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Las elecciones locales en Reino Unido alivian la presión sobre la deuda

Los inversores levantan el castigo a los bonos británicos y la rentabilidad del bono a 30 años se aleja de los máximos

El primer ministro británico, Keir Starmer. Europa Press.DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)

No tan malos como se temía. Así ha interpretado el mercado el resultado de las elecciones locales en el Reino Unido. Tal y como anticipaban los sondeos, los votantes castigaron al Partido Laborista del primer ministro Keir Starmer, aunque la magnitud de la derrota fue menor de la prevista por muchos gestores. Tras calificar los resultados de “muy duros”, Starmer aseguró que seguirá al frente del Gobierno y descartó dimitir.

Este desenlace menos adverso, unido a la moderación del precio del crudo en las últimas sesiones, ha permitido suavizar la presión sobre los activos británicos, especialmente sobre la deuda. En un contexto en el que la geopolítica ha reavivado las expectativas de inflación y de tipos de interés más altos, la incertidumbre política había intensificado la venta de bonos. Apenas tres sesiones después de que la rentabilidad del bono a 30 años alcanzara máximos desde 1998, los inversores han vuelto a comprar deuda, permitiendo a los bonos británicos firmar su mejor semana en un mes.

Matthew Amis, director de inversiones de Aberdeen, considera que la presión sufrida por la deuda del Reino Unido, en especial en los tramos de mayor vencimiento, respondía a una narrativa de mercado que situaba esta cita electoral como un posible principio del fin para Starmer. “Aunque los resultados no son positivos para el Partido Laborista, no son tan negativos como muchos en el mercado temían. En este momento no parecen el catalizador de un cambio de primer ministro y, por eso, el mercado de deuda respira”, señala. Hasta el viernes, la combinación de una mayor sensibilidad política y el impacto del conflicto en Irán había pasado factura a los activos británicos. No obstante, los analistas advierten de que la reacción positiva de las últimas horas no despeja el riesgo político.

El principal temor que los inversores venían manejando en las últimas semanas era una eventual dimisión de Keir Starmer. Para los analistas de UBS, la inquietud ante un posible relevo en el liderazgo era doble. Por un lado, un proceso de sustitución podría prolongarse durante meses, abriendo un periodo de incertidumbre política que dejaría en suspenso la agenda del Gobierno y la orientación de la política económica, al menos hasta el otoño.

Por otro, está en juego el futuro de la política fiscal. Los inversores, que ya mostraban inquietud por los desequilibrios fiscales de la economía británica, temen que un giro del partido hacia posiciones más expansivas o la salida de la ministra de Hacienda, Rachel Reeves, aumenten la volatilidad. “Mantener las reglas fiscales y una senda de consolidación ha convertido al Reino Unido en una excepción entre economías comparables. Cualquier desviación de ese enfoque, o señales de relajación fiscal, podría llevar a los mercados a exigir una mayor prima por la deuda pública británica y, con ello, a un encarecimiento de los costes de financiación”, advierten los expertos de UBS.

Un diagnóstico que comparten los analistas de Scope Ratings. Con la vista puesta en los comicios, subrayaban esta semana que las medidas incluidas en los presupuestos de otoño y primavera confirman que el Reino Unido sigue siendo uno de los pocos países europeos con opciones de alcanzar un superávit primario en los próximos años, gracias a una mayor flexibilidad presupuestaria y al respaldo de la mayoría parlamentaria laborista. “Sin embargo, para pasar de un déficit primario del 2,8% del PIB en 2025 a una situación de equilibrio o incluso superávit en 2029‑2030, serán necesarias subidas de impuestos y recortes del gasto impopulares”, advierten. En un contexto en el que el Banco de Inglaterra previsiblemente mantendrá los tipos sin cambios mientras persista la incertidumbre en torno a Ormuz y los precios no muestren señales claras de estabilización, el frente fiscal amenaza con convertirse en una fuente adicional de presión sobre el acceso del Reino Unido a los mercados.

Los inversores no han olvidado el episodio de histeria vivido en 2022, cuando el plan presupuestario de Liz Truss desencadenó una crisis financiera y un desplome de los mercados británicos. La situación no se resolvió mediante las medidas extraordinarias del Banco de Inglaterra, que aceleró la compra de deuda, sino con la dimisión de la primera ministra, un recordatorio del papel que siguen desempeñando los mercados de bonos como árbitros últimos de la estabilidad política.

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