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¿Por qué la Bolsa sube cuando el petróleo se dispara sobre los 110 dólares?

La tesis de los inversores de que la guerra en Irán será corta resiste al cabo de dos meses, reforzada por los buenos resultados empresariales y la aureola alcista de la IA

Wall Street, imagen de archivo.Eric Thayer (REUTERS)

La mayor crisis energética de la historia; shock de suministro sin precedentes; desplome récord de la producción de petróleo en Oriente Próximo, escasez de combustible para aviones y anulaciones de rutas y vuelos... Las consecuencias del cierre del estrecho de Ormuz por la guerra en Irán dejan una cascada de contundentes titulares, y desafortunadamente reales, que la Bolsa parece solo apreciar de reojo. El estallido del conflicto sí causó la mayor pérdida semanal desde la guerra de Ucrania, pero a continuación vino la remontada hasta nuevos máximos, trufada con nuevos descensos pero sin caer en el pánico. Las Bolsas consiguen de hecho esquivar las pérdidas en los días en que el precio del petróleo vuelve a subir: la desconexión entre el mercado bursátil y el petrolero se hace patente pese a que los altos precios de la energía ya están elevando la inflación y recortando las previsiones de crecimiento. ¿Por qué no cae más la Bolsa si el riesgo de recesión crece cada día que pasa con Ormuz cerrado? ¿Están los inversores de renta variable ciegos ante el shock energético y deslumbrados en exceso por la inteligencia artificial?

Un mercado acostumbrado a Trump

La primera razón por la que el pesimismo no domina en la Bolsa tiene que ver directamente con el detonante de la actual crisis energética, Donald Trump. El presidente de Estados Unidos ha sacudido el mercado en numerosas ocasiones, sobre todo cuando en abril del pasado año declaró la guerra comercial al resto del planeta. Pero el paso atrás que dio entonces cuando se vio bajo la presión de los tenedores de bonos de EE UU —capaces con sus ventas de abrir la caja de los truenos de una crisis de deuda— dejó una valiosa lección para los inversores: pese a sus amenazas apocalípticas —y sin pasar por alto la crudeza de los bombardeos sobre Irán—, Trump se acobarda ante sus propias medidas si ello supone que pueden desencadenar una crisis económica, de deuda o bursátil. Esta actitud de tantear los límites de tolerancia de los inversores ante sus políticas ha dado lugar a la denominada teoría TACO (Trump always chickens out, Trump siempre se acobarda), que tiene al mercado en un subibaja constante y que explica en parte que las Bolsas no caigan más.

En la tácita creencia de que Trump no llegará hasta el final en su conflicto con Irán — manteniendo un pulso durante meses que desborde el precio de la energía, aun a costa de más inflación y derrota incluso en las elecciones legislativas de noviembre—, los inversores prefieren no salirse del mercado y aguantar el chaparrón. En su ánimo está la idea de que Trump, depredador político e inmobiliario, no va a ser capaz de desencadenar una verdadera crisis bursátil cuando está en su mano evitarlo. Y antes que vender a la vista de la mayor crisis energética de la historia, la opción es esperar a que amaine.

Los bonos son también un termómetro infalible para tomarle el pulso a Trump y medir la magnitud del daño que sus políticas pueden causar al conjunto del mercado. Y los inversores también son conscientes de que una economía altamente endeudada y con un elevado déficit como la estadounidense no puede embarcarse en una guerra de larga duración sin que salten las alarmas entre los vigilantes de los bonos (bond vigilantes), quienes alimentan con sus compras el crecimiento de la mayor economía del mundo. “El mercado interpreta que EE UU no puede entrar en un conflicto largo. Los inversores han aprendido del Liberation Day”, explicaba recientemente Ignacio Fuertes, director de inversiones y socio de Miraltabank.

¿Exceso de complacencia?

Los máximos bursátiles rechinan ante la cruda realidad de los recortes de suministro y los efectos de la inflación en el bolsillo de los ciudadanos. La Bolsa se suele anticipar a los acontecimientos económicos, pero ahora ni mucho menos descuenta una crisis económica ni una recesión, en lo que podría parecer un exceso de complacencia. En las últimas semanas, los mercados han recuperado un patrón muy arraigado entre los inversores que oscilan entre la preocupación excesiva y el alivio súbito. “Son capaces de absorber cualquier shock y luego se lanzan automáticamente a comprar en la debilidad. Cada fase, ya sea una pandemia, tensiones comerciales o una crisis energética, ha reforzado la creencia de que las cosas volverán rápidamente a la normalidad. Pero hoy, esta reacción casi pavloviana tiende a ocultar una realidad mucho más compleja”, advierte la gestora del banco suizo Edmond de Rothschild.

Esta firma sí augura que el prolongado aumento de los precios del gas y las materias primas afectará al crecimiento y a los márgenes de las empresas. “Esta desconexión entre los mercados financieros en auge y la economía real es la principal debilidad hoy en día. Es como si los inversores vieran el mundo a través de un único prisma sin importar lo que en realidad es una imagen muy compleja”, añade Edmond de Rothschild.

Confianza en la solidez de la economía

“Los precios más altos de la energía son un riesgo, pero a falta de un shock prolongado, creemos que el entorno para la economía y los beneficios empresariales sigue siendo sólido, lo que respalda a las acciones”, defiende Mark Haefele, director de inversiones de UBS Global Wealth Management. La firma confía en que el escenario continúa siendo favorable para la Bolsa estadounidense gracias a que el crecimiento robusto de los beneficios debería seguir siendo soporte para un mercado alcista, a que la política de la Fed no se prevé que sea un obstáculo —los futuros ya descartan por completo subidas de tipos este año— y a que la adopción de la IA continuará siendo el motor del parqué.

Prueba del escaso dramatismo con que muchos inversores analizan la situación son las previsiones que maneja Julius Baer. La firma reconoce que el conflicto en Irán está siendo más largo de lo esperado inicialmente, por lo que ha elevado su previsión a tres meses para el precio del petróleo aunque a un nivel muy modesto, de apenas 75 dólares el barril frente a los 110 actuales. “Refleja nuestro mensaje principal de que la crisis actual debería seguir el patrón histórico de una crisis de precios intensa pero de corta duración”, explica Norbert Rücker, director de Investigación Económica y Next Generation de Julius Baer.

Luna de miel con la IA

En medio de la mayor crisis energética de la historia, el Nasdaq ha llegado a acumular hasta 13 sesiones consecutivas —su racha alcista más larga desde 1992— y el S&P 500 se ha recuperado de una caída entorno al 10% en cuestión de semanas, en la que ha sido la remontada más rápida tras una corrección desde 1990. La tecnología y los semiconductores, alimentados por el auge de la inteligencia artificial, explican la subida y certifican que, mientras la IA no defraude expectativas, hay madera para el avance bursátil. Esta nueva tecnología ha sostenido, de forma cada vez más acelerada, el avance hasta máximos de Wall Street en los últimos años y es el principal reclamo para invertir en la Bolsa de EE UU.

La gestora británica Schroders defiende que los inversores cada vez están más dispuestos a volver a participar en el mercado a pesar de un contexto macroeconómico inestable. “El mercado se está comportando como si hubiera aprendido a convivir con el riesgo geopolítico, al igual que lo hizo con la guerra en Ucrania. Pero esa suposición será puesta a prueba, ya que el calendario y la duración de un alto el fuego con Irán sigue siendo un objetivo incierto”, añade Schroders. Con el cierre del estrecho de Ormuz, Teherán está poniendo a prueba a EE UU e Israel y tentando su capacidad de sostener una crisis energética, al igual que sucede con los inversores.

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