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Tribuna
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Vidrio contra Acero: Las claves ocultas del acuerdo entre Suno y Warner Music

Suno ha forzado una paz armada demostrando que la innovación disruptiva, blindada con la arquitectura jurídica correcta, no pide permiso: cobra tributo

Hace unos meses, bajo el título El caso Suno y la batalla por los datos, lancé un interrogante que se cernía sobre el destino de la cultura: ¿A quién pertenecen las gotas del océano? Advertí entonces que la inspección de los datasets no era más que un campo de batalla ilusorio, una maniobra de distracción. El tiempo, juez inexorable, ha forjado este 26 de noviembre de 2025 un pacto que ha transformado el anárquico océano de datos musicales en un acueducto de oro.

Para comprender la magnitud de este cambio de paradigma, debemos abandonar la sala de vistas y viajar mentalmente a la Stanza del Mascheraio en el Vittoriale. Allí, en esa antecámara cargada de partituras mudas y gramófonos expectantes, Gabriele D’Annunzio hizo esperar a Mussolini durante horas, invirtiendo la jerarquía del poder terrenal. Sobre el espejo, el poeta había grabado una advertencia que hoy resuena como un anatema sobre la industria discográfica: “Aggiusta le tue maschere al tuo viso / ma pensa che sei vetro contro acciaio” (Ajusta tus máscaras a tu rostro / pero piensa que eres vidrio contra acero).

Warner Music entró en este litigio portando la máscara del conquistador. Pero tras meses en la “sala de espera” procesal, comprendieron la verdad: ellos eran el vidrio frágil; la tecnología de Suno era el acero inexpugnable.

Donde muchos ven un simple acuerdo comercial, los juristas especializados vemos una capitulación ante una trampa lógica insuperable. Suno no pactó por miedo, sino desde la soberanía; su defensa no se basó en negar la realidad, sino en reinterpretar la jurisprudencia. Mientras la narrativa popular se estancó en el “Fair Use”, la estrategia real fue ofensiva: Suno argumentó que las discográficas utilizaban sus derechos para violar las leyes antimonopolio (Copyright Misuse).

No fue su único golpe. En la Declaración Preliminar Suno desenvainó el artículo 114(b) de la Copyright Act. Recordaron una limitación estatutaria clave de 1971: el derecho exclusivo sobre los fonogramas “no se extiende a la realización de otra grabación que consista en una fijación independiente, aunque imite o simule la protegida”.

Fue una estocada hasta la bola. Suno demostró que sus outputs son fijaciones independientes nacidas de la estadística, no copias mecánicas. Al limitar el litigio a los derechos de grabación sonora —y no a la composición—, Suno probó que la máquina no “roba” la melodía, sino que aprende su sintaxis. Enseñó a la máquina a respirar el aire del estilo, y el aire no tiene dueño.

Más humillante fue la demolición del argumento bajo la DMCA (la ley federal Digital Millennium Copyright Act). Las discográficas alegaron que Suno eludió el rolling cipher de YouTube. Suno trituró el argumento exponiendo que el cifrado era un mero control de copia, no de acceso. Al demostrar que el contenido era públicamente accesible, Suno dejó a las Majors sin causa de acción bajo la sección 1201(a). El argumento técnico fue letal: no se puede prohibir a la máquina “escuchar” lo que ya es libre para el oído humano.

Con el acuerdo pasamos de debatir si las “gotas del océano” son apropiables, a establecer un peaje. El propio CEO de Warner, Robert Kyncl, ha definido las condiciones de esta nueva paz: la IA es pro-artista cuando ofrece un opt-in para el uso de su nombre, imagen, semejanza, voz y composiciones. Ni una palabra sobre el entrenamiento que aparentemente queda tácitamente validado y monetizado por el sello. Cabe preguntarse: ¿Hemos pasado de denunciar el uso de las obras por parte de la IA a un modelo donde es la propia industria quien lo autoriza y lo impone a sus artistas?

Pero el golpe maestro yace en la letra pequeña: la adquisición de Songkick.

Mientras los analistas financieros ven a una Warner soltando lastre para recortar costes, Suno captura el activo estratégico definitivo. Suno no se contenta con el éter; baja al barro del escenario. Al adquirir la plataforma de conciertos, la IA cierra el círculo sagrado: del algoritmo que sueña melodías, al sudor dionisíaco del directo. Controlan la génesis y ahora controlan el ritual.

Volviendo a mi interrogante de abril: ¿De quién es la creatividad humana convertida en algoritmo?

La respuesta pertenece a la alianza del Acero y el Vidrio. Suno ha forzado una paz armada demostrando que la innovación disruptiva, blindada con la arquitectura jurídica correcta, no pide permiso: cobra tributo.

Pero la adquisición del directo revela la última ironía: el algoritmo comprende que puede replicar nuestra sintaxis, pero no nuestro sudor. Ha comprado el escenario porque, en la era de la reproducción infinita, lo único escaso es la presencia irrepetible de lo humano.

La máquina ha ganado el derecho a soñar la música. Pero todavía necesita nuestra carne para sentirla.

La obra ha comenzado.

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