Los tipos de la deuda a 30 años de Reino Unido suben a máximos de 1998 ante el asedio sobre Starmer
El temor a la dimisión del gobierno laborista y a un giro fiscal dispara las ventas de bonos y amenaza con prolongar la debilidad de la libra


El alivio que registraron el viernes los activos británicos fue efímero. La derrota del Partido Laborista en las elecciones locales ha debilitado la posición del primer ministro, Keir Starmer, ante su propio partido. Con un número creciente de diputados laboristas que reclaman su dimisión, la crisis política se está trasladando ya a los mercados, y la deuda británica a 30 años cotiza con los tipos de interés más altos desde 1998. Por ahora, Starmer no da la batalla por perdida, a diferencia de cuatro ministros de su Gabinete que han presentado su dimisión en las últimas horas. Los inversores, sin embargo, empiezan a perder la paciencia.
Starmer y la responsable de Hacienda, Rachel Reeves, son percibidos por los mercados como los principales garantes de una política fiscal contenida. La posibilidad de que el primer ministro acabe cediendo ante la presión interna abre la puerta a un relevo que implique un menor compromiso con el equilibrio presupuestario. La respuesta del mercado ha sido inmediata: las ventas de deuda se han acelerado, especialmente, en los tramos largos de la curva. El bono a 30 años se aproxima al 5,8%, después de repuntar cerca de 10 puntos básicos en la sesión, su nivel más alto en más de un cuarto de siglo.
Con todo, el episodio ha sido mucho más moderado que en anteriores crisis de confianza. En septiembre de 2022, cuando la entonces primera ministra Liz Truss presentó su controvertido plan de rebajas fiscales, el rendimiento de la deuda a 30 años llegó a repuntar más de 45 puntos básicos en una sola jornada. El problema ahora es que el episodio de inestabilidad política coincide con un entorno marcado por expectativas de inflación más elevada. Desde el estallido de la guerra en Oriente Próximo, las rentabilidades de la deuda a 30 años han subido cerca de 80 puntos básicos.
Como ocurrió hace ya cuatro años, el repunte de los rendimientos registrado este martes es generalizado y afecta tanto a la deuda a corto como a la de largo plazo. El del bono con vencimiento en 2035 sube en torno a 10 puntos básicos y se sitúa con holgura por encima del 5%, máximos de 2008, mientras que la referencia a dos años —la más sensible a las expectativas de tipos— avanza ocho puntos básicos, hasta el 4,57%. “Los movimientos han sido relativamente contenidos, pero empiezan a reflejar una creciente prima política. El riesgo de una venta más intensa aumentará si el Partido Laborista gira hacia posiciones más expansivas”, advierten analistas de MUFG.
Las ventas de deuda implican caídas de precio y subidas automáticas de los tipos de interés, un ajuste que refleja la mayor compensación exigida por los inversores ante el riesgo de un deterioro fiscal futuro. David A. Meier, economista de Julius Baer, reconoce que la incertidumbre en torno al liderazgo político ya empieza a trasladarse también al mercado de divisas y anticipa que la libra seguirá bajo presión mientras no se disipe el ruido político.
Mientras se multiplican las voces que exigen la dimisión de Starmer, la ministra de Hacienda —muy cuestionada en los últimos meses por su apego a la ortodoxia fiscal— empieza a recabar apoyos dentro de sus propias filas. Sus defensores advierten de que una eventual destitución podría desencadenar nuevas turbulencias en unos mercados, en un contexto agravado por la crisis de suministro energético derivada del cierre del estrecho de Ormuz. Para los inversores, Reeves actúa como un dique frente a las posiciones más izquierdistas del Partido Laborista y como una firme defensora de la disciplina fiscal.
Más allá del movimiento puntual del mercado, los analistas subrayan que el foco de preocupación está en el debate interno que se abre ahora dentro del Partido Laborista. Según los expertos de XTB, algunas facciones plantean ya ampliar los objetivos de deuda, flexibilizar las reglas fiscales y aumentar la capacidad del Estado para endeudarse a largo plazo. El problema es que estas propuestas llegan en un momento de fragilidad de las finanzas públicas. “El Reino Unido afronta este nuevo episodio de incertidumbre política con mucho menos margen que hace una década: la inflación sigue siendo elevada, el crecimiento es débil, los costes energéticos continúan tensionados y la deuda pública es cada vez más sensible a la subida de los tipos de interés”, señalan.
Entre los nombres que han empezado a sonar en las últimas horas como posibles aspirantes para ocupar el cargo de Starmer figura el alcalde de Mánchester, Andy Burnham, crítico con un Gobierno que considera excesivamente condicionado por los mercados de deuda. Aunque Burnham no es diputado y, por tanto, no puede postularse para el liderazgo del partido, su perfil y discurso bastan para mantener en vilo a unos inversores cada vez más sensibles.
Los inversores en bonos suelen reaccionar con menos estridencia que los operadores bursátiles, pero su influencia sobre la estabilidad de los ejecutivos ha quedado ampliamente demostrada. En el Reino Unido, ese poder fue evidente durante el mandato de Liz Truss; y más allá de sus fronteras volvió a ponerse de manifiesto el pasado año en Estados Unidos, cuando el presidente Donald Trump decretó una tregua comercial apenas una semana después de anunciar los aranceles recíprocos. Detrás de aquella rectificación se encontraba el castigo sufrido por la deuda soberana, un movimiento que no solo encarece la financiación de los Estados, sino también del sector privado. Los tipos de interés de la deuda pública, especialmente los del tramo a 10 años, sirven de referencia para fijar el coste de las hipotecas y los préstamos, así como el interés de los bonos corporativos.
Hasta ahora, Starmer y Reeves figuraban entre las pocas referencias políticas percibidas como comprometidas con el respeto a las reglas fiscales. “Los mercados se verían sacudidos si Starmer dimitiera y surgiera un nuevo ministro de Hacienda menos dispuesto a respetarlas. En la actualidad, cerca de una libra de cada diez que gasta el Gobierno se destina al pago de intereses de la deuda, y lo último que quieren escuchar los operadores de bonos es que esa proporción vaya a aumentar”, señalan analistas de Bloomberg.
La inestabilidad política se ha convertido en una seña de identidad del Reino Unido: Starmer es ya el cuarto primer ministro en cuatro años, una rotación que empieza a agotar la paciencia de los mercados. Los analistas advierten de que una contienda por el liderazgo laborista elevaría la incertidumbre a corto plazo, con consecuencias negativas tanto para la libra como para la deuda soberana.
Los mercados no han olvidado el episodio vivido en 2022, cuando el plan presupuestario de Liz Truss desencadenó una crisis financiera y un desplome de los activos británicos. La situación no se estabilizó únicamente con la intervención extraordinaria del Banco de Inglaterra, que se vio obligado a comprar deuda para frenar la sangría, sino con la dimisión de la propia primera ministra. Un recordatorio de que los mercados de bonos siguen actuando como árbitros últimos de la estabilidad política.
En este contexto, la evolución de la deuda pública se ha convertido de nuevo en el termómetro de la política británica. Mientras no se despeje el futuro del liderazgo y el compromiso con la disciplina fiscal, la presión sobre la deuda y la libra difícilmente remitirá. La experiencia reciente confirma que, en el Reino Unido, los inversores en bonos no solo reaccionan a las decisiones políticas. En ocasiones, acaban marcando sus límites.