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Análisis
Opinión

Mercados en 2026: entre la “prima geopolítica” y la aritmética de la oferta

La clave del ejercicio que entra es distinguir entre la volatilidad y la tendencia

Varios ‘brokers’ en la Bolsa de Nueva York, este martes. Brendan McDermid (REUTERS)

El arranque de 2026 ha reintroducido un ingrediente que los mercados nunca llegaron a abandonar del todo. Se trata de la geopolítica. La captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos y la sucesión de anuncios del presidente Donald Trump sobre el futuro de Venezuela han tenido un efecto inmediato en el termómetro del riesgo (metales preciosos al alza, energía en modo titubeo y un repunte inicial de las criptomonedas), pero la pregunta relevante para el inversor es otra: ¿cuánto de este shock es ruido de corto plazo y cuánto reordena realmente las previsiones del año?

El primer reflejo ante un episodio de alta tensión en un país petrolero suele ser comprar crudo. Sin embargo, 2026 se perfila como un año en el que la geopolítica puede mover el precio, pero no necesariamente marcar la tendencia. La razón es bastante prosaica, el mercado llega con sensación de holgura. Una reciente encuesta de Reuters a analistas (realizada justo antes de la captura de Nicolás Maduro, y, por tanto, lejos del ruido coyuntural), anticipa que el brent se situará, en promedio en este año, en torno a los 60 dólares por barril, con el argumento central de “oferta abundante” y demanda moderada. Aquí es donde el caso venezolano introduce un matiz interesante. Si el cambio político derivara con el tiempo en una recuperación de la producción (Venezuela cuenta con el 17% de las reservas de petróleo del mundo, ahora mismo infrautilizadas), el efecto tendería a ser bajista para el precio del crudo en el horizonte de varios años, no alcista. Dicho de otro modo, la geopolítica puede añadir volatilidad, pero la narrativa dominante para el año sigue siendo la del excedente de oferta.

En el conjunto de las materias primas, el telón de fondo para 2026 parece más claro que en el caso del petróleo, pero con algunos matices. El Banco Mundial apunta a una fase de desinflación generalizada y estima que los precios agregados de las commodities podrían situarse en 2026 en su nivel más bajo de los últimos seis años, prolongando una tendencia descendente apoyada en suministros amplios y una demanda global que avanza a un ritmo más contenido. Sin embargo, el mercado se encuentra claramente segmentado y hay que distinguir las materias primas. En energía, tanto el petróleo como el gas siguen condicionados por una combinación de exceso de oferta y transición energética, lo que limita la capacidad de los precios para sostener repuntes duraderos, incluso en contextos de tensión geopolítica.

En los metales industriales, en cambio, el panorama es más equilibrado. La inversión en infraestructuras y redes eléctricas actúa como contrapeso cíclico y mantiene fundamentos relativamente más sólidos en materiales como el cobre o el aluminio. Y hay un tercer grupo que empieza a destacar con entidad propia que son las materias primas vinculadas al almacenamiento energético. El litio es el ejemplo más ilustrativo. Tras varios años de sobreoferta y correcciones severas de precio, el foco del mercado se desplaza ahora hacia el crecimiento de la demanda asociada a baterías estacionarias y sistemas de respaldo energético. Algunas proyecciones para 2026 ya no hablan tanto de exceso estructural, sino de un posible estrechamiento del mercado si la inversión no acompaña. Hay un cambio de narrativa pasando el protagonismo de la venta de vehículos eléctricos hacia la inversión en infraestructura que sostiene la transición energética.

Donde sí hay una reacción casi mecánica es en los activos refugio. El oro ha subido con fuerza en estos días tras la escalada política y gran incertidumbre, y que se apoya además en un contexto de compras de bancos centrales y la sensibilidad del metal a las expectativas de tipos de interés. Cuando el inversor duda tiene dudas macroeconómicas y de tipos, el oro compite muy bien. Para 2026 esto importa por dos vías. Como termómetro (si el oro sigue fuerte, el mercado continúa comprando riesgo de cola) y como competidor de otros relatos alternativos de cobertura, incluidas las criptomonedas, que han comenzado con un rebote tras meses de penuria.

¿Por qué ha crecido el valor de Bitcoin y compañía desde el 1 de enero? Tres explicaciones posibles. La primera es de mercado puro, tras correcciones previas y reequilibrios típicos de inicio de año. La segunda es macrofinanciera. Aunque el debate sobre el ritmo de recortes de tipos sigue abierto, el mercado cripto continúa extremadamente sensible a las condiciones de liquidez y al precio del dinero. La tercera es política y regulatoria. La expectativa de un entorno estadounidense más favorable a la industria cripto bajo la administración Trump (menos fricción regulatoria, más interlocución) tiende a mejorar el sentimiento, aunque entre promesas y ejecución haya siempre distancia. En suma, las cripto no son refugio puro en episodios de tensión pero sí ha mostrado capacidad para capturar flujos cuando confluyen narrativa, liquidez y apetito por riesgo.

Por todo ello, la clave de 2026 es distinguir volatilidad de tendencia. Los mercados –los de renta variable también– han comenzado alcistas. En todo caso, el inversor debe ser consciente que aunque la geopolítica va a mover los precios, la tendencia la marcarán los balances de oferta y demanda. Venezuela puede ser decisiva, pero más por lo que implique para la trayectoria de producción en los próximos años que por el precio del brent en el próximo trimestre. Y, mientras tanto, el mapa de materias primas parece inclinarse hacia una desinflación global con algunas islas de fortaleza alcista (metales críticos, oro).

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