El bum de la IA se lleva mano de obra de la construcción de vivienda
El despliegue de centros de datos también podría impulsar proyectos inmobiliarios más ambiciosos

Es un conflicto de planificación: justo cuando las autoridades de Occidente se dieron cuenta de que necesitaban más casas, Silicon Valley empezó a acaparar a los empleados de la construcción. El bum de la IA ha convertido los centros de datos en otro aspirante a quedarse con los pocos electricistas o ingenieros. A corto plazo, es un problema. Pero movilizar a trabajadores del sector a gran escala también ofrece la opción de revertir una escasez enquistada desde la crisis de 2008.
Los hiperescaladores de la IA están impulsando uno de los mayores auges de la construcción del siglo. Según la consultora Aegir, EE UU y Europa proyectan unos 158 y 66 gigavatios de capacidad, respectivamente. En EE UU, el gasto de estas empresas llegará a cerca del 3% del PIB anual en 2027-29, estima Torsten Slok, de Apollo, frente a apenas el 0,6% de tres años antes. Esta expansión avanza más deprisa que la burbuja inmobiliaria de los 2000 y está tensionando desde el hormigón hasta la mano de obra cualificada.
Pero la fuerza laboral disponible es menor que antes. En 15 países de la OCDE, el empleo en la construcción era en 2025 inferior en 2 millones de trabajadores al de 2008, pese a que el empleo total había crecido en 53 millones de personas. En muchos países europeos, el peso de la construcción en el empleo aún no se ha recuperado. Se debe a que el empleo en este sector es especialmente propenso a sufrir cicatrices duraderas. La actividad es muy cíclica, pero carece de grandes bolsas de trabajadores en sectores próximos a las que recurrir durante las fases de auge, sobre todo después de décadas de caída de los salarios ajustados por la inflación. La escasez de mano de obra genera entonces una persistente falta de recursos —sugieren diversos estudios— que el bum de la IA y el endurecimiento de los controles migratorios amenazan con agravar.
Francia es un buen ejemplo. El país atrajo 69.000 millones de dólares (unos 60.000 millones de euros) de inversión extranjera en centros de datos en los nueve primeros meses de 2025, con firmas como SoftBank y Data4, respaldada por Brookfield, anunciando grandes proyectos. Emmanuel Macron está aprovechando la barata energía nuclear del país, pero su Gobierno también intenta elevar la construcción anual de vivienda de 300.000 a 400.000 unidades. Las presiones se acumulan. Si se añaden el proyecto de transporte público Grand Paris Express y los esfuerzos de política industrial de Macron en ámbitos como las baterías para coches eléctricos, la caída del número de trabajadores de la construcción, cuyo peso en la fuerza laboral total ha bajado del 7,4% al 6,6% desde 2008, se convierte en una seria limitación.
Los centros de datos necesitan, desde luego, menos trabajadores de la construcción que bloques de pisos comparables. Pero la magnitud de estos proyectos sigue creando cuellos de botella locales. En EE UU, la patronal Associated Builders and Contractors calculó que al sector le faltaban unos 439.000 trabajadores, sobre todo especialistas como electricistas y jefes de proyecto. Quienes se pasan a proyectos de centros de datos reciben alza salariales del 25% al 30%, informó hace poco The Wall Street Journal, lo que resta trabajadores a la construcción de casas, ya rezagada por los altos tipos de interés.
En Reino Unido, la producción de vivienda privada está un 25% por debajo de su máximo de 2022 y los alquileres privados suben a un ritmo anual del 3,6%, frente a una media prepandemia del 2,1%. En los países de la OCDE, la demanda de casas ha aumentado en general más deprisa que la oferta. Hasta ahora, los temores se han centrado en la presión que los centros ejercen sobre los costes locales de la energía. En agosto, el gobernador de Pensilvania, Josh Shapiro, impuso duras exigencias a los promotores, y muchos municipios de EE UU han paralizado nuevos proyectos. En Países Bajos, la suspensión en 2022 de un campus de Meta en Zeewolde marcó un punto de inflexión.
Impacto
No es solo ludismo populista. Una investigación de Ryan Wang, de Yale College, calcula que añadir 100 megavatios de capacidad operativa de centros de datos en un condado de EE UU eleva un 0,7% los cargos fijos de la luz residencial en los mercados regulados. Aunque el PIB local aumenta un 0,78%, el crecimiento procede casi por completo de los propios centros, y buena parte de esa mejora corresponde al impulso puntual de su construcción. Mientras, el paro sube un 0,7% y los sueldos de la industria manufacturera caen un 0,5%, probablemente porque las empresas intentan compensar la merma de beneficios provocada por unas facturas eléctricas más altas. Si se traslada esto a megaproyectos como el despliegue de Stargate, de 4,1 gigavatios, en los condados texanos de Taylor y Shackelford, el modelo de Wang arroja una devastadora caída del 8,3% de los sueldos locales ajustados por la inflación.
Aun así, la pregunta más pertinente es si, una vez superados los cuellos de botella, los centros crean al fin empleos permanentes y bien remunerados en tecnología y telecos. Un análisis de Brookings concluyó que las instalaciones hechas por dueños especializados como Equinix no lo hacen, porque suelen atender a usuarios remotos, pero los campus levantados por hiperescaladores sí. Tanto el norte de Virginia como Dublín han utilizado los centros de datos como trampolín para convertirse en importantes polos tecnológicos, gracias a que las autoridades siguieron una estrategia económica coherente e invirtieron en energía, infraestructuras y la ampliación de los programas universitarios.
Como dice Jane Flegal, del Searchlight Institute, la fiebre de la IA podría crear así la oportunidad política para financiar mejoras de la red de transporte de electricidad aplazadas mucho tiempo y flexibilizar las normas de planificación. El acuerdo de 2025 de EE UU con los propietarios de Westinghouse, Brookfield y Cameco, para construir nuevos reactores nucleares por al menos 80.000 millones de dólares, es un ejemplo.
La pieza que falta es incorporar la escasez de vivienda a la ecuación. Irlanda ofrece una advertencia: atraer inversión tecnológica resultó más fácil que alojar a los trabajadores. A corto plazo, centros de datos, infraestructuras y vivienda compiten por los mismos empleados. A la larga, sin embargo, los gobiernos podrían aprovechar la inversión de los hiperescaladores para respaldar objetivos de vivienda más ambiciosos. En Reino Unido, por ejemplo, el nuevo Gobierno prometió hace poco construir 70.000 viviendas sociales en una década, una cifra bastante poco ambiciosa. Si las autoridades vincularan grandes desarrollos de centros de datos a planes más amplios de construcción residencial y formación, quizá esas ambiciones podrían elevarse sustancialmente.
Para encontrar precedentes, basta mirar a la gran reconstrucción europea de la posguerra bajo el Plan Marshall, que reconstruyó a la vez casas, fábricas y redes de transporte. Incluso en EE UU, el alza de la construcción residencial de los 50 coincidió con proyectos gigantescos como el Sistema Interestatal de Autopistas. Fue posible porque una larga cartera de proyectos mantuvo de forma sostenida el empleo en la construcción en torno al 5,5% o más de la fuerza laboral no agrícola total, incluso durante las recesiones. Desde la década de 1980, la media ha sido del 4,8%.
Las autoridades están atrapadas entre dos extremos: bloquear los centros de datos por reflejo o recibirlos con los brazos abiertos sin prestar mucha atención a la presión que ejercen sobre los recursos. Los ganadores serán quienes no caigan en ninguno de los dos.
Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías