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Editorial
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El futuro de Europa se mide en productividad

La estrategia de transformación de la economía europea tiene que ser ambiciosa, pero lo suficientemente realista como para construir el futuro sin hacer un roto en el presente

CINCO DÍAS
Sede del Banco Central Europeo (BCE) en Fráncfort del Meno, Alemania.
Sede del Banco Central Europeo (BCE) en Fráncfort del Meno, Alemania.olrat

La carrera por el liderazgo de la economía mundial se ha recrudecido tras la crisis económica desatada por la pandemia de Covid 19 y por el efecto inflacionario que ha tenido la guerra de Ucrania sobre la energía. Los signos de la pérdida de competitividad de Europa frente a EE UU y China son cada vez más claros y preocupan de forma notable a la Unión Europea, como demuestra el hecho de que los Veintisiete hayan encargado al expresidente del BCE Mario Draghi diseñar una hoja de ruta para recuperar posiciones en ese terreno. Un esquema, el europeo, en el que la digitalización y la transición energética ocupan un lugar prioritario e indiscutible como palancas de crecimiento.

En ese contexto, resulta revelador el informe que acaba de publicar el BCE sobre el impacto que han tenido las últimas crisis sobre la productividad europea y el potencial que encierra la digitalización y la economía verde para el futuro económico del continente. Del análisis se concluye que la parálisis de actividad que provocó el Covid 19 dañó, como era inevitable que lo hiciera, la productividad laboral y empresarial en 2020, aunque ese efecto destructor se vio moderado en gran medida por las ayudas públicas que adoptaron los Gobiernos. El escudo protector que desplegaron los países limitó, sin embargo, el efecto depurador y fortalecedor de la productividad empresarial que traen consigo las crisis económicas, que consiste en provocar la quiebra de las empresas de baja productividad y en reasignar los recursos que estas dejan de utilizar a otras compañías.

Además de confirmar la vieja máxima de que, en materia económica, no existen políticas públicas neutras, el BCE apunta a otras dos conclusiones importantes. La primera es que la digitalización empresarial europea ha avanzado en los últimos años, pero se ha focalizado mayoritariamente en los sectores más tecnologizados, lo que debería abrir un debate sobre en qué medida los fondos europeos pueden acelerar ese proceso y ampliar sus resultados. La segunda conclusión constituye un secreto a voces señalado por buena parte de la industria y por el conjunto del sector agrario europeo, hasta el punto de haber forzado ya cambios en la política de Bruselas: el hecho de que la agenda verde probablemente provocará una caída de la productividad a corto y medio plazo por la carga regulatoria e impositiva que implica, aunque la mejore en el futuro. Tanto una como otra demuestran que la estrategia de transformación de la economía europea tiene que ser ambiciosa, pero lo suficientemente realista como para construir el futuro sin un roto desmesurado en la del presente.

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