Una nueva política económica para un mundo que vuelve a tener fronteras

El mensaje que ha dejado la cumbre de la OTAN celebrada esta semana en Madrid apunta a un reforzamiento de la unidad y la capacidad defensiva de la Alianza Atlántica, pero también al regreso a un equilibrio geostratégico de oposición entre bloques de naciones. Como era previsible, dado el conflicto bélico desatado en Centroeuropa, el nuevo concepto estratégico aprobado en la cumbre sitúa a Rusia como la amenaza actual más seria para la seguridad de la organización, refuerza la presencia militar de EE UU en Europa y menciona por primera vez a China y el desafío sistémico que esta representa. Washington ha anunciado un nuevo paquete de ayuda militar de 800 millones de dólares para Kiev que incluye sistemas de defensa aérea y armas ofensivas, y España se ha comprometido a aumentar su gasto en defensa hasta el 2% del PIB. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, manifestó ayer que propondrá a las Cortes que ese aumento de la inversión se lleve a cabo en un plazo de ocho años, es decir, de aquí a 2029. Se trata de una paso adelante histórico para España, 40 años después de la entrada del país en la Alianza tras un giro de 180 grados en el Partido Socialista, que gobernaba entonces liderado por Felipe González, y que gobierna de nuevo ahora.

Aunque la primera lectura de esta cumbre es indudablemente política, geoestratégica y militar, la hoja de ruta adoptada por la OTAN tiene unas consecuencias inequívoca e inevitablemente económicas. El estallido de la guerra de Ucrania ha sido el corolario de la destrucción del impulso globalizador que ha reconfigurado la economía mundial en las últimas décadas. Una larga etapa de crecimiento y prosperidad en los flujos comerciales que se interrumpió de forma abrupta con la llegada de la pandemia, la cual obligó a cerrar fronteras, paralizó exportaciones e importaciones y levantó sospechas entre socios comerciales, pero que experimentó sus primeras grietas con acontecimientos como el Brexit o la propia crisis de deuda soberana europea, que en 2012 estuvo a punto de romper el euro.

La apuesta por un mayor gasto en defensa por parte de España no es ni mucho menos una mala noticia para la economía, puesto que gran parte de esa inversión revertirá en la sociedad civil, en la industria y en la I+D del país. Lo que sí puede ser una amenaza no solo para España, sino para el conjunto de la economía mundial, es el resurgimiento de una polarización geopolítica que inevitablemente limitará la globalización, dificultará el comercio, elevará la inflación, ralentizará el crecimiento y puede llevar a las economías mundiales al borde la recesión. En ese marco es en el que Europa deberá diseñar las directrices de una política económica pensada para un mundo que vuelve a tener fronteras.