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Análisis
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El peligro de invertir en los fosos defensivos

Las ventajas competitivas asociadas a la tecnología suelen ser menos duraderas de lo que se cree y el mercado las valora muchas veces por encima de lo razonable

Joseph Schumpeter fue uno de los economistas más influyentes del siglo XX y popularizó el término destrucción creativa. Se trata del proceso por el cual una innovación cambia el modelo de negocio predominante de una industria. Esto se logra mediante la sustitución de procedimientos antiguos con prácticas más innovadoras y disruptivas. No es algo nuevo, aunque en los próximos años volverá a ponerse de moda debido al auge de la inteligencia artificial, que arrasará con un gran número de modelos de negocio que hasta ahora han sido muy rentables.

Por su parte, Warren Buffett popularizó el concepto de foso defensivo para referirse a las ventajas que tienen algunas empresas sobre sus competidores. Se ha escrito mucho sobre qué puede ser un foso defensivo, cómo de duraderos son y qué factores hacen que algunas empresas tengan grandes beneficios durante mucho tiempo sin que otras empresas puedan afectar de forma notable a su actividad.

En realidad, la metáfora de que las empresas de calidad son como castillos rodeados por un foso defensivo ancho, lleno de cocodrilos, es buena no solo porque sea visual, sino porque evita entrar en lo que de verdad implica mantener de forma prolongada grandes beneficios: el poder de mercado. El estilo de inversión buffettiano está basado en adquirir una parte o la totalidad de una empresa que funcione como un monopolio o que forme parte de un oligopolio. Su cartera de inversiones está llena de ejemplos: Coca-Cola, Apple, petroleras, grandes bancos, tarjetas de crédito, aseguradoras, compañías de ferrocarriles… Todas tienen en común dos cosas: haber sido adquiridas a un precio atractivo y tener poder de mercado que se espere que sea duradero.

La empresa que da nombre al imperio de Buffett y Munger, Berkshire Hathaway, era un negocio de fabricación textil, con gran competencia y, por lo tanto, bajos beneficios. Además, los inversores se dieron cuenta de que ellos asumían los costes de la nueva maquinaria más eficiente cada pocos años, pero los beneficios iban a parar a los consumidores. En definitiva, la tecnología con mucha competencia es un pésimo negocio, puesto que requiere grandes reinversiones periódicas que no se acompañan con mejores resultados en el futuro.

Con la popularización de internet han surgido algunas compañías que han crecido hasta pasar a estar entre las mayores del mundo: Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon y Meta en Estados Unidos, Alibaba y Tencent en China. Buffett solo apostó claramente por Apple, que supone su mayor inversión. Apostó por Apple frente al resto, porque entendió que sus productos no requerían tanta inversión para mejorarlos, y al mismo tiempo estaban protegidos de la competencia por intangibles ligados al prestigio y al efecto red. El resto de las empresas también cuentan con poder de mercado, o no hubieran crecido tanto en las tres últimas décadas, pero tienen algo que no acaba de convencer a este exitoso inversor.

El año pasado Meta perdió en Bolsa dos tercios de su valor debido a cuatro factores: la bajada de actividad de Facebook, la escasa rentabilidad de Whatsapp, los grandes gastos para desarrollar algo incierto como el metaverso y la aparición de competidores como TikTok y Twitter, adquirido por Elon Musk, quien cuenta con interesantes planes para relanzar una plataforma que se había convertido en una suerte de ONG politizada. Este último factor, sin duda, era el que más preocupaba a los inversores en fosos defensivos, o en empresas con poder de mercado: la aparición inesperada de competencia que acabe con una situación confortable. Algo que para desgracia de los inversores y para fortuna de los consumidores, es muy común cuando la tecnología juega un papel relevante en los negocios.

Por su parte, Alphabet, con casi el monopolio de las búsquedas. salvo en Rusia y China, parecía que disfrutaba de un foso defensivo que duraría indefinidamente. Sus competidores occidentales más próximos, Yahoo! y Bing, son propiedad de Verizon y Microsoft respectivamente. Si bien Verizon no tiene planes para invertir en Yahoo! y relanzarlo, Microsoft, aún dolida porque el sistema más común de los teléfonos móviles sea Android, de Alphabet, y su Windows Phone fracasase, ha decidido integrar la inteligencia artificial GPT en su motor de búsquedas de Bing en un chat con un interlocutor llamado Sídney, que aunque a veces se equivoque, parece más interesante que un buscador sin inteligencia artificial incorporada. La respuesta de Alphabet, con la presentación de algo similar, pero peor, llamado Bard, hizo que se desplomase el precio de las acciones.

Pase lo que pase, el poder de mercado de los motores de búsqueda se ha reducido, al igual que pasó antes con YouTube con el crecimiento de Twitch, propiedad de Amazon. Además, en este caso no solo habrá más competencia, sino que el gasto en mejoras y el margen de la publicidad asociada a búsquedas será mucho menor. Buenas noticias para Microsoft, pero no excesivamente halagüeñas, y malas noticias para Alphabet, que empeorará tanto si consigue frenar a su rival con un coste mayor como si pierde una parte de las búsquedas.

Otro ejemplo de lo que puede hacer la inteligencia artificial se da en el mercado de la música. El oligopolio de las productoras Sony, Warner y Universal, que ya se estaba deteriorando en los últimos años, puede verse sobrepasado por música personalizada de acuerdo con los gustos de cada cual. Otras empresas como Spotify también podrían perder buena parte de su negocio de la noche a la mañana. Y no solo la inteligencia artificial puede ser responsable del futuro incierto de grandes empresas: Visa y Mastercard ya se enfrentan a competidores como Bizum en España y sus equivalentes en muchos países, que reducen el coste de los intercambios y prometen acabar con las comisiones elevadas que los vendedores asumen cuando se usan tarjetas.

Los fosos defensivos asociados a la tecnología suelen ser menos duraderos de lo que se cree y, por lo tanto, el mercado los valora muchas veces por encima de lo que sería razonable. Además, no solo es un problema esta sobrevaloración, sino que la disrupción tecnológica que acabe con el poder de mercado puede pasar en cualquier momento y de forma súbita.

Juan Luis Santos es profesor en la Universidad CEU San Pablo

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