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El faro del inversor
Tribuna

El mundo después de la guerra

El fin de la contienda implicará una mayor inflación y confirma el fin de la excepcionalidad estadounidense

Sodados de un barco de guerra de EE UU, participando en el bloqueo del estrecho de Ormuz.Us Navy/Us Navy / Zuma Press / E (Us Navy/Us Navy / Zuma Press / E)

Existe un viejo adagio militar que reza “espera lo mejor, pero prepárate para lo peor”. En esencia, esta es, en el momento de escribir estas líneas, la situación con respecto al impacto económico y sobre los mercados financieros que puede tener el conflicto en Irán.

La realidad que se nos ofrece es binaria, aunque no con las mismas probabilidades de ocurrencia. Por un lado, tenemos un escenario base, que es el que descuenta el mercado actualmente, y que podemos resumir en una guerra corta, tal vez ya incluso concluida, si las negociaciones durante el alto el fuego llegan a buen término y no se reavivan las hostilidades. Básicamente este escenario (de ataques aéreos de alta intensidad durante cuatro o cinco semanas) responde a la lógica del despliegue inicial de medios militares estadounidenses, como hemos comentado en alguna ocasión.

El segundo escenario estaría marcado por un fracaso de las negociaciones y una posterior escalada de las hostilidades, que podría incluir ataques limitados por tierra, por parte de las dos unidades expedicionarias de la Marina enviadas a la zona y de la brigada de paracaidistas, perteneciente a la famosa 82.ª División Aerotransportada, que se encuentra actualmente en estado de alerta.

Naturalmente, las implicaciones para los mercados de que se produzca uno u otro escenario son muy distintas. En este artículo vamos a centrarnos en el que, como comentamos, parece la alternativa más plausible, es decir, el primer escenario. Si la segunda alternativa se constituyera como la salida real de la crisis, podemos decir, a modo de spoiler, que la posibilidad de ver una recesión con inflación elevada, es decir, la tan temida estanflación, sería muy probable. Lo que conllevaría, con seguridad, una fuerte caída de las Bolsas y un claro aplanamiento de la curva de deuda, que descontaría futuras subidas de tipos.

La pregunta que nos asalta es: suponiendo que el conflicto concluya en breve, desde el punto de vista militar, ¿qué podemos esperar del mundo económico y de los mercados financieros “el día después”? Lo vemos por partes.

En primer lugar, la alta geopolítica, tan importante en las inversiones de largo plazo. Casi diríamos que, con independencia del resultado de las negociaciones de paz, la imagen de confiabilidad del gobierno estadounidense ha quedado seriamente dañada. Por supuesto, los Estados Unidos son y van a seguir siendo durante muchos años la primera potencia económica. Además, han demostrado que son la primera potencia militar, capaz de llevar la guerra, con intensidad, a cualquier lugar del mundo. Eso, sin contar con que la dependencia europea de material norteamericano es esencial para la defensa del Viejo Continente, algo no por sabido menos contrastado en estos días.

Pero lo que ha ocurrido es un paso más en la pérdida de lo que se ha llamado excepcionalidad estadounidense, es decir, la confianza en que su sistema, su política y su liderazgo le habilitan como un país —y una economía— únicos. En otras palabras, es una llamada de atención para su estatus como polo hegemónico de los mercados globales. No es que vaya a dejar de serlo, es que, probablemente, pierda algo de preeminencia. Una prueba de ello es la depreciación del dólar —menor apetencia por esta moneda— en los mercados internacionales, a pesar de que el diferencial de tipos de interés sugeriría el movimiento contrario contra el euro.

En segundo lugar, tenemos la inflación. Durante estas semanas hemos observado un claro repunte de los precios, empujados por la subida del petróleo y el gas. De momento, este incremento no se ha trasladado a la inflación subyacente y, por lo tanto, es previsible que su efecto sobre el crecimiento global sea limitado. La buena noticia es que es poco probable que veamos un contagio serio y duradero sobre esta última, si la apertura del Estrecho de Ormuz se produce pronto. La mala es que la inflación que se ha producido es “de oferta”, lo que tiene un tratamiento más complicado que la clásica “de demanda” (por mayor actividad económica).

En todo caso, es esperable que los IPC retornen relativamente pronto a niveles más comedidos, de la mano de un barril que debería corregir hacia niveles de cotización de preguerra. Es más, en condiciones normales, el exceso de oferta de petróleo a nivel global debería llevar el crudo, en ausencia de problemas geopolíticos o restricciones de la OPEP, a zonas más cercanas de cuarenta dólares que de sesenta.

En tercer lugar, los tipos de interés. Recordemos cómo era el mundo antes de Irán: la idea era que Europa había llegado al suelo de bajada de tipos, aunque sin expectativas de subidas, pero EE UU aún tenía una o dos bajadas pendientes en el precio del dinero americano. La realidad hoy es que el BCE ha hecho alguna referencia a subir tipos de interés, casi como excusa frente a aquellos que le achacaron el ir por detrás de los mercados en 2021/2022. Por su parte, cada vez es más improbable que veamos bajadas de tipos en EE UU, ni aun asumiendo que el nuevo presidente, Kevin Warsh, se vea influido por los deseos confesos de una mayor relajación monetaria del inquilino de la Casa Blanca.

Y, finalmente, los mercados. Tras las idas y vueltas y la elevada volatilidad de estas semanas, lo más probable es que un conflicto corto actúe como una suerte de shock exógeno, en el cual las bajadas de valoración habidas —y, probablemente, por haber— en bonos y bolsa representen más una oportunidad de entrada que un problema serio a medio plazo.

En otras palabras, una guerra corta con un acuerdo de paz razonable no dejaría secuelas visibles, a unos meses vista, más allá del aprendizaje que podamos extraer en términos geopolíticos, comentado más arriba, y un posible repunte bursátil de las empresas de defensa fabricantes de la munición de alta tecnología empleada que, por cierto, ha dejado los arsenales estadounidenses en una situación de complicada reposición.

En todo caso, como suele decirse, el mal ya está hecho, así que queda confiar en que este escenario que comentamos sea el correcto y no el alternativo, mucho menos benévolo, y para el que la cura sería mucho más compleja que unos cuántos meses de tranquilidad.

Pedro del Pozo es director de inversiones financieras de Mutualidad

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