Núñez Feijóo, cuando la política es un estado de ánimo

La irrupción nacional del líder gallego ha provocado en el PP la sensación de que ahora sí pueden ganar al PSOE y cortar las alas a Vox

Alberto Núñez Feijóo ha generado un vuelco de expectativas espectacular, al alcance de muy pocos nombres de la política española. Se le atribuye a Jorge Valdano la expresión de que “el fútbol es un estado de ánimo”, sentencia que trata de resumir esos momentos de euforia colectiva que convierten una irremediable derrota en una victoria épica (recuerden el partido Real Madrid-París Saint Germain del pasado 9 de marzo). El político gallego está teniendo el mismo impacto de Xavi Hernández en el Barcelona. Tienen a los suyos en estado efervescente y a los contrarios gaseosos.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recibió ayer a Núñez Feijóo en Moncloa, tras convocarle el mismo día que asumió el liderazgo del PP, el pasado sábado. Esta rapidez ha tenido poco que ver con la dinámica que aplicó a su predecesor. Cuando Pablo Casado ganó las primarias, en julio de 2018, Sánchez corrió a felicitarle en Twitter, pero tardó diez días en convocarle y doce en verse. Este trato diferencial ni es accidental, ni se debe a que la situación política y económica requiera amplios acuerdos, que también. El PSOE está reconociendo que ahora sí hay partido, que está en zona de riesgo, una vez que el PP abandona las competiciones autodestructivas de Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso, de Teodoro García Egea y Cayetana Álvarez de Toledo, por ejemplo.

Las casas de encuestas están que echan humo estos días tratando de medir el efecto Feijóo en la población española y el veredicto es contundente: el PP ha superado al PSOE claramente en expectativa de voto. Eso sí, los populares seguirían estando muy lejos de gobernar en solitario, estarían en manos de Vox para alcanzar el Gobierno.

Una encuesta de 12.100 entrevistas realizada por Metroscopia desde el 4 de febrero al 6 de abril otorga al PP el 29,2% de los votos (122 escaños) y a Vox el 17,6% (58 escaños), lo que supondría una cómoda mayoría absoluta de 180 diputados. En el bloque de la izquierda la caída es notable. PSOE y Podemos bajarían alrededor de dos puntos cada uno, hasta el 26,3% y 10,6%, que al primero le costarían 19 escaños y a los segundos ocho, de manera que obtendrían 101 diputados y 27, respectivamente. Pero quizás el dato más llamativo es que un 15% de los que dicen que votarían al PSOE prefiere que le gobierne Feijóo a Sánchez.

Por tanto, sin apenas desgaste, Núñez Feijóo ya ha obrado el milagro de resucitar al PP. Ahora le toca la difícil tarea de convertirse en el flautista de la derecha y atraer con su discurso a los votantes de Vox y a los pocos que le quedan a Ciudadanos. Lo viene haciendo con éxito en Galicia, pero la competición nacional es otra historia, empezando porque es la suma de las gestiones populares en las diferentes administraciones territoriales.

Es ahí, donde asoma por debajo de la pernera el talón de Aquiles de Feijóo: la coalición de gobierno con Vox en Castilla y León. El ejecutivo que va a presidir Alfonso Fernández Mañueco, que toma posesión el lunes, contará con siete consejerías de su partido y tres de Vox (Industria y Empleo, Agricultura y Cultura y Turismo), más un vicepresidente, Juan García-Gallardo. La gestión de esta coalición va a estar escrutada por todas las fuerzas políticas, sobre todo por los sabuesos del PSOE que suspiran por su fracaso. En Valladolid va a haber rastreadores de toda índole, unos para prevención de riesgos y otros para detectar fallas.

Núñez Feijóo tiene veinte meses para obrar el milagro de Hamelín y hacer un vaciado de Vox de proporciones semejantes al que Díaz Ayuso perpetró en Ciudadanos en las autonómicas madrileñas de hace casi un año. Pero para cosechar semejante victoria que le permita gobernar en solitario tendrán que pasar demasiadas cosas y todas a la vez. Castilla y León debería funcionar sin estridencias, al igual que Andalucía, que va camino de otra coalición de derechas. Además, el PSOE tendría que continuar con su hemorragia y que el fenómeno de Yolanda Díaz no prenda o solo deteriore a los socialistas, sin sumar al bloque de izquierdas.

La sucesión de desgracias (pandemia, volcán y guerra) parece jugar en contra de la coalición de Gobierno, como se ha visto en todas las elecciones (País Vasco, Galicia, Madrid y Castilla y León) que ha habido desde las generales de 2019, con la excepción de Cataluña, que es otra historia. Hasta la emergencia de los partidos provinciales coaligados en La España Vaciada perjudica más al PSOE que al PP, como se acaba de ver en Soria.

Por tanto, Pedro Sánchez tiene delante un panorama complejo para recuperar expectativas electorales. Desde que llegó al poder en enero de 2020, las encuestas le han colocado sistemáticamente por encima del PP hasta que llegó la gran metedura de pata de la moción de censura de Murcia, que dio la coartada para anticipar las elecciones en Madrid. La contundente victoria de Ayuso y derrota de Ángel Gabilondo tuvieron algo en común, el comienzo del declive de Casado y Sánchez. El primero reaccionó queriendo apropiarse de la urna y el segundo remodelando el Gobierno.

En ese contexto se coloca al frente de la derecha española el político más experimentado del momento, con un perfil radicalmente distinto al de los líderes que concurrieron en las generales de 2019 (Sánchez, Casado, Rivera, Abascal e Iglesias). Todos ellos tenían en común mucho pico y poca pala, mucha oratoria y cero gestión.

Feijóo es otra dimensión, con la enorme auctoritas que le dan cuatro mayorías absolutas consecutivas, gracias a su capacidad de integrar absolutamente todo lo que hay a la derecha del PSOE. Pero sería bueno que tenga presente que rentabilidades pasadas no garantizan rendimientos futuros. En tiempos de guerra la inestabilidad es la norma y cuidado con el dúo Pedro Sánchez-Yolanda Díaz, los megasupervivientes.

Aurelio Medel es Doctor en Ciencias de la Información. Profesor de la Universidad Complutense