Urge una política antiinflacionista para navegar en un escenario incierto

El último informe trimestral del Banco de España sobre la evolución de la economía española confirma la ralentización de la actividad por los efectos adversos de una coyuntura geoeconómica que condicionará el crecimiento a lo largo de los próximos meses. El supervisor augura así una tasa media de crecimiento del PIB del 4,5% para este año, lo que supone nueve décimas menos respecto a las proyecciones que presentó en diciembre. La rebaja no ha sido mayor porque el segundo semestre de 2021 ha resultado más favorable de lo previsto. El informe prevé también que el PIB crecerá un 2,9% y un 2,5% en 2023 y 2024, respectivamente, lo que sitúa la línea de meta para recuperar el nivel de actividad anterior a la pandemia en el tercer trimestre del año que viene.

El análisis del Banco de España augura que la economía española convivirá con una inflación de en torno al 7,5% este año. El escaso impacto, hasta ahora, de los efectos de segunda vuelta de la escalada de los precios, junto a las señales de relajación que envían los futuros de la energía a partir de junio, dibujan de momento un escenario de tensiones inflacionistas más o menos controladas. Pero se trata de un frágil equilibrio cuyo mantenimiento dependerá en buena parte de la moderación salarial en las empresas, como también de no ceder a la tentación de trasladar el aumento de costes a los márgenes y, por tanto, a los precios finales. En este sentido, el Banco de España ha hecho más de un llamamiento en los últimos meses a los agentes económicos para que suscriban una suerte de pacto de rentas blando, es decir, un compromiso de contención de costes para evitar que el alza del IPC se capilarice y contamine el conjunto de la economía. Pese a todo, el entorno actual de incertidumbre es tan fuerte que el informe no descarta la posibilidad de que España pueda entrar técnicamente en recesión.

El recorte general de previsiones de crecimiento por parte de instituciones y de servicios de estudio respecto a la economía, no solo española, sino también europea, y la febril escalada de unos precios que ha alcanzado ya cotas históricas hacen urgente diseñar una política económica que se tome en serio la bomba silenciosa de la inflación en un escenario teñido de incertidumbre. Dado que ni la guerra de Ucrania ni la crisis energética ni los graves problemas de suministros y materias primas que aquejan a la economía global tienen una solución automática, parece aconsejable adoptar una estrategia de equilibrio, contención del gasto, apoyo a sectores estratégicos y racionalización fiscal.