de liberalización y desregulación de los conservadores. Pero sobre el Blair del salario mínimo y del aumento del gasto público se corre un tupido velo.

Y, sin embargo, la victoria que presumiblemente obtendrá hoy Blair tiene mucho que ver con ese intento de recuperar elementos de cohesión social destruidos por anteriores Gobiernos. La izquierda, que se parece cada vez más a la derecha en su búsqueda de nuevos paradigmas, no debería desconocerlo ni olvidarlo.