El superávit comercial de China confunde a sus críticos occidentales
El desequilibrio récord está impulsado cada vez más por la alta tecnología, no por los bienes básicos

Cuando se trata del superávit comercial récord de 1,2 billones de dólares de China, los líderes de los países ricos están difundiendo una verdad obsoleta. “Los chinos están matando a sus propios clientes, especialmente al dejar de importarnos tanto”, se quejó el presidente francés, Emmanuel Macron, en diciembre. En realidad, cualquier reactivación del consumo en la segunda economía del mundo podría dejar de lado los productos de alta tecnología extranjeros que la República Popular ya no necesita. En lugar de herramientas macroeconómicas, la mejor opción para Occidente es copiar la combinación china de políticas de “compra local” y orientación a la exportación.
Los líderes de la Unión Europea se reúnen en Bélgica este jueves para debatir este divisivo asunto. Francia ha adoptado la estrategia de EE UU de presionar a Pekín para reducir la brecha entre las importaciones y exportaciones del país, al tiempo que promueve políticas de Made in Europe modeladas según las estrategias industriales estadounidense y china. Un elemento central es la Ley del Acelerador Industrial que la UE propondrá a finales de este mes, destinada a orientar la contratación pública y los incentivos fiscales hacia industrias nacionales estratégicas. Pero Alemania, Italia y los Países Bajos se muestran reacios, insistiendo en la necesidad de restaurar la competitividad por encima del proteccionismo.
Francia tiene parte de razón: a través del plan Made in China 2025 presentado hace una década por Xi Jinping, China ha utilizado la contratación pública, los subsidios, el crédito dirigido por el Estado y las fusiones y adquisiciones estratégicas para convertirse en una potencia manufacturera en sectores sofisticados.
Occidente lucha por competir. Los analistas de Morgan Stanley sostuvieron la semana pasada, por ejemplo, que el aumento de las exportaciones de coches chinos implica unos beneficios operativos a largo plazo para los fabricantes europeos un 29% por debajo de lo que el mercado ya espera. Pero centrarse en el superávit titular de China es una distracción inútil. Al clasificar el comercio de mercancías utilizando el Índice de Complejidad del Producto del Growth Lab de Harvard, que asigna a cada producto una puntuación basada en los conocimientos necesarios para fabricarlo, se confirma que el aumento de las exportaciones netas del país desde la pandemia de Covid proviene de bienes de alta tecnología, que registraron un superávit del 5,2% del PIB en 2024. También muestra que China ha pasado de ser un vendedor de bienes de baja complejidad –como animales vivos, alimentos y metales preciosos– a principios de la década de 2000, a ser un gran comprador: en 2024 su déficit en esta categoría alcanzó los 420.000 millones de dólares, o el 2,2% del PIB.
El resultado: incluso si el plan actual de Xi para impulsar el consumo tiene éxito, es poco probable que suponga mucha demanda adicional para los coches y la maquinaria europeos porque China es competente fabricando esas cosas. Tampoco un yuan más fuerte frenaría suficientemente la demanda de los productos innovadores de China.
En cambio, Pekín podría reducir su superávit importando más materias primas. De hecho, eso es lo que ocurrió cuando EE UU exigió medidas sobre los desequilibrios globales tras la crisis financiera de 2008. Pekín ejecutó entonces una apreciación de su moneda del 28%, ajustada a la inflación, entre 2011 y 2015, y elevó las importaciones de combustibles minerales, minerales y madera, reduciendo el superávit comercial del 4,2% del PIB en 2009 al 2,1% en 2014.
Una mayor deslocalización de fábricas de artículos como juguetes y ropa desde China hacia economías con salarios más bajos, como Vietnam, Camboya, Bangladesh e India también podría ayudar. En esta manufactura de gama media, China ha mantenido un superávit estable de alrededor del 2% del PIB. Pero eso seguiría sirviendo de poco para gigantes químicos como Dow y BASF, que están cerrando plantas debido, en parte, a que la capacidad china está hundiendo los precios.
Es cierto que China ha dependido en gran medida del superávit comercial para apuntalar su economía tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria hace cinco años, lo que ha provocado un gasto débil. Pero este consumo moderado no ha dañado mucho a EE UU y Europa: a diferencia de la década de 2010, ambas cuentan ahora con una política fiscal de apoyo y un bajo desempleo. Lo que les perjudica es la oferta de China, no su debilidad por el lado de la demanda.
Sin duda, el yuan barato ha jugado un papel en ambos casos. Pero solo está infravalorado en un 17%, según FMI. Weijian Shan, de la firma de capital privado centrada en Asia PAG –quien cree que Pekín podría convivir con una apreciación del tipo de cambio del 50% en cinco años–, estimó recientemente que la manufactura china es el doble de productiva que la de EE UU en términos de producción física. Las exportaciones de alta tecnología son especialmente insensibles a los precios de las divisas.
El superávit de China está desconcertando al pensamiento occidental. Durante décadas, los economistas advirtieron que la inversión dirigida por el Estado y el exceso de capacidad en Asia Oriental acabarían chocando contra un muro al estilo soviético y asfixiando la innovación. Sin embargo, aunque el gasto innecesario ha abundado, también ha generado ventajas tecnológicas claras. Replicar estas ventajas es la mejor manera de contraatacar: el economista Luca Fornaro y sus coautores defienden la investigación pública y la subvención de la innovación privada. Una versión de esto es el Proyecto Beethoven de los Países Bajos, que intenta apoyar al líder de chips ASML y a todo un ecosistema de semiconductores mediante la financiación de universidades, vivienda, enlaces de transporte e infraestructura energética. Las normas de compra local, que Francia ya ha desplegado a través de su ecobono para vehículos eléctricos, también pueden ayudar; por ejemplo, dando a los fabricantes de automóviles la visibilidad que necesitan para evitar el tipo de retroceso en la electrificación que Stellantis acaba de anunciar. Su consejero delegado, junto con el jefe de Volkswagen, Oliver Blume, abogaron la semana pasada por ampliar este tipo de programas.
Pero es revelador que la nueva política industrial de la UE siga luchando por obtener el respaldo de los países exportadores. Estos temen, con razón, que las definiciones de lo que cuenta como Made in Europe sean demasiado estrictas, bloqueando piezas industriales chinas importadas que, en última instancia, hacen que los productos alemanes sean más competitivos. La estrategia de China consiste en casar las ayudas a sectores clave con el fomento de las ventas en el exterior. Para los líderes de la UE, esto debería significar evitar el enfoque de EE UU de aranceles generalizados y relocalización, en favor de adaptar normas que acerquen a cada industria a la frontera tecnológica. Una vez que se deja de lado la fútil obsesión por las balanzas comerciales, resulta más fácil reconciliar el deseo de Francia de apoyar a sus campeones con el anhelo de Alemania de restaurar su competitividad exportadora.
Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Pierre Lomba Leblanc, es responsabilidad de CincoDías.