El ODS 1 en la era digital: ¿puede la tecnología acabar con la pobreza?
Las herramientas técnicas requieren contexto, instituciones y políticas públicas coherentes para ser transformadoras

El Objetivo de Desarrollo Sostenible número 1 de Naciones Unidas, Fin de la pobreza, no se limita a erradicar la pobreza extrema medida en ingresos, sino que apunta a una comprensión más amplia y contemporánea del fenómeno. Hoy entendemos la pobreza como una privación persistente de capacidades, de seguridad y de acceso efectivo a derechos básicos que impide a las personas desarrollar una vida digna y participar plenamente en la sociedad. Esta visión, alineada con el enfoque de capacidades de Amartya Sen (Premio Nobel de Economía en 1998) y con los indicadores de pobreza multidimensional promovidos por la ONU, sitúa la pobreza como un problema estructural, dinámico y profundamente relacional.
En este objetivo, la tecnología no aparece como un fin en sí mismo, sino como un medio potencialmente poderoso para ampliar capacidades, reducir vulnerabilidades y mejorar el acceso a servicios esenciales. No es casualidad que Naciones Unidas subraye el papel de la ciencia, la tecnología y la innovación como “medios de implementación” de la Agenda 2030. En el ámbito del ODS 1, la ONU ha puesto especial énfasis en el desarrollo de infraestructuras públicas digitales que permitan desplegar políticas sociales más eficaces: sistemas de identificación digital para no dejar a nadie fuera, plataformas de pagos que faciliten transferencias sociales rápidas y transparentes, registros sociales interoperables que mejoren la focalización de ayudas, o tecnologías que refuercen la resiliencia frente a crisis económicas, sanitarias o climáticas. A ello se suman avances en inclusión financiera digital, acceso a servicios básicos de salud y educación, y soluciones energéticas descentralizadas que han demostrado impactos positivos en contextos de pobreza persistente.
Existen numerosos ejemplos que muestran cómo, cuando la tecnología se integra en ecosistemas institucionales sólidos y se orienta explícitamente a la inclusión, puede contribuir de forma decisiva a reducir la pobreza. La expansión de los pagos móviles en países africanos, el uso de datos para mejorar la eficacia de los sistemas de protección social o la digitalización de servicios básicos en territorios remotos ilustran este potencial. En estos casos, la tecnología actúa como multiplicador de políticas públicas y como herramienta para ampliar derechos, no como sustituto de ellos. La evidencia acumulada en las últimas décadas sugiere que la clave no reside tanto en la sofisticación tecnológica como en su gobernanza, su accesibilidad y su alineación con objetivos sociales claros.
Sin embargo, la historia también ofrece ejemplos elocuentes de iniciativas tecnológicas que, pese a partir de intuiciones valiosas, no alcanzaron los resultados esperados. El proyecto One laptop per child, impulsado por Nicholas Negroponte desde el MIT Media Lab, es probablemente el caso más emblemático. La idea de proporcionar un ordenador portátil a cada niño en contextos empobrecidos para democratizar el acceso al conocimiento respondía a una visión profundamente humanista y adelantada a su tiempo. No obstante, la experiencia mostró que la tecnología, por sí sola, no basta. La falta de integración en los sistemas educativos locales, la ausencia de acompañamiento pedagógico y las limitaciones institucionales redujeron significativamente su impacto. Lejos de invalidar la apuesta por la tecnología, este caso subraya una lección crucial: sin contexto, sin instituciones y sin políticas públicas coherentes, la tecnología corre el riesgo de convertirse en un símbolo, más que en un instrumento de transformación real.
Estas reflexiones no son ajenas a nuestra propia realidad. En España, los datos recientes muestran que la pobreza y la exclusión social siguen siendo problemas estructurales. Según los indicadores oficiales, en torno a una quinta parte de la población se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, con especial incidencia en la infancia, los jóvenes, los hogares monoparentales y determinados colectivos vulnerables. A ello se suman nuevas formas de pobreza vinculadas a la precariedad laboral, la pobreza energética, la brecha digital o las dificultades de acceso a la vivienda, muy significativamente en un contexto en el que la inmigración está transformando nuestro perfil demográfico de manera drástica (en muchos casos procedente de países con niveles de riqueza significativamente más bajos). Si a esto sumamos un proceso de transformación tecnológica acelerada, existe el riesgo de que estas brechas se amplíen si no se actúa de forma decidida y coordinada.
Todo ello apunta a que la lucha contra la pobreza en el siglo XXI exige un esfuerzo renovado y compartido. La tecnología puede y debe formar parte de la respuesta, pero no desde una lógica de solución milagro, sino como parte de estrategias integrales que combinen políticas públicas, iniciativa privada responsable y la acción del tercer sector. La colaboración entre estos tres ámbitos resulta esencial para diseñar soluciones inclusivas, escalar aquellas que funcionan y corregir a tiempo las que no generan el impacto deseado. Sin este enfoque colaborativo, el riesgo no es solo la ineficiencia, sino la reproducción de desigualdades bajo nuevas formas.
Finalmente, ninguna reflexión sobre pobreza estaría completa sin abordar su dimensión ética y cultural. Como ha señalado Adela Cortina, la aporofobia, el rechazo al pobre por el hecho de serlo y por considerarlo alguien sin nada que ofrecer, sigue operando como una barrera invisible en nuestras sociedades. La tecnología no puede derribar por sí sola esta barrera. Incluso las herramientas más inclusivas pueden fracasar si se despliegan en contextos marcados por la indiferencia o el estigma. Combatir la pobreza implica también cuestionar nuestras actitudes colectivas y reafirmar un compromiso social basado en la dignidad, el reconocimiento y la corresponsabilidad. Solo desde ahí la tecnología podrá cumplir su promesa más valiosa: no sustituir lo humano, sino reforzarlo.
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