El club de Washington del FMI es poco común... y útil
El apoyo de EE UU a cualquier componente de la arquitectura global es hoy día extremadamente inusual

El Fondo Monetario Internacional (FMI) llegó esta semana con paso vacilante a la 78ª edición de sus reuniones de primavera, acosado por acusaciones de estar desfasado, excesivamente politizado o, sencillamente, ser irrelevante. Aun así, el discurso inaugural de su directora gerente, Kristalina Georgieva, fue notablemente optimista. Los cínicos detectarán una conexión entre ese optimismo y las previsiones de crecimiento mundial fuertemente revisadas a la baja que presentó, a raíz de lo que la Agencia Internacional de la Energía ha calificado como la peor crisis energética jamás registrada. Para una institución dedicada a apagar incendios financieros globales, un aumento del riesgo implica un aumento de la relevancia. Pero Georgieva tiene una razón más directa para mostrarse positiva: confía en que el Congreso de Estados Unidos autorice pronto el largamente retrasado aumento del 50% de las cuotas de los países miembros aprobado por la Junta de Gobernadores del FMI en diciembre de 2023.
De materializarse, sería un golpe de efecto considerable. El apoyo de EE UU a cualquier componente de la arquitectura global surgida tras la Segunda Guerra Mundial es hoy en día extraordinariamente raro. Donald Trump ignoró a la Organización Mundial del Comercio al declarar su guerra arancelaria, pasó por alto al Consejo de Seguridad de la ONU al lanzar sus aventuras militares en Venezuela e Irán, e incluso ha amenazado con abandonar la OTAN.
La corroboración del respaldo estadounidense al FMI llegó de la mano del secretario del Tesoro, Scott Bessent. En una intervención el martes en una cumbre convocada por el Instituto de Finanzas Internacionales, el principal emisario financiero de Trump reiteró las exigencias que ya había formulado el año pasado para que el FMI renunciara a sus coqueteos con cuestiones medioambientales y de género. También lanzó una pulla a algunos de los privilegios más anacrónicos de la institución, al bromear con que el fondo debería “deshacerse de su club de golf en Maryland”, en referencia al Bretton Woods Country Club, cuyas pistas de petanca, piscinas y campo de minigolf llevan años irritando a la Casa Blanca de Trump. Pero Bessent también elogió la asistencia del FMI a Argentina y Venezuela, celebró su renovada determinación de criticar a los países acreedores en un emblemático informe sobre los desequilibrios mundiales publicado este mes, y confirmó el fundamental apoyo de la Administración a una institución reorientada hacia la supervisión del sistema financiero internacional y la estabilización de países en crisis.
Giro brusco
Se trata de un giro brusco respecto a los primeros compases del segundo mandato de Trump, cuando las autoridades temían que EE UU pudiera retirarse de la institución. Pero, pese a la hábil gestión de Georgieva con sus accionistas, el FMI sigue afrontando persistentes interrogantes existenciales sobre su relevancia y su papel.
El primero es cómo pueden seguir siendo pertinentes los servicios básicos de préstamo del FMI en un sistema financiero internacional que se ha transformado hasta resultar irreconocible desde su fundación. El fondo nació en un mundo de tipos de cambio fijos y escasa movilidad internacional de capitales, lo que generaba una demanda natural de financiación para suavizar los déficits de balanza de pagos. Hoy, la gran mayoría de los países miembros operan con regímenes de tipo de cambio flexible, que hacen de la depreciación de la moneda el mecanismo de ajuste de primera instancia.
Además, el balance del FMI queda empequeñecido frente a la escala de los mercados privados de capitales, a los que tienen acceso todos los países salvo los más pobres. Incluso cuando un país necesita ayuda de liquidez, el FMI se enfrenta a una dura competencia de sus propios accionistas principales. China ha construido una red de casi 40 acuerdos bilaterales de swap y mecanismos de financiación de emergencia con los bancos centrales de países en desarrollo. Entre 2016 y 2021 extendió apoyo de liquidez de emergencia por valor de 185.000 millones de dólares (unos 163.000 millones de euros), según investigaciones del laboratorio AidData del College of William & Mary. La Reserva Federal de EE UU ha puesto en marcha mecanismos permanentes de swap y de repos de una magnitud aún mayor con los bancos centrales de sus aliados. La centralidad del FMI en las finanzas internacionales ya no es la que era.
Una segunda cuestión se cierne sobre la capacidad del FMI para ofrecer vigilancia económica global y asesoramiento eficaz en política económica, funciones en las que la institución ha ido situando cada vez más su razón de ser a medida que menguaba su poder financiero. No cabe duda de que el fondo cuenta con abundantes recursos y una posición única para desempeñarlas. Sin embargo, investigaciones recientes han tenido dificultades para identificar un impacto concreto de las revisiones periódicas del Artículo IV sobre la evolución de los precios de los activos o las políticas internas de los países, y sus principales accionistas ya no coinciden en qué constituye un asesoramiento macroeconómico ortodoxo. El llamado Consenso de Washington se ha desintegrado ante el America First, el mercantilismo de la Doble Circulación china y el enfoque climático del Pacto Verde Europeo. Estas filosofías económicas divergentes dificultarán mucho más que el FMI adopte posiciones de política coherentes en el futuro.
Una tercera cuestión acuciante es cómo puede el FMI conservar legitimidad y eficacia en el actual y fragmentado orden geopolítico. En este terreno, la exigencia de la actual Administración de EE UU de que limite sus incursiones recientes en el cambio climático y la política de género probablemente sea la parte más sencilla. Mucho más complicado será evitar la parálisis operativa si los principales accionistas del fondo siguen deslizándose hacia guerras frías –y quizá incluso calientes–. Los rescates de gran escala a países de la zona euro en la década de 2010 se diseñaron en una época en la que las relaciones entre EE UU, la UE y China eran más armoniosas. Incluso la ampliación en 20.000 millones de dólares (17.000 millones de euros) del programa récord del FMI con Argentina, impulsada por EE UU el año pasado, se acordó antes del precipitado deterioro de las relaciones transatlánticas y transpacíficas. No está nada claro que intervenciones de este tipo obtuvieran hoy una aprobación tan fluida por parte de una membresía cada vez más fracturada.
El aumento de cuotas previsto por Georgieva no moverá la aguja en el primero de estos desafíos y no aborda ni el segundo ni el tercero. Con todo, hay una función indispensable que las reuniones de esta semana en Washington han vuelto a poner de relieve y para la que el FMI sigue estando de manera única cualificado. Con independencia de su menguada potencia financiera –y precisamente porque el orden mundial actual está cada vez más disputado–, el cónclave anual es el único foro en el que todos los principales responsables de la política económica mundial pueden reunirse de manera informal, conversar con discreción y cerrar acuerdos cara a cara. Para una Administración de EE UU encabezada por el dueño de enclaves de intermediación de poder como los resorts de Trump en Mar-a-Lago y Turnberry, el valor de esa propuesta debería resultar evidente. Los defensores del FMI no deberían, por tanto, tomarse demasiado en serio las pullas de Bessent al Bretton Woods Country Club de Maryland. Lo que de verdad importa es su apoyo al que está en el Distrito de Columbia.
Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías