La inflación impone mayores dosis de riesgo en la inversión

La inflación surgida casi de súbito tras dos años de pandemia ha dado un vuelco a los parámetros de la actividad económica y a la inversión. Independientemente de poner en riesgo las tasas de crecimiento económico como consecuencia de la reducción de la capacidad de demanda y la subida de las facturas financieras de empresas y particulares si se combate con alzas de los tipos de interés, la inflación funcionará como un afilado instrumento de reducción de las rentabilidades de los ahorros y de la inversión. Por tanto, independientemente del perfil de cada inversor o cada ahorrador, retener algo de rentabilidad va a exigir un grado más elevado de riesgo en las apuestas, en la elección de productos y en la selección de activos.

Los inversores con gusto por el riesgo, los que juegan a más largo plazo, deben tener una preocupación limitada por la inflación, puesto que aunque se prolongue unos trimestres, será controlada por las políticas monetarias restrictivas, y obtendrán los retornos esperados en periodos muy dilatados. Los problemas estarán más en los inversores de riesgo moderado o en los conservadores, que tradicionalmente huyen de todo riesgo. En las circunstancias actuales no tendrán más remedio que asumir riesgo para una parte significativa de sus carteras si quieren, en el mejor de los casos, conservar el valor del capital. El diseño de las carteras de la mayoría de los gestores eleva hasta el 20% los recursos dedicados a la renta variable, cuando tradicionalmente no superaba el 12%. Y en tales carteras, tal porcentaje debe estar alojado en compañías que lideren sus sectores y tengan capacidad suficiente como para marcar precios a sus competidores y enjugar el avance de la inflación. Además, deben aferrase a las señales que ya han enviado los gestores de fondos en la rotación de carteras que han hecho en las primeras semanas del año, consistentes básicamente en el abandono o minimización del peso de las empresas con deuda elevada o empresas tecnológicas, y entrada en la banca y compañías cíclicas con elevados dividendos.

Pero el activo que definitivamente estará descartado, salvo que el largo plazo sea el tempo de inversión, será la renta fija y los depósitos tradicionales. Las rentabilidades de los bonos se han elevado, pero hasta tasas aún inferiores a las esperadas para la inflación, lo que desaconseja tales instrumentos incluso en caso de mantenerlos hasta vencimiento para percibir puntualmente el cupón. Y sus precios se están desplomando, y tardarán varios años en retomar las subidas cuando llegue un nuevo ciclo de bajada de tipos de interés.