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Tribuna

Energía nuclear en Europa, más allá del mito

La apuesta de la UE por revitalizar los reactores atómicos puede suponer una oportunidad de inversión

Una planta nuclear cerca de Amberes (Bélgica).DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)

Los acontecimientos de los últimos dos meses han evidenciado la vulnerabilidad de las cadenas de suministro a nivel global, reabriendo el debate sobre la independencia energética de la Unión Europea. Un asunto que merece toda la atención del inversor. La segunda cumbre de energía nuclear, celebrada el pasado 10 de marzo en París, puso el foco en la necesidad de que Europa diversifique sus fuentes para cubrir la demanda y reducir su exposición a shocks externos, ya que el encarecimiento del petróleo, impulsado por el conflicto en Oriente Medio, ha tenido un impacto significativo en la economía, presionando la inflación y afectando a múltiples sectores.

Desde su descubrimiento en los años 30, la fisión nuclear ha estado rodeada de controversia, tanto por su vínculo con el desarrollo armamentístico como por accidentes históricos como los de Three Mile Island, Chernóbil y, más recientemente, Fukushima. Sin embargo, los datos muestran que se trata de una de las fuentes más seguras para la generación de electricidad, muy por encima de los combustibles fósiles en términos de mortalidad por unidad de energía producida. Además, está alineada con los objetivos del Acuerdo de París y con las metas de descarbonización para 2050, al ser una fuente de bajas emisiones de gases de efecto invernadero. Una consideración nada menor para el inversor.

La mayor parte de la tecnología nuclear actualmente desplegada se basa en reactores de fisión desarrollados en la posguerra. Desde la puesta en marcha del primer reactor civil en 1954 por parte de la Unión Soviética, el parque mundial ha crecido hasta alcanzar, en 2023, los 410 reactores operativos en más de 30 países. Estos reactores tradicionales requieren grandes extensiones de terreno, implican elevados costes de construcción y necesitan entre seis y 15 años para entrar en funcionamiento. Su operativa se basa en una reacción en cadena controlada que divide átomos de uranio y libera energía. En su núcleo, albergan pellets de dióxido de uranio, de tamaño similar al de una nuez, organizados en barras de combustible. El calor generado convierte agua en vapor a alta presión, que acciona turbinas para producir electricidad. La densidad energética es notable, hasta el punto de que un solo pellet equivale a más de 560 litros de petróleo u 800 kilogramos de carbón. No obstante, esta eficiencia conlleva un reto considerable, la gestión de los residuos nucleares. Tras varios años de uso, las barras de combustible deben ser reemplazadas. Aunque dejan de ser útiles para la generación eléctrica, siguen siendo altamente radioactivas y deben almacenarse en piscinas de enfriamiento durante al menos una década antes de su confinamiento definitivo en instalaciones subterráneas.

Según el Energy Institute, los combustibles fósiles siguen siendo la principal fuente de generación eléctrica en el mundo, con un 59% del total, frente a un 8,9% procedente de la energía nuclear. Aunque en la última década se ha reducido el peso de los fósiles en favor de las energías renovables, la contribución nuclear se ha mantenido estable, incluso ligeramente a la baja desde los años 90.

En el contexto europeo, sin embargo, la energía nuclear tiene un peso sin igual; representa el 23,3% de la producción eléctrica, con Francia a la cabeza, con el 68,9% de su electricidad generada mediante esta fuente. En España, supone en torno al 20%, con siete reactores operativos, siendo la segunda fuente más importante tras la eólica. Las proyecciones de la Comisión Europea apuntan a que, en 2040, más del 90% de la electricidad de la UE procederá de fuentes bajas en carbono, principalmente renovables, complementadas por energía nuclear.

El debate suele centrarse en la seguridad y en la gestión de residuos, pero con frecuencia se pasa por alto la evolución tecnológica del sector. La industria trabaja actualmente en el desarrollo de reactores modulares pequeños (SMR), reactores modulares avanzados (AMR), tecnologías de reciclaje de residuos y, a más largo plazo, en la fusión nuclear. A diferencia de la fisión, esta última combina átomos de deuterio y tritio para formar helio, liberando grandes cantidades de energía con residuos de bajo nivel.

En esta línea, el 19 de marzo de 2026 la Comisión Europea anunció una inversión superior a 330 millones de euros, que se desplegarán entre 2026 y 2027 a través del programa Euratom, para acelerar el desarrollo de la fusión y de los reactores SMR. Estos últimos, gracias a su diseño modular y menor tamaño, permiten la fabricación en serie de sus componentes, reduciendo costes y plazos de construcción. Además, podrían desempeñar un papel clave en la descarbonización de industrias intensivas en energía, como el acero o el transporte.

El objetivo de la Comisión es desplegar los primeros SMR a comienzos de la década de 2030 y avanzar en la integración de la fusión en la segunda mitad del siglo. Según el Programa Indicativo Nuclear (PINC), alcanzar los objetivos para 2050 requerirá una inversión de 241.000 millones de euros, destinada tanto a prolongar la vida útil de los reactores existentes como a construir nuevas instalaciones. Para lograrlo, será imprescindible movilizar inversión pública y privada.

Sin embargo, la percepción del riesgo y el peso del pasado siguen dividiendo a los inversores sobre su encaje dentro de los criterios ESG. La taxonomía europea, no obstante, reconoce la energía nuclear como actividad de transición, siempre que cumpla con los estándares de seguridad y sostenibilidad establecidos. Conviene recordar, en cualquier caso, que no se trata de una fuente renovable, a diferencia de la solar, la eólica o la mareomotriz.

Los desafíos son significativos, pero el potencial también lo es. La energía nuclear ofrece una fuente estable y de bajas emisiones en un momento en el que se espera que la demanda eléctrica en la Unión Europea se duplique de aquí a 2050, impulsada por factores como los centros de datos o la expansión de la inteligencia artificial. Para que este potencial se materialice, será necesario avanzar en innovación, mejorar la percepción social y reforzar el compromiso inversor. Si política, capital y opinión pública logran alinearse, la energía nuclear puede jugar un rol protagonista en la independencia energética, la competitividad y el liderazgo tecnológico de Europa, contribuyendo al mismo tiempo a los objetivos de descarbonización.

En este contexto, resulta fundamental desmitificar el discurso. Ninguna fuente de energía es perfecta, pero superar los prejuicios permitirá abordar esta tecnología desde una perspectiva más racional. Solo así podrá consolidarse, junto a las energías renovables, como uno de los pilares del futuro energético europeo. Para el inversor, esa ventana ya está abierta.

Bruno Parraguez Sasso es analista de inversiones de Acacia Inversión

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