El acercamiento entre Kiev y Moscú augura un acuerdo con cicatrices

La noticia de que Moscú y Kiev negocian un acuerdo de paz de 15 puntos que incluye el alto el fuego y la retirada de Rusia a cambio de que Ucrania acepte un estatus de neutralidad, renuncie a sus expectativas de ingresar en la OTAN y prometa no albergar bases militares o armas extranjeras ha abierto un horizonte de esperanza respecto al posible final de la guerra. Pese a que es la primera vez que las delegaciones de Rusia y Ucrania han confirmado avances concretos para poner fin al conflicto, la negociación debe superar todavía varios obstáculos, como la aprobación de las garantías que establezca Occidente con respecto a la seguridad de Kiev y la disposición de Moscú a aceptarlas y a respetarlas.

Los mercados recibieron ayer con lógico optimismo la posibilidad del alto al fuego, tras varias semanas de fuertes caídas y extrema volatilidad, especialmente en los parqués de las economías más expuestas a Rusia. Mientras el Ibex se anotaba ayer un 1,75%, las principales plazas europeas registraron sólidos avances hasta superar el 4%. También el barril de brent, que retrocedió por debajo de los 100 dólares, y los futuros a un mes del gas en el mercado holandés, que cayeron un 10%, acusaron los efectos de la noticia.

Pese a que resulta prematuro aventurar cuándo y en qué condiciones cuajarán las negociaciones, el acercamiento entre Kiev y Moscú constituye una esperanzadora noticia, no solo por la necesidad de poner fin a la terrible factura en pérdidas humanas de la guerra, sino por lo que supone de recuperación del equilibrio geopolítico en Europa, de reconducción de un conflicto con potencial para desencadenar un enfrentamiento capaz de hacer peligrar la seguridad mundial y de restauración de las relaciones comerciales, seriamente dañadas tras la ofensiva rusa, así como de normalización del precio de las materias primas, que se han disparado por el conflicto.

En cualquier caso, la negociación de un acuerdo definitivo y su aplicación sobre el terreno llevará tiempo, y nada garantiza –al menos de momento y dado que el fuego continúa– que al actual acercamiento vaya a cristalizar con éxito. La guerra dejará muy probablemente cicatrices políticas, pero también económicas; la primera de ellas una fuerte desconfianza entre Rusia y Occidente y una polarización de las relaciones entre ambos bloques. También debería dejar lecciones valiosas, especialmente para Europa, como la necesidad de fortalecer su gobernanza, de repensar su modelo energético y de limitar la fuerte dependencia del exterior en un mundo cuya globalización es lo suficientemente frágil como para interrumpirse en cualquier momento por causa de los conflictos geopolíticos.