Las operativas de inversión antiaranceles están agotadas
Las tácticas ganadoras del último año parecen haber llegado a su fin

Los mercados han pasado del miedo a la esperanza, descontando el impacto inflacionista de la guerra en Oriente Próximo, pero también parecen extrañamente indiferentes sobre cuánto durará la perturbación. Es revelador que, tanto en los episodios de optimismo como en los de pesimismo de esta semana, las operativas ganadoras del último año parecen haber llegado a su fin.
A primera vista, los mercados parecen estar pintando un panorama coherente desde que Donald Trump comenzó su guerra contra Irán. El Brent rondaba ayer los 83 dólares por barril, un 21% más que el mes anterior, pero lejos de los niveles de más de 100 dólares que se esperaban con un cierre prolongado del estrecho de Ormuz. La implicación es que bloquear esta arteria comercial vital durante más de unas pocas semanas sería tan devastador que los países involucrados no lo permitirían.
Otros mercados reflejan una opinión similar: la guerra elevará un poco la inflación, pero no será catastrófica. Los índices bursátiles han bajado ligeramente, las acciones del sector energético han subido y el dólar se ha apreciado un 1,3% desde el ataque, gracias a la condición de exportador neto de petróleo de EE UU. El S&P 500 se ha mantenido mejor que los índices europeos y de los mercados emergentes, que dependen más de la energía importada. Los bonos del Estado han bajado ligeramente ante la hipótesis de que los bancos centrales adoptarán una postura un poco más enérgica.
Pero muchas otras tendencias actuales no tienen mucho sentido. El oro, una cobertura tradicional contra la inflación, ha bajado en torno a un 3% desde los ataques. Las acciones de productos básicos de consumo, como los alimentos y los productos de limpieza, han sido superadas por las de consumo discrecional –ropa, viajes y automóviles–, pese a ser menos sensibles al gasto de los hogares.
Las acciones de crecimiento, que normalmente se ven más afectadas por la subida de los tipos, han superado a las de valor, más baratas, como Universal Health Services. Entre ellas hay empresas de software como Adobe, que se había visto afectada por los temores relacionados con la inteligencia artificial y no tenía motivos evidentes para obtener buenos resultados.
Estos movimientos son en su mayoría contrarios a lo que ocurrió en 2022 tras una crisis energética similar: la invasión de Ucrania. Lo que une todo esto es sencillo: los activos que habían obtenido mejores resultados ahora se están quedando atrás, y viceversa. Las operativas ganadoras del año antes de la guerra fueron una prolongación de las estrategias que surgieron tras el paquete de aranceles de Donald Trump.
Muchas se habían extendido en exceso. Las llamadas apuestas por la desdolarización eran tan populares que las apuestas cortas netas sobre el dólar usando derivados alcanzaron en febrero su máximo en cinco años, con 22 800 millones de dólares, según la Comisión de Trading de Futuros de Materias Primas. El oro parecía haberse convertido en un activo imbatible en cualquier circunstancia, lo cual es insostenible. Los flujos de fondos hacia los productos básicos de EE UU estaban en máximos históricos.
Algunas de esas tendencias subyacentes podrían seguir, en teoría: los bancos centrales pueden seguir comprando oro y los inversores globales buscan alternativas al dólar. Pero es revelador que, incluso cuando los mercados se recuperaron el miércoles, las antiguas apuestas ganadoras siguieran teniendo un rendimiento inferior: los productos básicos, por ejemplo, cayeron otro 0,5%. Todas las estrategias de inversión acaban agotándose, y esta crisis ha revelado lo desgastadas que estaban ya algunas páginas.
Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías