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Análisis
Opinión

Hacia un cambio estructural en el campo español

La transformación del sector determinará si seremos o no autosuficientes en el abastecimiento de alimentos

A menudo hablamos del sector agrícola español como si fuese una realidad inmóvil, anclada la tradición y ajeno a las dinámicas que transforman otras industrias. Pero lo cierto es que el campo vive actualmente uno de los momentos de cambio más profundos de su historia reciente, hasta el punto de que podríamos hablar de una transición tecnológica y empresarial en marcha y sin vuelta atrás.

Para entender qué está ocurriendo realmente en el campo español vale la pena repasar algunas cifras. Según la última Encuesta sobre la Estructura de las Explotaciones Agrícolas, en 2023 había en España un total de 784.141 explotaciones, un 12,4 % menos que en 2020. Sin embargo, la superficie agraria utilizada (SAU) apenas cayó un 1,6 %, hasta los 23,5 millones de hectáreas. La aparente contradicción se explica sola: han desaparecido muchas pequeñas explotaciones, pero las que permanecen se agrandan. De hecho, la superficie media por explotación aumentó un 13,2 %, alcanzando las 30,46 hectáreas.

Ese dato sirve para describir un fenómeno que está redefiniendo la estructura del sector, y no es otro que el de la concentración. El campo español se está reorganizando alrededor de explotaciones más grandes, más tecnificadas y, en muchos casos, en manos de nuevos actores. La entrada de inversores institucionales –antes marginales en el mundo agrario– está cambiando la escala y la ambición del sector. Fondos, empresas y capital privado están adquiriendo, consolidando y gestionando fincas en cultivos de alto valor añadido, como cítricos, olivar en seto, almendro intensivo, frutos rojos, aguacate o pistacho.

Lo que hace una década era una rareza, hoy es una tendencia estable que se acelera año tras año. Y la explicación hay que verla también en la falta de relevo generacional que acusa el sector. Muchas explotaciones, cuyos propietarios se jubilan, no encuentran continuidad en la siguiente generación, y terminan en el mercado. Esa disponibilidad, unida al interés por cultivos rentables, está facilitando que los inversores institucionales entren en la propiedad agraria a una escala inédita.

Adicionalmente, el fenómeno al que estamos asistiendo apunta a una integración de nuevas capacidades –capital, tecnología, conocimiento empresarial– sobre una base agronómica sólida construida por generaciones de agricultores. Lo que es innegable es que la escala en el campo, como sucede en cualquier otro sector productivo, se ha vuelto un factor muy importante. La dimensión mínima viable para competir, especialmente en modelos intensivos y tecnificados, empieza a situarse por encima de las 100 hectáreas, lo que permitiría invertir en medios de producción más eficaces. Hablamos de sistemas de riego inteligente, sensores, drones o estaciones agroclimáticas. En definitiva, de maquinaria avanzada y sistemas de gestión de datos que mejoran la eficiencia y la sostenibilidad de las explotaciones agrarias.

Actualmente, los cultivos que crecen de forma más dinámica, como el pistacho el aguacate, el olivar intensivo o el almendro, lo hacen de la mano de un salto tecnológico que permite producir más con menos agua, menos fertilizantes y menos huella ambiental. España, además, avanza con fuerza en agricultura ecológica, con casi tres millones de hectáreas certificadas en 2024, lo que supone alrededor del 12–13 % de la SAU y la sitúa como líder de la Unión Europea en superficie ecológica.

Desde una perspectiva económica más amplia, conviene destacar que, a pesar de la reducción en el número de explotaciones, la agricultura española ha mantenido durante la última década un nivel notable de producción y valor añadido. En 2022, el sector primario aportó el 2,6 % del PIB –una cifra alta en comparación con la mayor parte de Europa occidental– y generó una producción de más de 62.000 millones de euros, con un peso predominante del sector vegetal (63,8 %). Esta resiliencia productiva se explica por la tecnificación, por el crecimiento en cultivos de mayor valor y por la capacidad del sector para profesionalizarse pese a las dificultades estructurales.

La tendencia en el campo español, pues, apunta a un modelo más competitivo, más técnico y orientado a la gestión de la cadena de valor completa. En este sentido, ya no basta con producir; es necesario transformar, procesar, conservar, comercializar y construir marcas con fuerte impacto y reconocimiento en los mercados, como de hecho está ocurriendo ya con inversiones muy significativas en centros de procesado, plantas logísticas o plataformas de distribución y empresas que conectan el sector primario con la industria y el consumo final.

Un ejemplo llamativo de esta transformación la vemos en el crecimiento de cultivos que España apenas producía hace veinte años. Es el caso del pistacho, que ha pasado de la irrelevancia a una expansión que podría situar al país como uno de los grandes productores europeos y, posiblemente, un actor relevante a nivel mundial. Este caso nos muestra cómo la diversificación hacia cultivos rentables en secano y regadío ofrece una posibilidad real de revitalizar zonas de la España vaciada. Si a eso se le suma la capacidad de producir con calidad diferencial, clave para la industria alimentaria premium, el potencial del sector se multiplica.

No hay que perder tampoco de vista que, entre los grandes retos que afronta hoy la agricultura en España figuran algunos tan importantes como el cambio climático o las tensiones geopolíticas, que introducen volatilidad en los precios y un aumento de costes en los insumos. Todo ello induce a una apuesta creciente por la profesionalización que, para ser realmente eficaz, debería ir acompañada de políticas públicas que la favorezcan.

Qué duda cabe que entre los desafíos más importantes que afronta el sector, se cuentan la modernización decidida de los regadíos, el apoyo efectivo al relevo generacional, los incentivos a la innovación y, en general, una simplificación administrativa real que aporte claridad y estabilidad en largo plazo a lo operadores.

Seguramente, nunca ha sido tan desafiante ser agricultor, pero tampoco nunca ha habido tantas oportunidades para quienes apuestan por un modelo profesional, sostenible y orientado al valor añadido. La transformación del sector agrícola en España, que ya está en marcha, no es una cuestión que afecte solo a la economía rural; de ella depende también la capacidad que tengamos como país para decidir qué producimos, qué importamos y exportamos y, en última instancia, si seremos o no autosuficientes en un sector tan estratégico como el del abastecimiento de productos alimentarios.

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