Por qué Europa podría ser la verdadera ganadora del auge de la IA
Está menos expuesta a la burbuja, y los modelos baratos podrían desplazar el valor hacia las aplicaciones

“Estados Unidos innova, China replica y Europa regula”. Así reza la conocida crítica que se burla de la incapacidad del continente para levantar un sector tecnológico competitivo. El resultado es una divergencia del crecimiento que hizo que el producto interior bruto de la zona euro fuese el año pasado inferior al 60% del de EE UU, frente a unos niveles casi iguales en 2008. Ahora, el dominio estadounidense de la revolución de la inteligencia artificial está llevando el euroescepticismo económico a nuevas cotas. Sin embargo, un examen más detenido de la incipiente economía de la IA dibuja un panorama distinto, en el que Europa está bien situada, tanto si el auge actual es sostenible como si no.
Empecemos por el escenario de una burbuja. Las gigantescas inversiones en infraestructuras de IA han absorbido el free cash flow de gigantes como Meta y Alphabet. El gasto de estos hiperescaladores se financia cada vez más mediante una proliferación de instrumentos de deuda aportados por inversores institucionales. Un frenesí de financiación circular entre fabricantes de chips, proveedores de computación en la nube y laboratorios de IA de frontera ha añadido otros 3,6 billones de dólares brutos en créditos comerciales, según una estimación. Más recientemente, los bancos de inversión han entrado en escena promoviendo nuevos instrumentos derivados para financiarizar aún más las inversiones subyacentes y redistribuir los riesgos asociados.
Es difícil no ver paralelismos con la última gran burbuja especulativa, la del mercado inmobiliario de EE UU pre-2008. Los inversores recuerdan cómo su estallido no solo dejó maltrechos a los bancos europeos, sino que contribuyó a la crisis de deuda soberana del continente. Los gestores de fondos temen que Europa vuelva a pagar los platos rotos por los excesos estadounidenses.
Pero hay una diferencia fundamental entre los auges inmobiliario y de la IA. En 2007 las entidades europeas estaban íntimamente involucradas en los activos que se encontraban en el centro del frenesí de EE UU. Un análisis retrospectivo de 2018 del Banco de Pagos Internacionales concluyó que seis bancos europeos tenían una cuota de mercado de entre el 35% y el 40% en la colocación de títulos respaldados por hipotecas vinculadas a préstamos subprime de EE UU. Royal Bank of Scotland era el mayor colocador de todos. Mientras, los bancos públicos regionales alemanes tenían fama de ser los incautos que acabaron quedándose con buena parte de los papeles sin valor procedentes del otro lado del Atlántico.
En cambio, el motor financiero que impulsa el auge de las infraestructuras de IA es hasta ahora un asunto abrumadoramente estadounidense. La deuda emitida por los hiperescaladores se ha concentrado casi exclusivamente en el mercado de aquel país. La exposición europea es insignificante. La colocación por SoftBank la semana pasada de la mayor emisión de bonos corporativos de alto rendimiento jamás registrada para financiar su inversión en OpenAI es un buen ejemplo. Apenas una décima parte de los 11.100 millones captados por el inversor tecnológico japonés estaba denominada en euros. Mientras, la compleja superestructura de financiación de proveedores que sustenta gran parte de la actividad de IA consiste casi por completo en contratos entre empresas de EE UU.
Por supuesto, la magnitud del frenesí de la IA implica que el impacto económico de un posible desplome se sentiría en todo el mundo. Pero es casi seguro que Europa sufriría menos, justo porque ha estado en gran medida ausente tanto del desarrollo como de la financiación de la IA. Los inversores que busquen protegerse de las consecuencias deberían actualizar su lema. Quizá sea más apropiado: “EE UU innova, China replica y Europa se aísla”.
Si el auge continúa
¿Y si los agoreros se equivocan y el auge de la IA continúa? El consenso en ese caso sostiene que el dominio de EE UU de los modelos de frontera y de la construcción de centros de datos condena a Europa al vasallaje económico. Pero hay razones para pensar que el continente también podría salir mejor parado en ese escenario.
Para empezar, aún dista mucho de estar claro dónde se concentrará el verdadero valor de la cadena tecnológica de la IA. Las espectaculares valoraciones de laboratorios de EE UU de frontera como OpenAI y Anthropic presuponen que la ventaja financiera estará en vender acceso de pago por uso y a precios altos a modelos de IA propietarios de última generación. Pero competidores de código abierto más baratos plantean cada vez más un desafío existencial a esa idea. AT&T ya ha trasladado el 40% de su uso de IA a modelos de código abierto, alegando un ahorro de costes del 80%, según The New York Times. Ocho de los diez modelos de IA más usados en septiembre eran de código abierto, según OpenRouter.
Esto apunta a un futuro alternativo en el que las empresas que ofrezcan servicios específicos basados en modelos baratos y convertidos en productos indiferenciados se queden con la mayor parte de los beneficios de la IA. Como esta “capa de aplicaciones” aún no existe en muchas industrias, Europa no va en realidad rezagada.
De hecho, el dominio de los gigantes de EE UU sobre la actual economía digital puede acabar siendo una desventaja. Como sostiene Thomas Reiner, de Altimeter Capital, en un artículo reciente, las fuertes caídas de las acciones de agencias de viajes online, como Booking, Expedia y Airbnb tras el reciente lanzamiento del agente de IA Muse, de Meta, pueden anticipar una tendencia más amplia. La IA agéntica trastocará el negocio de los agregadores digitales en todos los ámbitos, permitiendo que sus sufridos clientes empresariales retengan una parte mayor del valor no solo de los vuelos, las reservas de hoteles y los alquileres de coches, sino potencialmente de todos los demás bienes y servicios que se venden en los mercados digitales. En este escenario, el fracaso de Europa a la hora de crear los gigantes tecnológicos de la anterior generación puede darle ventaja en la siguiente.
La última razón para apostar por Europa es la más sencilla, pero también la más importante. Si hay una lección de la historia económica en la que los académicos coinciden de forma universal es que el verdadero valor de las revoluciones tecnológicas no se lo queda la empresa o el país que innova. Por el contrario, son los usuarios de las nuevas tecnologías, estén donde estén, quienes cosechan la inmensa mayoría de los beneficios económicos. El estudio de referencia del economista William Nordhaus cifró esa proporción en cerca del 98%. Lo que impulsará la prosperidad y el crecimiento será la adopción de la IA, más que su innovación.
Es fácil dar por hecho que, como la industria de la IA está dominada por empresas de EE UU, es el país que lidera su uso. Pero el informe Global AI Diffusion, publicado por Microsoft en junio, lo situó solo en el puesto 21 del mundo. Los países europeos, entretanto, ocupaban seis de las diez primeras posiciones. Europa se ha quedado ciertamente rezagada en la invención de la IA. Pero ahora lleva ventaja a la hora de absorberla y desplegarla. Dicho de otro modo: “EE UU innova, China replica y Europa integra”.
Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías.