El salvaje Oeste de las criptodivisas, cerca de serlo menos

Si la tecnología ha desdibujado las fronteras en banca, la obligación de los supervisores es allanar el terreno de juego en términos regulatorios

La historia financiera no se repite, pero rima de forma consistente. Las fiebres inversoras son una constante desde que el capitalismo vino a sustituir al mercantilismo, allá por la Edad Moderna, y nos han acompañado desde entonces. Uno de los últimos episodios ha sido el de las criptodivisas, y la historia es la habitual: la expectativa de suculentos dividendos de determinada tecnología, explotación de recursos o tipo de activo dispara la inversión, la subida de precios parece confirmar las expectativas más optimistas, la burbuja estalla y, pasada esta etapa, los recursos se reasignan desde cálculos menos emocionales.

Las criptodivisas han vivido un proceso similar, con una gran particularidad, la aspiración de sustituir al dinero y a la banca tradicional. Ello ha provocado que a medida que se ha generalizado su uso, y apoyado el sector en una disposición de fondos casi ilimitada, las plataformas especializadas hayan ofrecido una cantidad creciente de servicios financieros, hasta el punto de que la principal diferencia con la banca tradicional ha sido más regulatoria que tecnológica.

En paralelo, las entidades financieras tradicionales han visto pasar este tren. Han desarrollado herramientas financieras basadas en el blockchain, pero no han participado de la fiesta inversora. Pero, a medida que el polvo de la tormenta se asienta, las criptodivisas se perfilan como un activo financiero más. Y tan urgente es regular la actividad de las plataformas especializadas, para evitar estafas, quiebras o problemas de seguridad, como establecer las bases para que los bancos operen en este contexto.

El sistema de licencias que avanza el BCE prestará especial atención a los riesgos operacionales y de gobernanza que se deriven del uso de criptodivisas, a la espera de los criterios del Banco de Basilea en términos de capital. En paralelo, se está terminando de redactar la directiva europea que regulará la actividad de las plataformas.

Los tiempos regulatorios nunca están acompasados con la realidad económica, y menos en un mundo cada vez más acelerado. No sabemos qué parte del pastel bancario se quedarán las entidades de nueva generación, pero esto debería depender de la tecnología y el trato al cliente. Ni sabemos en qué medida la banca de toda la vida operará con criptoactivos, pero debería poder hacerlo sin incurrir en riesgos innecesarios. Si la tecnología ha desdibujado las fronteras en banca, la obligación de los supervisores es allanar el terreno de juego en términos regulatorios.