EE UU y la ambición global de Ana Botín
Cocina la compra de Webster Bank a fuego lento para garantizar una operación amistosa

Noviembre de 2025. El Santander celebra su conferencia anual, un encuentro de referencia en el sector que convoca desde el año 2008 y al que acuden financieros y políticos de postín. La presidenta del banco recuerda que la normativa bancaria en la UE suma 95.000 páginas de texto y arrecia: “Equivale a cien veces El Quijote o cinco veces la Biblia. Y es algo que tenemos que leer, porque tenemos que aplicar”.
Unos meses antes, en enero, Ana Botín forma parte del panel de banqueros que da la bienvenida a Donald Trump en el foro de Davos. Ante Stephen Schwarzman, presidente de Blackstone, o Brian Moynihan, presidente de Bank of America, entre otros, afirma: “Acogemos con gran satisfacción su interés por la desregulación y la reducción de la burocracia”. Este martes, la primera ejecutiva del banco español puso los hechos donde llevaba meses poniendo las palabras. Tras la salida de Polonia y el aperitivo de TSB en Reino Unido, Santander apostaba decididamente por el marco regulatorio anglosajón y se hacía con el estadounidense Webster Bank por 12.200 millones de dólares.
El mensaje que manda el Santander a la Europa cuyas esencias parecen guardar los funcionarios de Fráncfort y Bruselas no puede ser más sonoro: ni fusiones nacionales ni comunitarias. “Históricamente, el negocio en EE UU genera más rentabilidad, se mide en múltiplos más altos y, en general, es mejor, más flexible en la regulación y con otras reglas del juego”, asegura una fuente próxima a la transacción anunciada este martes.
A partir de aquí, toca bajar al terreno. Y la operación es quirúrgica, cocida a fuego a lento para que, además, tuviera un carácter amistoso -¡ay, Carlos Torres!-. “No es una ganga, el precio es el correcto, pero es el banco que el Santander quería”, garantizan estas fuentes. ¿Argumentos? En primer lugar, Webster es una entidad radicada en la zona de la costa este que mejor replica el dinamismo del entorno tech de Silicon Valley. Es decir, enlaza con la filosofía del banco y le otorga acceso a todo el ecosistema fintech. Además, en su acervo cuenta con seguros, salud y más pasivos que activos -depósitos, en esencia-, lo que permite al Santander equilibrar (matchear, en el argot) la elevada exposición al consumo que presentan sus otras ramas en el país.
Garantizado el encaje estratégico de la compra, el Santander confía en su capacidad de generar sinergias para maximizar la rentabilidad de un banco ya bien gestionado. En este punto, es clave el ajuste fino tanto operativo -aprovechando e incluso ampliando el know-how del actual management- como tecnológico -la migración a su plataforma única de productos, denominada one transformation-.
Botín aseguró en la conferencia con analistas posterior al anuncio que el banco no prevé realizar ninguna operación corporativa más en los próximos tres años. Por entonces, la presidenta del Santander tendrá 68 años. Es imposible medir sus últimas transacciones sin tener en cuenta el legado que persigue dejar para un banco con un siglo de gestión familiar. Pese a que la trayectoria bursátil y comercial de la entidad durante el mandato de Botín es impecable, no ha faltado quien ha echado de menos decisiones transformacionales en estos años. Aquí están. Tras los últimos movimientos, el afán de la presidenta queda claro. Botín ambiciona un banco global, un proyecto diferencial en este punto al resto de entidades europeas. Por delante, una tarea de resiliencia.