Empieza 2026 con un pellizco en el estómago
A pesar de las amenazas geopolíticas, en la macroecononomía manda la estabilidad

Un pellizco en el estómago y algo de vértigo. Esa es la sensación con la que los inversores entran en 2026. La desazón no está provocada por la buena rentabilidad de 2025, sino por el hecho de que es el tercer año consecutivo en que la bolsa, medida en dólares, sube un 20%. Y claro, muchos inversores empiezan a sentir lo que imagino que experimentan los jugadores de ruleta rusa después de tres rondas: que a lo mejor es buena idea no forzar la cosa.
Este vértigo va a mantener a muchos inversores minoristas fuera de la bolsa. Y es una pena. Sobre el papel el año que empieza pinta bien. La palabra que mejor describe las perspectivas económicas es “estabilidad”. No hay puntos de inflexión, rebotes o techos previstos ni en el crecimiento ni en la inflación ni en el paro ni en los tipos de interés. Los analistas esperan una especie de “copia-pega” de 2025. La economía mundial crecerá alrededor del 3%, Estados Unidos y España rondarán el 2,5%, el doble de la Unión Europea. La inflación no dará sustos, sobre todo ahora que sobra petróleo, y se quedará en los niveles moderados actuales. Esta estabilidad hace la vida mucho más sencilla para los bancos centrales, que, por primera vez en mucho tiempo, no tendrán el papel de salvar al mundo de alguna desgracia y podrán disfrutar de un merecido descanso.
Ese escenario es, además, bueno para la bolsa. La combinación de crecimiento sostenido y costes financieros bajos hará—según las previsiones—que los beneficios empresariales en todo el mundo crezcan un 15%, bastante por encima del 9% de 2025. Los tipos bajos en EE UU ayudarán a que los beneficios futuros de las empresas valgan más, y eso aumenta su valor de mercado.
Para la renta fija la foto es menos clara. Los inversores esperan que en los próximos años los gobiernos inunden el mercado de bonos para financiar fuertes inversiones en defensa e infraestructura. Además, esto llega cuando sus principales prestamistas, los bancos centrales, han decidido cerrar el grifo. Nada de esto ayuda a los precios de los bonos. Sin embargo, la segunda fuente de rentabilidad en la renta fija,, el cupón, compensa el impacto de la sobreoferta. Hace unos años los bonos daban un 0,5% y había que buscar la rentabilidad en emisiones de países africanos o en empresas energéticas de dudosa sostenibilidad. Sin embargo, en 2026, el 60% de la renta fija mundial tiene cupones con rentabilidad superior al 4%. Hay cada vez más empresas y gobiernos de mercados emergentes con buena calidad crediticia que piden prestado pagando cupones muy interesantes. Hacer carteras equilibradas combinando bolsa y bonos con un perfil de rentabilidad y riesgo razonable es hoy más fácil que en ningún momento de los últimos 15 años.
En resumen, el escenario central es positivo. Pero claro, el mundo real no puede ser modelizado, y la mayor parte de la energía de cualquier ser humano (inversores o no) se va gestionando las cosas que podrían salir mal. ¿Cuáles son las principales amenazas en el horizonte?
La primera es que la bolsa está cara. Las empresas se valoran comparando su precio con sus beneficios, y en los últimos años el precio subió más rápido, dejando a casi todos los mercados cerca de sus valoraciones máximas históricas. Eso genera nerviosismo. Si las predicciones se materializan, no habrá problema: con una bolsa que suba un 5-7% y unos beneficios que aumenten un 15% los inversores acaban el año con más dinero en el bolsillo y valoraciones razonables. Pero el punto de partida no es óptimo. No hay mucho espacio para fallos y cualquier bache en el camino puede generar una corrección. Es decir, para que las valoraciones altas no se conviertan en problema, todo tiene que salir bien.
¿Y qué podría no salir bien?
El sector que más inquieta a los analistas es la inteligencia artificial. Los inversores se preguntan si las empresas serán capaces de convertir sus gigantescas inversiones en mejoras de productividad y beneficios. Ya no hay miedo a que sea una tecnología sin impacto, como ocurrió con el metaverso. Pero los más viejos del lugar recuerdan cómo incluso una tecnología que sí tuvo éxito, como internet, generó una burbuja en sus inicios. Una lectura más calmada de los datos dice que el mercado se está transformando, e, incluso si hay correcciones, que las habrá, los inversores sabrán distinguir los jugadores serios de los menos solventes. No estamos ante una burbuja de precio de empresas que pierden dinero y crecen a base de deuda. Las grandes empresas de la cadena de producción de IA pueden financiar su crecimiento manteniendo sus márgenes. En otras palabras, si cometen errores pueden pagarlos de su bolsillo, y eso reduce su potencial impacto negativo.
Para completar el pack tenemos la geopolítica. En 2025 tuvimos el Liberation Day, la escalada de la guerra comercial por parte de China, guerras en Ucrania y Palestina, cambio de gobierno en Alemania y un profundo deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y Europa. Esto no va a cambiar en un 2026 que empezó con la intervención estadounidense en Venezuela, tiene otro conflicto cociéndose en Irán, los focos puestos en lo que China decida hacer con Taiwán, una acusación espuria sobre el presidente de la Reserva Federal y a EE.UU., amenazando territorialmente a un socio de la OTAN. Y estamos en enero.
En definitiva, 2026 será un año incómodo para quienes miren los mercados solo a través del prisma de los titulares. La economía ofrece un suelo estable, pero la narrativa global insiste en lo contrario. La clave estará en distinguir el ruido del riesgo real y recordar que la volatilidad mediática no siempre se traduce en volatilidad financiera. Para los inversores disciplinados, el reto será mantener el rumbo cuando todo alrededor invite a hacer justo lo contrario.
Francisco Quintana es director de estrategia de inversión de ING