Sanciones económicas: se aproxima el Rubicón ruso

Para el eje atlántico, las consecuencias de las medidas serán duras y costosas, pero gestionables. Moscú se verá en poco tiempo abocada a un ‘default’

Una rana se puede cocer de dos formas: con un calentamiento del agua por debajo 0,02 grados/minuto para que no perciba el cambio y salte del recipiente, como narraba Olivier Clerc en la fábula de la rana hervida, o bien arrojando al batracio directamente al agua hirviendo. Europa y Estados Unidos, la Alianza Atlántica, han optado por la primera opción.

Las sanciones a Rusia van subiendo poco a poco de temperatura para que su economía colapse sin sobresaltos. La última de las de carácter financiero, paralizar los pagos de deuda soberana en dólares en las entidades ubicadas en Estados Unidos, lleva a Rusia hacia el impago porque o bien tiene que utilizar la mitad de las reservas que no estaban congeladas, alrededor de 300.000 millones de dólares, y ver cómo se agotan, o declara el impago de la deuda, el default.

Hasta el 6 de abril Rusia podía utilizar sus cuentas en bancos de Estados Unidos para pagar a los tenedores de sus bonos a pesar de que sus reservas en dólares estaban congeladas. Los bancos americanos podían participar en el pago de la deuda soberana y los inversores extranjeros y estadounidenses cobrar en Estados Unidos por la deuda soberana rusa en divisa extranjera. Con esta nueva sanción, Rusia se ve abocada en poco tiempo a la suspensión del pago de la deuda.

El resto de las sanciones a empresas específicas, a sectores completos o a determinadas categorías de productos van dirigidas a provocar el colapso económico, social y reputacional; afectarán a las perspectivas de crecimiento y Rusia dejará de ser una economía moderna. Ya hoy en día muchos rusos, profesionales de alta cualificación, abandonan el país y generan un efecto refuerzo de las sanciones.

Rusia ha tratado de resistir las restricciones tecnológicas mediante la sustitución de importaciones, pero sin éxito. Los productos de alta tecnología necesitan insumos de muchos países, y pocos de ellos pueden funcionar sin los bienes de la Unión Europea o Estados Unidos. En Rusia las importaciones de bienes de alta tecnología ascienden a 19.000 millones de dólares anuales. El 45% procede de la UE, un 21% de EE UU, un 11% de China y un 2% del Reino Unido. El país importa bienes aeroespaciales por un valor de casi 6.000 millones de dólares, y los bienes de información y comunicación supusieron 4.000 millones en 2019 según los datos del centro de estudios Bruegel.

La mayoría de las importaciones de Rusia de tecnología nuclear (un 68%) procedieron en 2019 de la UE, que también es su principal proveedor de biotecnología, electrónica, ciencias de la vida y productos de fabricación flexible, que unidos suponen más de la mitad de los bienes de alta tecnología del país.

La UE también provee a Rusia de aproximadamente el 60% de sus productos médicos y nueve de cada diez productos farmacéuticos que importa provienen de Europa. China, por su parte, fue su principal proveedor de optoelectrónica y EE UU, de productos aeroespaciales, principalmente helicópteros militares, aviones y motores turborreactores, por un total de más de 3.000 millones de dólares. Por su parte, el Reino Unido le provee de un tercio de la alta tecnología, productos aeroespaciales por valor de 140 millones de dólares. Además, Rusia compra chips porque no produce semiconductores de alta gama, cruciales en sus capacidades económicas y militares; de hecho, su importación de estos bienes se duplicó entre 2007 y 2020.

En definitiva, las sanciones impuestas a Rusia afectan a dos tipos de bienes: los que apoyan el espectro militar y de defensa y aquellos que son estratégicos para su economía e incluso para el campo de la medicina, que se verán dañados por la falta de acceso a piezas y servicios. Para el eje atlántico las consecuencias de estas sanciones serán duras y costosas, pero gestionables. Sin embargo, para Rusia no.

Estados Unidos ya restringió el comercio de tecnologías fabricadas con software de origen estadounidense, de manera que una empresa de otro país que fabrique semiconductores utilizando su software (como ocurre con la mayoría) necesitará una licencia de exportación de Estados Unidos para poder vender a Rusia. Europa y Estados Unidos pueden además mitigar el impacto reduciendo más su dependencia energética, que ya se puso en marcha antes de la invasión. La UE ha reducido el consumo del carbón de 1.200 a 427 toneladas en tres décadas y es posible reemplazarlo con relativa rapidez, puesto que Australia, Sudáfrica y Colombia tienen capacidad para aumentar la producción. En cuanto al petróleo, si la OPEP revisa su política de suministro y eleva su producción en tres millones de barriles al día y EE UU llega a los dos millones de barriles diarios se podrían sustituir todas las compras a Rusia. Tanto el déficit de carbón como el de petróleo se podrían paliar también utilizando las reservas y reduciendo la demanda en un 10%, según indica la Agencia Internacional de la Energía. Sin embargo, lo más complicado va a ser prescindir del gas porque existen alternativas, pero al depender de una infraestructura rígida, llevará más tiempo sustituirlo. De hecho, es una decisión tan difícil que, si bien la mayoría de los grandes bancos rusos fueron excluidos del sistema internacional de pagos Swift, el banco Gazprom fue exceptuado porque es la entidad utilizada para los pagos de esta materia prima.

Como vemos, la suerte ya está echada para Rusia, pero las restricciones a la compra del gas ruso será nuestro verdadero paso del Rubicón.

Carlos Balado es Profesor de OBS Business School y director de Eurocofín