El Ibex sube un 1,6% en julio en un desafío a la crisis energética y el repunte de la deuda
La moderación del crudo devuelve el apetito por el riesgo y permite al índice español quedarse en zona de máximos


Un mes de contrastes. Así podría definirse julio, un periodo en el que los mercados han pasado de descontar el mejor de los escenarios a temer el peor. Las incertidumbres siguen siendo las mismas e incluso se han intensificado en las últimas cinco semanas. Sin embargo, la abundante liquidez que aún circula por el mercado y los sólidos resultados empresariales han bastado para sostener el apetito por el riesgo. Aunque una paz duradera y estable en Oriente Próximo sigue siendo más una expectativa que una realidad, las señales de recuperación del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz observadas en las últimas horas y la confianza en que los costes económicos de una escalada actúen como elemento disuasorio están llevando a los inversores a interpretar las correcciones como una oportunidad para tomar posiciones a precios más atractivos.

Los precios energéticos siguen siendo más altos de lo que los mercados y la economía desearían, pero, a medida que el brent se ha ido alejando de los 100 dólares, las compras han vuelto a la renta variable. Aunque este viernes no ha conseguido consolidar los 19.900 puntos alcanzados durante la jornada, el Ibex 35 se revaloriza un 1,6% en el mes y pone en su punto de mira nuevos máximos. El asalto a los 20.000 puntos queda aplazado, pero ya no parece una meta inalcanzable.
Tanto que Antonio Castelo, analista de iBroker, no considera descabellado que pueda alcanzarla, aunque para ello ve necesario que, además de la banca, las ganancias se extendieran a otros sectores del mercado, que la situación internacional se aclarara, que los precios energéticos prosiguieran su moderación y que las rentabilidades de la deuda dejaran de añadir presión.
Pese a los sobresaltos geopolíticos y a que Europa sigue siendo una de las regiones más expuestas al encarecimiento de la energía, las ganancias han logrado abrirse paso. Al igual que el Ibex 35, el Stoxx 600 y el Dax alemán concluyen el mes en zona de máximos tras avanzar un 1,2% y un 2,5%, respectivamente. El resto de índices europeos también se suman a las alzas, con revalorizaciones que van desde el 3,5% del FTSE 100 británico hasta el 0,5% del Euro Stoxx 50.
Entre los factores que explican esta resiliencia del mercado británico figuran el repunte de las petroleras al calor de la subida del crudo y una acogida más favorable de lo esperado a la política económica del nuevo primer ministro británico, Andy Burnham. Aunque las rentabilidades de la deuda del Reino Unido han aumentado, lo han hecho en línea con el resto de grandes mercados desarrollados. El bono británico a diez años continúa rondando el 5%, pero estos niveles responden más a expectativas de inflación persistente y de tipos de interés elevados durante más tiempo que a factores estrictamente domésticos. Eso no significa que Londres disponga de margen ilimitado. Los analistas recuerdan que los inversores mantienen una vigilancia estrecha sobre las cuentas públicas.
La fortaleza de las Bolsas europeas podría llevar a pensar que la situación está bajo control. La realidad, sin embargo, sigue siendo mucho más compleja. El golfo Pérsico continúa siendo uno de los principales focos de inestabilidad para la economía mundial. Aunque en los últimos días la tensión se ha moderado y la diplomacia ha recuperado protagonismo, la amenaza sobre el suministro energético global sigue latente. Los mercados han optado por ignorarla, pero no ha desaparecido.
El petróleo se ha alejado de los máximos registrados durante la crisis, aunque todavía acumula una subida cercana al 20% en julio. Un avance que prácticamente borra las pérdidas del mes anterior y que recuerda a los inversores hasta qué punto la energía sigue siendo el principal canal de transmisión de los riesgos geopolíticos hacia la economía.
A medida que el petróleo y el gas se han encarecido, las expectativas de inflación han vuelto a ganar protagonismo. Con ellas resurge también el temor a que los bancos centrales se vean obligados a mantener durante más tiempo unas condiciones monetarias restrictivas. En las últimas semanas, el BCE, la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra y el Banco de Japón han optado por mantener los tipos sin cambios a la espera de evaluar el impacto de la crisis en Oriente Próximo sobre la inflación y el crecimiento. Qué ocurrirá después del verano sigue siendo una incógnita. Mientras que los analistas dan prácticamente por descontado que el BCE volverá a endurecer su política monetaria en septiembre, en Estados Unidos reina la incertidumbre.
Los expertos de ING creen que la falta de orientación de la Fed ha dejado a los inversores con un mensaje confuso sobre la respuesta de la política monetaria. Para James Smith, economista de la entidad, si las expectativas de inflación continúan aumentando, la Reserva Federal podría verse obligada a endurecer su postura para preservar su credibilidad, aunque una subida en septiembre sigue siendo incierta. “Tarde o temprano, algo tendrá que ceder, o la Reserva Federal podría verse obligada a subir los tipos de interés, no por los datos, sino para reafirmar su reputación en la lucha contra la inflación”, afirma.
Después de la reunión de esta semana, las probabilidades de una subida de tipos en Estados Unidos el próximo septiembre se han reducido al 65%, frente a más del 70% que llegaron a alcanzar antes de la intervención del presidente de la Fed, Kevin Warsh. La moderación de las expectativas de endurecimiento monetario ha ayudado a contener el avance de las rentabilidades a corto plazo, pero el temor a que la inflación permanezca elevada durante más tiempo está impulsando los rendimientos de la deuda a largo plazo.
Mientras la rentabilidad del bono de EE UU a dos años aumenta 11 puntos básicos en el mes, la referencia con vencimiento en 2056 avanza más de 30, hasta situarse en el 5,2%. El repunte supera incluso el registrado en marzo, cuando estalló el conflicto. Hay que remontarse a diciembre de 2024 para encontrar un movimiento de semejante magnitud. Entonces, los inversores descontaban un mayor crecimiento económico impulsado por las expectativas generadas tras la victoria electoral de Donald Trump y sus planes de rebajas fiscales.
A pesar de que el BCE ha sido mucho más contundente en sus declaraciones y actuaciones, la presión también se deja sentir en Europa. Las rentabilidades de la deuda alemana y francesa a diez años suben cerca de 33 puntos básicos en julio, hasta el 3,19% y el 3,97%, respectivamente, niveles no vistos desde 2011 y 2009. La española avanza 28 puntos básicos, hasta el 3,6%, y se acerca a los máximos de 2023. La historia demuestra que pocos activos son capaces de desafiar durante mucho tiempo una subida sostenida de los costes de financiación.
El desafío es aún mayor en un momento en el que los planes de gasto en defensa, la transición energética y los ambiciosos proyectos ligados a la inteligencia artificial exigen inversiones multimillonarias. Con unos déficits públicos todavía elevados, los gobiernos tendrán que acudir con más frecuencia al mercado para financiarse, compitiendo por el ahorro con unas empresas que también necesitan cada vez más capital para sufragar el gasto en defensa.
Además de ejercer presión sobre los mercados de deuda, el encarecimiento de la financiación está empezando a erosionar algunas de las narrativas que habían sustentado las ganancias bursátiles. La inteligencia artificial, uno de los grandes motores de las subidas de los últimos trimestres, comienza a enfrentarse a un escrutinio mayor por parte de los inversores. Las dudas sobre la capacidad de rentabilizar las multimillonarias inversiones realizadas, unidas a unas valoraciones todavía muy exigentes y al avance de la competencia china, están golpeando al sector tecnológico estadounidense. El índice de semiconductores, que el trimestre anterior sorprendió con sus resultados, corrige un 20,6% en julio, su peor comportamiento desde septiembre de 2008. Este correctivo también se deja sentir en el Nasdaq, que cede un 3,2%, mientras el S&P 500 logra limitar las caídas al 0,13%.
Por ahora, las Bolsas han logrado resistir este endurecimiento de las condiciones financieras, las dudas sobre el suministro energético y la corrección de las tecnológicas. Sin embargo, la aparente calma sigue asentándose sobre un equilibrio frágil. Julio ha demostrado que los inversores siguen dispuestos a comprar las caídas. La incógnita es si mantendrán esa confianza cuando el coste del dinero, las crecientes necesidades de financiación de gobiernos y empresas y las tensiones energéticas vuelvan a poner a prueba su optimismo.