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Escrito en el agua
Opinión

Demasiados obstáculos para la inversión en Europa

Los europeos ahorran por su aversión al riesgo, la escasez de oportunidades, los retornos limitados y el envejecimiento

El ministro de Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo, en junio pasado.Alejandro Martínez Vélez (Europa Press)

En una era que pretende cambiar la globalización económica y el multilateralismo en las relaciones internacionales por la construcción de muros, la nostalgia de los aislacionismos y la resurrección de los bloques, Europa busca desesperadamente fórmulas para sobrevivir. Necesita reforzar su autonomía estratégica en materia industrial, tecnológica, energética, financiera, sanitaria y de seguridad para mantener su estatus económico y social en el mundo, y para ello precisa reforzar la inversión en su territorio, sobre todo la financiada con sus propios recursos, públicos y privados, que por ahora encuentran poderosas resistencias a hacerlo.

El diagnóstico de la decadencia europea es compartido por todas las élites del continente, y las soluciones propuestas para superarla están cristalinamente expuestas por los informes que hace ya más de un año firmaron Mario Draghi y Enrico Letta, pero su aplicación depende de la desesperadamente parsimoniosa gobernanza política de la UE. La heterogeneidad de intereses nacionales defendidos con aroma nacionalista, la ausencia de los liderazgos determinantes del pasado, la fragmentación de la opinión pública y el crecimiento del escepticismo sobre la idea de la Unión debilitan el proyecto europeo y retardan sus decisiones.

Las de carácter económico, sobre las que se ha asentado el progreso de la construcción europea, no son ajenas a la parálisis y, casi 30 años después de empezar a acuñar euros, sigue pendiente la unión bancaria y la creación de un auténtico mercado único de capitales, pese al protagonismo protector del BCE frente a las sacudidas de las crisis de la deuda y a la creación de hecho de mecanismos mutuos de financiación, como los eurobonos. Desde el verano pasado trabajan en Bruselas, y en paralelo en las capitales de los 27, en fórmulas para estimular la inversión de recursos europeos en activos europeos, y evitar que cada año salgan, como lo hacen hasta ahora, cerca de 300.000 millones de euros privados buscando suerte en los mercados americanos o asiáticos.

Europa necesita retener tales flujos de inversión y activarlos en la industria, la tecnología, la sanidad, la energía y la defensa europeas para asegurar su posición o al menos minimizar la brecha creciente en tales materias con Estados Unidos y China. Los Gobiernos trabajan en cada país para crear herramientas financieras que canalicen los recursos hacia la inversión y, en España, el ministro de Economía ha recogido ya las aportaciones de los agentes implicados para buscar, se supone, la mejor de las síntesis.

Toda iniciativa novedosa es buena si estimula la inversión; pero no debe olvidarse que, aunque en España (y en buena parte de Europa) el destino del dinero es muy conservador (6 billones en casas y 1,2 en depósitos sin remunerar), herramientas para arriesgar ha habido siempre, y si el dinero no se ha movido en determinadas direcciones es porque no ha encontrado los estímulos, los atractivos, la seguridad ni los retornos suficientes.

La Comisión Europea ha lanzado Finance Europe, una especie de etiqueta comunitaria para potenciar las herramientas que se activen en cada país, y propone que destinen al menos el 70% de los recursos a invertir en empresas europeas, que la mantengan durante un lustro, y que la mayoría del destino sea la renta variable. Los diseños aplicados en cada país son muy heterogéneos tanto en universo geográfico, como en incentivos fiscales y permanencia temporal, pero menos es nada en una zona económica de elevados estándares de riqueza que apuesta más por el ahorro que por la inversión: tiene un tercio de su patrimonio financiero en depósitos bancarios, frente al poco más de una décima parte de los norteamericanos, mientras que solo invierten en acciones dos de cada diez euros, por tres de cada diez dólares que tienen en renta variable los americanos.

Los obstáculos capitales a la inversión en Europa no están en la falta de estímulos, que tampoco son muchos, sino en las condiciones que la evolución de la economía europea ha ido acumulando con las décadas, y que cada vez cuesta más sacudirse en mercados abiertos. Fragmentación y debilidad del capital; rentabilidades limitadas de las inversiones; elevada aversión al riesgo de los particulares, acostumbrados culturalmente a la protección del Estado; población muy envejecida; creciente ahorro precautorio en sociedades del bienestar cada vez más difíciles de mantener; ausencia de empresas globales líderes industriales y de actividades punteras; y creciente absorción de recursos por parte de Gobiernos muy endeudados.

Cada uno de estos fenómenos por sí solo determina que los hogares europeos dediquen más esfuerzo a ahorrar que a invertir; pero la suma de todos ellos provoca que la acumulación de recursos de ahorro, como provisión de liquidez del sistema bancario en una muy elevada proporción, prácticamente duplique cada año la que generan sus pares americanos. Por el contrario, los parcos rendimientos obtenidos por los ahorros financieros se traducen en el largo plazo en una menor acumulación patrimonial, comparada con la de la otra orilla del Atlántico.

Todos los indicadores de sentido de pertenencia detectados por el último Eurobarómetro respaldan el proyecto de construcción europea, con apoyo récord al euro y a la necesidad de reforzar la seguridad y defensa del continente, y de hacerlo de manera mutualizada. Pero los europeos deben de pensar que ello es realizable y posible con la posición de pasividad ante la inversión que mantienen en los últimos años, en los que se han reforzado los niveles de ahorro en todos los países de la Unión, con una tasa media del 16% de la renta disponible. En Alemania llega al 20%, en Francia al 19% y en España se acerca al 13%, y en todos los casos en torno a 4 puntos por encima de los niveles prepandemia.

Sobre las finanzas de la ciudadanía europea penden de finísimos hilos espadas como las subidas de impuestos que pueden desatar las necesidades de defensa, las simples urgencias de ajuste fiscal en los países con costa mediterránea, o el riesgo potencial de recortes de las prestaciones públicas, sobre todo las de vejez en países con duros inviernos demográficos. Espadas que activan mecanismos de acumulación precautoria y que restan capacidad al consumo de hoy y a la inversión que potencie el crecimiento de mañana.

Para ser del todo creíble el proyecto europeo y del todo creíble su intención de remover los obstáculos a la inversión en Europa, nativa o importada, debe acelerar y culminar su arquitectura institucional, concentrar el liderazgo y poner recursos financieros públicos con más capacidad tractora que la exhibida hasta ahora por los dispersos fondos Next Generation. Europa está a tiempo, aunque lleve 25 años de desventaja, de no llevar 26 el año próximo.

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