Mercado agazapado, geopolítica oculta
La apariencia de serenidad en los mercados financieros contrasta con las tensiones subyacentes de notable intensidad


En el año 2001, la ganadora del Oscar a la mejor película extranjera, una coproducción chino-estadounidense (eran otros tiempos, efectivamente) titulada en inglés Crouching Tiger, Hidden Dragon (algo así en español como Tigre Agazapado, Dragón Oculto) nos venía a decir que los combates más decisivos no siempre se desarrollan a plena vista. Bajo una estética en apariencia tranquila, laten fuerzas poderosas que, cuando afloran, alteran el equilibrio de manera casi instantánea. El espectador intuye que algo se está gestando, aunque la superficie permanezca en calma. Algo parecido podríamos decir de los mercados financieros actuales, cambiando espectador por inversor: apariencia de serenidad, pero tensiones subyacentes de notable intensidad.
Si observamos las Bolsas, el mensaje es, a primera vista, tranquilizador. En Estados Unidos y Europa los índices se están moviendo en rangos relativamente estrechos. Tras las fuertes revalorizaciones acumuladas en los últimos trimestres, asistimos a una fase de consolidación, en la que no hay euforia, pero tampoco un miedo desatado. Una suerte de pausa técnica que, dicho sea de paso, no le viene mal a nadie.
Lo llamativo de esta calma relativa es que tiene lugar en un entorno de incertidumbre geopolítica elevada. Conflictos abiertos, tensiones comerciales, procesos electorales polarizados y un orden internacional en revisión, conforman un cóctel que, en otras épocas, habría generado una fuerte volatilidad. Y, sin embargo, la renta variable parece mirar de reojo a estos riesgos, como si confiara en que, al final del día, el resultado no será especialmente dramático.
Hay, sin duda, razones que explican esta resistencia: los beneficios empresariales han mostrado una capacidad de adaptación formidable, en un contexto en el que la liquidez acumulada durante años sigue actuando como soporte del sistema. Pero además la experiencia reciente ha enseñado al inversor que muchas amenazas terminan diluyéndose, antes de materializarse plenamente. Dicho con una nota de humor, el mercado ha desarrollado una suerte de “síndrome del susto repetido”: después de tantas alertas que no acabaron en tragedia para el ámbito inversor, cuesta reaccionar con contundencia a la siguiente.
Es en la renta fija donde sí se percibe una señal más clara de inquietud, particularmente en los tramos largos de las curvas. Las rentabilidades en el diez o 30 años muestran resistencia a descender. El mensaje implícito es muy relevante: el mercado descuenta déficits públicos estructuralmente más elevados y una trayectoria de deuda en difícil contención.
El aumento del gasto en infraestructuras, la transición energética y, cada vez con mayor intensidad, la subida del gasto en defensa, tensionan a las cuentas públicas. Si a ello añadimos la tentación política de sostener el crecimiento vía estímulo fiscal, el resultado es una mayor prima por plazo. No se trata únicamente de inflación esperada, que también. Es una cuestión de oferta de deuda y de percepción de disciplina fiscal.
Conviene decir que, en este contexto, los plazos cortos pueden desempeñar un papel algo diferente: si la incertidumbre geopolítica se incrementa —por ejemplo, en el marco de la guerra arancelaria, tras el revés de la Corte Suprema de EE UU a Donald Trump, o ante una escalada de la guerra en Ucrania u Oriente Medio, con foco en Irán— los activos de vencimiento más corto pueden actuar como refugio relativo. La lógica es que su menor duración los hace menos vulnerables a repuntes adicionales en los tipos largos, asociados a riesgos fiscales. Y, en episodios de aversión al riesgo, la preferencia por la liquidez y la calidad crediticia tiende a concentrarse en instrumentos de corto plazo. No es el activo más glamuroso —difícil presumir en una cena de haber comprado letras a tres meses— pero, en determinados momentos, la discreción es una virtud.
En paralelo, hay un activo que sí parece estar cotizando de manera más evidente la incertidumbre geopolítica: el oro. El metal precioso mantiene una tendencia sólida, apoyada no solo en la demanda privada sino en el acopio creciente por parte de los bancos centrales. Este fenómeno no es menor. Supone una diversificación —cuando no una sutil sustitución— frente al dólar, como principal moneda de reserva. No estamos ante un cuestionamiento abrupto del papel de la divisa estadounidense, pero sí ante una señal de prudencia estratégica. El oro, que no ofrece ni cupón ni dividendo, se convierte así en termómetro de desconfianza sistémica.
Todo ello sitúa a los bancos centrales ante un equilibrio complejo. Las fuerzas ocultas, además de geopolíticas, también pueden ser macroeconómicas. Hace unos días conocimos en EE UU datos de crecimiento significativamente más débiles de lo esperado, acompañados de un avance de la inflación más rápido que lo estimado. Una combinación incómoda: menor dinamismo y precios persistentes. De momento, son solo datos, no tendencia. Pero si la inflación repunta de forma sostenida, las autoridades monetarias se verán obligadas a mantener una postura más restrictiva de lo que el ciclo de actividad aconsejaría. Pero si el crecimiento se debilita con mayor intensidad, el margen para mantener tipos elevados se estrecha. El dilema entre estabilidad de precios y apoyo a la economía real se agudiza en un contexto de políticas fiscales expansivas y tensiones externas imprevisibles. La aparente serenidad de la renta variable no debería interpretarse como ausencia de riesgo, sino como una fase de espera. El mercado parece asumir que los conflictos no escalarán de forma abrupta, que la desaceleración será manejable y que los bancos centrales conservarán margen de maniobra. Son hipótesis razonables, pero no certezas.
Y aquí conviene regresar a la metáfora inicial: en Tigre Agazapado, Dragón Escondido, las fuerzas ocultas acaban emergiendo con movimientos rápidos y contundentes. En los mercados, esas fuerzas —déficits crecientes, inflación persistente, tensiones geopolíticas latentes— pueden desencadenar reacciones intensas, si el guion se desvía de lo esperado. No es el escenario central pero no es en absoluto descartable. Ajustes rápidos en las curvas de tipos o correcciones en renta variable podrían materializarse si macroeconomía o geopolítica sorprenden negativamente. Por eso, más que nunca, conviene no confundir calma con ausencia de riesgo. Bajo la superficie aparentemente quieta, el mercado permanece agazapado. Y, cuando decide moverse, rara vez lo hace con suavidad.
Pedro del Pozo es director de Inversiones Financieras en Mutualidad