Las guerras de Trump provocan un panorama sombrío
Se repite el escenario tras la invasión de Ucrania: petróleo caro, inflación y tipos de interés al alza, más la inquietud por la IA

El 24 de febrero de 2022 Vladímir Putin ordenó la invasión de Ucrania, que, lejos de rendirse, plantó cara a Rusia con el apoyo de Europa Occidental y Estados Unidos. Aquel conflicto, que sigue abierto, provocó el descontrol de los precios energéticos, lo que arrastró al resto de los productos y llevó la inflación de la zona euro a subir hasta el 10,5% en octubre de aquel año. Lo siguiente fue que el Banco Central Europeo subiera la tasa de depósito del -0,5% al comienzo de la guerra al 4%, en septiembre de 2023. En 14 meses, el precio oficial del dinero se disparó cuatro puntos y medio, y provocó un alza similar en los tipos de mercado, complicando la vida a particulares con el pago de las hipotecas y a las empresas.
¿Estamos reeditando la misma situación? Los primeros pasos apuntan precisamente en la mala dirección. El 28 de febrero de este año, cuatro años después del ataque de Rusia a Ucrania, Donald Trump decidió bombardear varias ciudades iraníes, incluida la capital, Teherán, donde asesinó al líder supremo, Alí Jamenei, y varios miembros de su equipo. Tras cuatro meses de confrontación, a mediados de junio ambos países firmaron un acuerdo que permitiría reabrir el estrecho de Ormuz, punto clave para el suministro mundial de petróleo, y pondría fin a la guerra.
La realidad es que el pacto no se respeta y ahora están cerrados los estrechos de Ormuz y de Bab el Mandeb, que rodean a la península Arábiga. El primero está en el golfo Pérsico y por ahí sale el petróleo y sus derivados de Irán y otros países de la zona, como Arabia Saudí, Kuwait, Qatar, Baréin o Emiratos Árabes Unidos. El segundo, Bab el Mandeb, es la entrada al mar Rojo, el paso al canal de Suez. Para colmo, Arabia Saudí ha decidido cerrar el oleoducto Este-Oeste, que atraviesa la península y comunica el golfo Pérsico con el mar Rojo.
Parar estas rutas implica dejar fuera del mercado buena parte del petróleo y el gas procedentes de esa zona, algo que ha provocado una escalada inmediata de los precios de las materias primas necesarias para la producción de energía. El barril de crudo brent lleva por encima de los 100 dólares más de una semana y acumula una subida de alrededor del 50% desde los primeros bombardeos de Irán.
El desmadre del precio del petróleo se ha ido trasladando al resto de los precios, por el lógico y temido impacto que la energía tiene en los costes logísticos y de producción del resto de los productos. En España, el índice de precios al consumo se situó en agosto en el 4,3%, como consecuencia de que los precios de los productos energéticos se dispararon un 16,9%.
En el conjunto de la eurozona, la inflación se colocó en el 3,2%, con los precios de la energía escalando un 14,3%. Estos datos son los que llevaron a que el BCE subiera la semana pasada los tipos de interés un cuarto de punto, lo mismo que ya había hecho en junio.
La Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) ha seguido el mismo e inevitable camino, haciendo caso omiso a la demanda de Donald Trump de que baje los tipos de interés, y el miércoles subió un cuarto de punto, hasta el 4%, el precio oficial del dinero en dólares. Kevin Warsh, que asumió a finales de mayo la presidencia de la Fed, ha hecho lo que manda la ortodoxia económica. Habrá asumido que va a ser un nuevo objetivo para Trump, que verá en él otro enemigo.
Pero, pese a las similitudes entre la situación actual y la creada en 2022 por Putin, hay dos grandes diferencias, una que juega a favor y otra en contra. La primera es que Trump tiene en su mano parar la guerra (la otra depende de Rusia), especialmente una vez que hayan pasado las elecciones de medio mandato, que son el 3 de noviembre. La otra diferencia es que ahora hay un elemento nuevo en la ecuación, la manida inteligencia artificial, que todo lo contamina, y que tiene capacidad para hundir los mercados por sí sola.
Una nueva amenaza
ChatGPT se lanzó el 30 de noviembre del año de la invasión de Putin. Desde entonces, el crecimiento de la IA ha sido exponencial, hasta el punto de dominar, además de la conversación global, los mercados de capitales. Su capacidad de atraer dinero es espectacular. SpaceX, donde está empotrada la IA de Elon Musk, salió a Bolsa en junio para captar fondos y ya vale más de dos billones de dólares. Y Nvidia, el fabricante de los chips más avanzados, que nutren a las plataformas de IA, es la empresa con mayor valor bursátil en el mundo, con 5,1 billones de dólares.
Pero a la vez que se produce la fiebre de la IA, se multiplican los expertos que vaticinan que el pinchazo de este sector va a provocar un seísmo que alcanzará a amplios sectores y puede provocar un larguísimo invierno a la economía global. Las compañías de este sector están enganchadas a los mercados de capitales. Lo que les suceda sacudirá a buena parte de las empresas de tecnología, a constructoras y eléctricas por las expectativas de los centros de datos. En definitiva, desinflamar la IA producirá un efecto dominó en la economía mundial.
Ahora resulta que los jerarcas tecnológicos estadounidenses, capaces de crear algoritmos que destruyen la vida de millones de adolescentes y aborregan a medio mundo, alarman a la humanidad del peligro de que su juguete nos extermine a todos, ellos incluidos, en una década. Nos amenazan con que su propia creación levante una pira con sus billones de dólares y la quemen con ellos encima. Más valdría que dejaran de financiar a Donald Trump, el mandatario que complica la vida a todos y que mantiene sospechosas relaciones con Vladímir Putin. Sus guerras son nuestros desastres.