El Foco

La apuesta fallida de Vladimir Putin

Con la presumible entrada de Suecia y Finlandia en la Alianza Atlántica, Moscú deberá contemplar cómo el Mar Báltico se convierte en el gran lago OTAN

Al tomar cualquier decisión en materia de política exterior, lo primero que se debe hacer es una lectura del entorno internacional, evaluar cuáles son las fortalezas y debilidades de los rivales, y así ponderar mejor las propias; hacer un recuento de nuestros recursos disponibles, para no establecer objetivos fuera del alcance de nuestras capacidades; y tener en cuenta el marco normativo que regula las relaciones en el seno de ese mismo entorno.

Tal y como se está desarrollando la invasión de Ucrania por parte de Rusia, no parece que Vladimir Putin y su círculo de asesores hayan efectuado una acertada lectura del entorno. Así lo atestigua la formalización de la petición de entrada en la OTAN por parte de Suecia y Finlandia, que representa la confirmación del desastre geoestratégico en que se ha convertido su operación militar especial en Ucrania.

No es un secreto, el régimen de Putin lleva empeñado en subvertir el orden de seguridad europeo desde al menos 2007, no solo al considerar que perjudica los intereses rusos, sino porque estima que ha llegado el momento de rechazar las premisas del orden liberal democrático que ha imperado en la escena internacional tras la II Guerra Mundial, y que con el fin de la Guerra Fría se reforzó a lomos de la globalización.

No es la primera vez, por tanto, que el régimen de Putin vulnera la legalidad internacional. Ya lo hizo en Georgia en 2008 y de nuevo en Ucrania en 2014. Quizás lo que sorprenda ahora sea la escala e intensidad empleadas en esta ocasión.

Pero, ¿qué principios y valores está violando Putin con su ataque a la soberanía nacional ucraniana? Para empezar los recogidos en la Carta de Naciones Unidas, que condena la guerra ofensiva y solo aprueba el uso de la fuerza en caso de legítima defensa, como sería el caso de Ucrania, o bajo una decisión tomada en el seno de su Consejo de Seguridad, algo impensable para Rusia dado el veto seguro de Estados Unidos, Francia y Reino Unido.

Además de la ONU, en 1975 se firmaron los Acuerdos de Helsinski, por los que se consagraron el principio de la inviolabilidad de las fronteras europeas, el rechazo a todo uso de la fuerza y toda injerencia en los asuntos internos de otros países y la obligación de los firmantes a respetar los derechos humanos. Entre esos firmantes se encontraba la URSS, y aunque el Acta Final no tenía valor jurídico vinculante, al menos sirvió para acercar las prácticas soviéticas a las Occidentales. De hecho, los principios del Acuerdo de Helsinki forman el núcleo normativo de la OSCE, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, de la que forma parte la Federación de Rusia.

Como se aprecia, la decisión de invadir Ucrania por parte de Putin viola el marco normativo no solo europeo, sino también el internacional. El problema para el Kremlin es que no ha presentado más alternativa que la cruda defensa de sus intereses nacionales, lo que ha provocado el rechazo de la mayoría de países, la neutralidad de sus pocos, aunque poderosos, aliados y el apoyo de sus afines, poco influyentes en la escena internacional.

Ese déficit de seducción diplomática, unido al sórdido uso de la fuerza, ha provocado que Putin ya haya perdido la dimensión externa del conflicto. No hay que olvidar que las guerras modernas se libran simultáneamente en tres planos distintos pero interconectados, como son el del campo de batalla, el interno y el externo. En la práctica, sin una estrategia bien diseñada, es imposible vencer en los tres al mismo tiempo.

Al romper con las normas y principios del marco de seguridad europea, Putin ha empujado a Suecia y Finlandia, dos países tradicionalmente neutrales, a reevaluar su posición en un nuevo escenario de creciente hostilidad ante la injerencia rusa en su entorno inmediato.

Con la presumible entrada de Suecia y Finlandia en la Alianza Atlántica, Moscú deberá contemplar cómo el Mar Báltico queda convertido en un gran lago OTAN, lo que sin duda distraerá recursos hacia la región sin que, por el momento, haya obtenido ninguna ventaja en Ucrania como contrapartida. Es decir, la ampliación de la OTAN puede tener consecuencias negativas en el campo de batalla ucraniano, pues su poder se verá resentido ante el avance del poder rival.

Esa pérdida de poder tendrá sus repercusiones en el último de los planos, el interno, el único que por el momento Putin domina, aunque eso sí, con mano de hierro. Noticias como la entrada en la OTAN de Suecia y Finlandia pueden debilitar el control ejercido por el Kremlin sobre la opinión pública rusa, pues contradicen el relato oficial y siembran dudas sobre la idoneidad de la invasión, burdamente enmascarada bajo el eufemismo de operación militar especial para rebajar los ánimos de la ciudadanía rusa.

Al fin y al cabo, Putin no es tan diferente a otros dirigentes políticos, sean elegidos democráticamente o no, ya que para permanecer en el poder deben ofrecer a sus ciudadanos buenos resultados, tanto en el ámbito doméstico como en el exterior. Y la decisión de Suecia y Finlandia es un resultado pésimo para los intereses rusos, ya que desmienten la capacidad de Putin para dominar la situación, debilitando así la imagen de hombre fuerte que le mantenido en el poder.

Pedro Francisco Ramos Josa es Profesor del Máster en Política Exterior de la Universidad Internacional de Valencia